/ domingo 17 de marzo de 2019

Aquí Querétaro

A la bala que te ha de matar, nunca la escucharás


Esa lección, salida de la boca de Lamadrid, un veterano de la guerra, fue la primera que aprendió mi padre, además del manejo de las granadas, tras su incorporación al batallón republicano 203 de infantería, llamado del Rapín, apostado en Trasmonte las Regueras. Mi padre entonces tenía apenas diecinueve años y el veterano soportaba ya más de cincuenta sobre los huesos. Ambos vivían la misma lacerante circunstancia de encontrarse justo en el frente de batalla de una guerra cruel y fratricida.

Lamadrid no era un hombre estudiado, como casi nadie en aquella coyuntura infausta, pero sin haber ido a la escuela había aprendido una regla elemental de la física: el sonido de la percusión de los fusiles viajaba a menor velocidad que los proyectiles de ellos salidos, de tal suerte que cuando la explosión llegaba a los oídos, la bala ya había pasado. Algo similar sucedía con el silbido del paso del plomo, acaso cerca, pero no fatal.

De alguna manera eso tranquilizaba a mi padre en aquella temeraria aventura que emprendía, en compañía de su amigo José, reclutado como él por el apremio de una guerra que se perdía irremediablemente, al lanzarse entre los dos frentes, con la agilidad de la juventud y la destreza aprendida desde niños, a recoger ciruelos, mientras las balas del enemigo silbaban a su alrededor, buscando sus cuerpos. Lo hicieron a diario y a plena luz del día, en tanto las tropas de ambos ejércitos esperaban apostadas la fecha fatal de la batalla. La hacían como niños, que casi aún lo eran, jugando un juego que podría haber sido fatídico.

“A la bala que te ha de matar, nunca la escucharás”, sentenciaba un Lamadrid que ya había perdido un hermano en aquella misma guerra, y que, como los demás, comía con vehemencia los frutos que los dos muchachos traían en los bolsillos de su uniforme.

Mi padre hubiese cumplido, a inicios de febrero, ciento un años, y está a punto de cumplir, en escasos tres días, ocho de muerto. Murió un domingo, antesala de puente laboral, después de un oscuro, angustiante y último pasaje de vida, sumergido en una cruel guerra contra su propia mente y sus menguados, casi perdidos, sentidos. Murió de una imaginaria bala fatal, que nunca escuchó, pero que presintió durante años.

Me acuerdo mucho, constantemente, de él. Recuerdo sus largas charlas sobre la guerra, sus remembranzas de niño, la huella que algunos pasajes le dejaron en el alma para siempre. Es curioso, pero siento que las historias que me contó con la frescura de quien las grabó indeleblemente en la memoria, se han convertido para mí, tras el paso de los años, en vívidas metáforas.

Hoy, aquel aprendizaje sobre las balas que no te matarán me parece una lección inmejorable de vida. Hasta ahora, por fortuna, las he escuchado todas.

A la bala que te ha de matar, nunca la escucharás


Esa lección, salida de la boca de Lamadrid, un veterano de la guerra, fue la primera que aprendió mi padre, además del manejo de las granadas, tras su incorporación al batallón republicano 203 de infantería, llamado del Rapín, apostado en Trasmonte las Regueras. Mi padre entonces tenía apenas diecinueve años y el veterano soportaba ya más de cincuenta sobre los huesos. Ambos vivían la misma lacerante circunstancia de encontrarse justo en el frente de batalla de una guerra cruel y fratricida.

Lamadrid no era un hombre estudiado, como casi nadie en aquella coyuntura infausta, pero sin haber ido a la escuela había aprendido una regla elemental de la física: el sonido de la percusión de los fusiles viajaba a menor velocidad que los proyectiles de ellos salidos, de tal suerte que cuando la explosión llegaba a los oídos, la bala ya había pasado. Algo similar sucedía con el silbido del paso del plomo, acaso cerca, pero no fatal.

De alguna manera eso tranquilizaba a mi padre en aquella temeraria aventura que emprendía, en compañía de su amigo José, reclutado como él por el apremio de una guerra que se perdía irremediablemente, al lanzarse entre los dos frentes, con la agilidad de la juventud y la destreza aprendida desde niños, a recoger ciruelos, mientras las balas del enemigo silbaban a su alrededor, buscando sus cuerpos. Lo hicieron a diario y a plena luz del día, en tanto las tropas de ambos ejércitos esperaban apostadas la fecha fatal de la batalla. La hacían como niños, que casi aún lo eran, jugando un juego que podría haber sido fatídico.

“A la bala que te ha de matar, nunca la escucharás”, sentenciaba un Lamadrid que ya había perdido un hermano en aquella misma guerra, y que, como los demás, comía con vehemencia los frutos que los dos muchachos traían en los bolsillos de su uniforme.

Mi padre hubiese cumplido, a inicios de febrero, ciento un años, y está a punto de cumplir, en escasos tres días, ocho de muerto. Murió un domingo, antesala de puente laboral, después de un oscuro, angustiante y último pasaje de vida, sumergido en una cruel guerra contra su propia mente y sus menguados, casi perdidos, sentidos. Murió de una imaginaria bala fatal, que nunca escuchó, pero que presintió durante años.

Me acuerdo mucho, constantemente, de él. Recuerdo sus largas charlas sobre la guerra, sus remembranzas de niño, la huella que algunos pasajes le dejaron en el alma para siempre. Es curioso, pero siento que las historias que me contó con la frescura de quien las grabó indeleblemente en la memoria, se han convertido para mí, tras el paso de los años, en vívidas metáforas.

Hoy, aquel aprendizaje sobre las balas que no te matarán me parece una lección inmejorable de vida. Hasta ahora, por fortuna, las he escuchado todas.

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