/ domingo 14 de abril de 2019

Aquí Querétaro

Lo conocí a mediados de 1975, cuando junto con María Elisa Rentería, quien con el tiempo se convertiría en presidenta del Tribunal Superior de Justicia, y Juan Carlos Muñúzuri, pretendía ingresar a la entonces llamada Escuela de Derecho de la Universidad Autónoma de Querétaro. Él era el director de esta y un abogado recio, contundente, que nos aseguraba que nuestra especialidad de bachillerato, cursado en la Preparatoria San Javier, no era el que correspondía a la carrera de Leyes.

Su dureza, sin embargo, no era intransigente y daba cabida a la búsqueda de soluciones. Tanto, que él mismo nos acompañó en su coche hasta la mismísima UNAM, institución a cuyos estudios estaba afiliada San Javier, a tratar de resolver aquel entuerto que su rectitud le impedía pasar desapercibido. En aquel viaje, en un alto, se le acercó un vendedor de lotería que previamente había observado las placas del auto y que le ofreció su mercancía con el sugerente argumento de que, con ella, podía convertirse en gobernador de Querétaro. “¿Cómo sabes que no lo soy ya?”, le contestó, al botepronto.

Jorge García Ramírez, lo supe después, era, además de director de la carrera, el maestro más temido de la hoy Facultad de Derecho; capaz de romper el promedio más solvente, gracias a las exigencias que imprimía en la enseñanza de sus materias: Derecho Laboral y Derecho Procesal Laboral. Cuando las cursé algunos años más tarde, ya sin problemas de estancia en la U.A.Q., me di cuenta de que nadie, absolutamente nadie, pasaría sus exámenes sin haber estudiado; nadie aprobaría sin saber del tema. Su leyenda no estaba basada en la pose, sino en la contundencia y rectitud de sus actos.

Recuerdo cómo, en más de una ocasión, mi padre, quien lo conoció con aquellos pesares de la entrada a la carrera, en la que estuvimos medio año con el estatus de “oyente”, sostenía convencido que ese hombre sería el mejor gobernador que podía tener Querétaro. Y me parece que no conocía la anécdota del vendedor de lotería.

El maestro García Ramírez era originario, todo mundo lo sabe, de la llamada “hermana república” de Hércules, en cuya fábrica de hilados y tejidos trabajó su padre, y fue famosa la historia de que tenía que irse caminando hasta la Universidad, entonces en la céntrica calle de 16 de Septiembre, para tomar clase de siete; también la de que, al no poder ir a comer hasta su casa, se quedaba en la biblioteca, abrevando conocimientos y ganándoles espacio al tiempo.

Meticuloso estudioso del derecho, quizá por los antecedentes obreros de su familia, se especializó en los temas laborales, donde se convirtió en el abogado más brillante de Querétaro, acaso del país. Con ese carácter me llamó una mañana por teléfono, siendo yo un abogado apenas iniciado en las lides del litigio, para decirme que quería platicar un caso en el que sería mi contraparte. Sudé frío, pero pronto se aclaró que, en realidad, mi nombre figuraba en un expediente gracias a que el abogado que llevaba el caso, que aún no lo era, decidió poner a algunos de sus excompañeros ya graduados como posibles receptores de notificaciones.

Alguna mañana, no hace tanto tiempo, charlé con él, en el despacho de su notaría, para una serie de entrevistas a personajes queretanos para las páginas de Diario de Querétaro. De aquella plática, cargada de recuerdos, recupero más prestamente de la memoria el enorme orgullo que sentía por la trayectoria de sus hijos, y también aquella posibilidad trunca de convertirse en ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, cosa que estuvo a punto de suceder.

Jorge García Ramírez era una leyenda en vida. Maestro ejemplar, impulsor incansable del Club Rotario, notario eficaz y abogado brillante. No necesitó ser gobernador, ni ministro de la Corte, para dejar una huella indeleble entre los que tuvimos el privilegio de conocerlo. Sí, era una leyenda en vida, y ésta necesariamente se acrecentará con su ausencia física. Deja un hueco imposible de colmar.

Lo conocí a mediados de 1975, cuando junto con María Elisa Rentería, quien con el tiempo se convertiría en presidenta del Tribunal Superior de Justicia, y Juan Carlos Muñúzuri, pretendía ingresar a la entonces llamada Escuela de Derecho de la Universidad Autónoma de Querétaro. Él era el director de esta y un abogado recio, contundente, que nos aseguraba que nuestra especialidad de bachillerato, cursado en la Preparatoria San Javier, no era el que correspondía a la carrera de Leyes.

Su dureza, sin embargo, no era intransigente y daba cabida a la búsqueda de soluciones. Tanto, que él mismo nos acompañó en su coche hasta la mismísima UNAM, institución a cuyos estudios estaba afiliada San Javier, a tratar de resolver aquel entuerto que su rectitud le impedía pasar desapercibido. En aquel viaje, en un alto, se le acercó un vendedor de lotería que previamente había observado las placas del auto y que le ofreció su mercancía con el sugerente argumento de que, con ella, podía convertirse en gobernador de Querétaro. “¿Cómo sabes que no lo soy ya?”, le contestó, al botepronto.

Jorge García Ramírez, lo supe después, era, además de director de la carrera, el maestro más temido de la hoy Facultad de Derecho; capaz de romper el promedio más solvente, gracias a las exigencias que imprimía en la enseñanza de sus materias: Derecho Laboral y Derecho Procesal Laboral. Cuando las cursé algunos años más tarde, ya sin problemas de estancia en la U.A.Q., me di cuenta de que nadie, absolutamente nadie, pasaría sus exámenes sin haber estudiado; nadie aprobaría sin saber del tema. Su leyenda no estaba basada en la pose, sino en la contundencia y rectitud de sus actos.

Recuerdo cómo, en más de una ocasión, mi padre, quien lo conoció con aquellos pesares de la entrada a la carrera, en la que estuvimos medio año con el estatus de “oyente”, sostenía convencido que ese hombre sería el mejor gobernador que podía tener Querétaro. Y me parece que no conocía la anécdota del vendedor de lotería.

El maestro García Ramírez era originario, todo mundo lo sabe, de la llamada “hermana república” de Hércules, en cuya fábrica de hilados y tejidos trabajó su padre, y fue famosa la historia de que tenía que irse caminando hasta la Universidad, entonces en la céntrica calle de 16 de Septiembre, para tomar clase de siete; también la de que, al no poder ir a comer hasta su casa, se quedaba en la biblioteca, abrevando conocimientos y ganándoles espacio al tiempo.

Meticuloso estudioso del derecho, quizá por los antecedentes obreros de su familia, se especializó en los temas laborales, donde se convirtió en el abogado más brillante de Querétaro, acaso del país. Con ese carácter me llamó una mañana por teléfono, siendo yo un abogado apenas iniciado en las lides del litigio, para decirme que quería platicar un caso en el que sería mi contraparte. Sudé frío, pero pronto se aclaró que, en realidad, mi nombre figuraba en un expediente gracias a que el abogado que llevaba el caso, que aún no lo era, decidió poner a algunos de sus excompañeros ya graduados como posibles receptores de notificaciones.

Alguna mañana, no hace tanto tiempo, charlé con él, en el despacho de su notaría, para una serie de entrevistas a personajes queretanos para las páginas de Diario de Querétaro. De aquella plática, cargada de recuerdos, recupero más prestamente de la memoria el enorme orgullo que sentía por la trayectoria de sus hijos, y también aquella posibilidad trunca de convertirse en ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, cosa que estuvo a punto de suceder.

Jorge García Ramírez era una leyenda en vida. Maestro ejemplar, impulsor incansable del Club Rotario, notario eficaz y abogado brillante. No necesitó ser gobernador, ni ministro de la Corte, para dejar una huella indeleble entre los que tuvimos el privilegio de conocerlo. Sí, era una leyenda en vida, y ésta necesariamente se acrecentará con su ausencia física. Deja un hueco imposible de colmar.

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