/ domingo 10 de febrero de 2019

Aquí Querétaro

Era la Carretera Panamericana y bordeaba la bella ciudad de Querétaro, por entonces sumida en el olvido y alejada de la violenta especulación inmobiliaria que viviría décadas después. Aquella carretera cruzaba de oriente a poniente, al sur de la población, hasta donde ésta crecía con timidez.

La Panamericana, apenas cruzada la llamada Cuesta China, sorteaba tierras de cultivo hasta llegar a la Alameda queretana, mirando a la distancia el imponente acueducto virreinal y la antigua hacienda de Carretas, a cuyo alrededor empezaba a florecer una de las más importantes y aristocráticas colonias citadinas, bautizada con el mismo nombre.

Frente a la Alameda, se alzaba la estación de autobuses, el estadio municipal y el lienzo charro, y poco más adelante, la primera sección de la novedosa Colonia Cimatario era receptáculo de aquellas familias queretanas que buscaban una mayor comodidad, lejos del Centro Histórico.

Ahí justamente se ubicaba el único panteón de la ciudad, con espacio suficiente para recibir más cuerpos, y el restaurante Génova, famoso por mantenerse abierto hasta ya muy entrada la noche. Casi enfrente, a espaldas del Mercado Escobedo, la agencia de automóviles Ford mostraba la misma fisonomía de un edificio que albergaría, tiempo después, a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.

La Panamericana se mantenía, por entonces, con sus carriles centrales (dos únicamente) y a los costados con sus laterales, que servían de apoyo al poco intenso tráfico vehicular queretano. Ahí se instalaría, representando todo un acontecimiento, Bolerama, con sus instalaciones de boliche, frontón y squash.

Los Escobar aún vivían, tras un grueso muro de piedra, en la antigua hacienda Casa Blanca, y apenas a unos pasos de su residencia, se levantaba el por entonces mejor hotel de Querétaro: el Casa Blanca.

Frente a ese establecimiento hotelero, que también albergaba al famoso centro nocturno Cristal, un amplísimo terreno baldío, donde se ponían los circos, el restaurante-bar La Cabaña, y el hotel Flamingo.

Si se seguía por la Panamericana hacia el poniente, a la salida a Celaya por la única carretera de entonces, se iban descubriendo lo mismo El Jacalito, restaurante popular de larga tradición, la moderna plaza de toros Santa María, o el hotel El Jacal, además del Club Campestre, donde también había boliche y cuyas casas apenas bordeaban la casa club.

La Carretera Panamericana, hoy convertida en la conflictuada Avenida Constituyentes, constituye un ejemplo claro de la apabullante transformación de Querétaro, una ciudad de paso donde la carretera acabó por ser parte del corazón mismo de la urbe.

Era la Carretera Panamericana y bordeaba la bella ciudad de Querétaro, por entonces sumida en el olvido y alejada de la violenta especulación inmobiliaria que viviría décadas después. Aquella carretera cruzaba de oriente a poniente, al sur de la población, hasta donde ésta crecía con timidez.

La Panamericana, apenas cruzada la llamada Cuesta China, sorteaba tierras de cultivo hasta llegar a la Alameda queretana, mirando a la distancia el imponente acueducto virreinal y la antigua hacienda de Carretas, a cuyo alrededor empezaba a florecer una de las más importantes y aristocráticas colonias citadinas, bautizada con el mismo nombre.

Frente a la Alameda, se alzaba la estación de autobuses, el estadio municipal y el lienzo charro, y poco más adelante, la primera sección de la novedosa Colonia Cimatario era receptáculo de aquellas familias queretanas que buscaban una mayor comodidad, lejos del Centro Histórico.

Ahí justamente se ubicaba el único panteón de la ciudad, con espacio suficiente para recibir más cuerpos, y el restaurante Génova, famoso por mantenerse abierto hasta ya muy entrada la noche. Casi enfrente, a espaldas del Mercado Escobedo, la agencia de automóviles Ford mostraba la misma fisonomía de un edificio que albergaría, tiempo después, a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.

La Panamericana se mantenía, por entonces, con sus carriles centrales (dos únicamente) y a los costados con sus laterales, que servían de apoyo al poco intenso tráfico vehicular queretano. Ahí se instalaría, representando todo un acontecimiento, Bolerama, con sus instalaciones de boliche, frontón y squash.

Los Escobar aún vivían, tras un grueso muro de piedra, en la antigua hacienda Casa Blanca, y apenas a unos pasos de su residencia, se levantaba el por entonces mejor hotel de Querétaro: el Casa Blanca.

Frente a ese establecimiento hotelero, que también albergaba al famoso centro nocturno Cristal, un amplísimo terreno baldío, donde se ponían los circos, el restaurante-bar La Cabaña, y el hotel Flamingo.

Si se seguía por la Panamericana hacia el poniente, a la salida a Celaya por la única carretera de entonces, se iban descubriendo lo mismo El Jacalito, restaurante popular de larga tradición, la moderna plaza de toros Santa María, o el hotel El Jacal, además del Club Campestre, donde también había boliche y cuyas casas apenas bordeaban la casa club.

La Carretera Panamericana, hoy convertida en la conflictuada Avenida Constituyentes, constituye un ejemplo claro de la apabullante transformación de Querétaro, una ciudad de paso donde la carretera acabó por ser parte del corazón mismo de la urbe.

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