/ domingo 21 de abril de 2019

Aquí Querétaro

A todos los niños les pregunté lo mismo, y todos tuvieron idéntica respuesta. ¿Has ido alguna vez al teatro? No. Un “no” rotundo, pero ingenuo, cargado de ilusión en la mirada.

A la usanza de aquella “Barraca” con la que Federico García Lorca llevaba teatro a los pueblos castellanos, o más cerca de nosotros, de aquellos “Cómicos de la Legua”, que imbuidos por las ideas y la pasión de Hugo Gutiérrez Vega, nacieron itinerantes cuando ya era inminente la década de los sesenta del pasado siglo, y recorrieron lo mismo palacios que rancherías, hemos tenido el enorme privilegio, y también la gran responsabilidad, de visitar poblados apartados de las manifestaciones artísticas, pero bien dispuestos a conocerlas.

Las respuestas de los niños de Tierra Blanca, en el Municipio de El Marqués, una población casi a pie de carretera entre Chichimequillas y el entronque con la autopista a San Luis Potosí, eran las mismas que seguramente me hubiesen hecho los niños de La Laborcilla, o de Matanzas, hasta donde se llega por un camino de terracería y piedras, los días anteriores. Ninguno había visto jamás una obra de teatro, pero ahí estaban, en su casa ejidal, o bajo el arco techo, para asistir a su “primera vez” en el teatro.

Como García Lorca, o como Gutiérrez Vega, también nosotros escogimos para este primer encuentro un repertorio de teatro corto español, con ciertos matices en el texto, pero con las características genuinas de la pluma que los hizo posibles, acaso porque yo también grabé en la memoria a un Paco Rabell, en ese entonces lleno de vitalidad, representando “Los Habladores”, o a aquel soldado pobre y enamorado de “La Guarda Cuidadosa”.

Pero en esta bella aventura, avalada por Enrique Vega, el alcalde de El Marqués, aunque de presencia mayoritaria, no son los niños los únicos espectadores. Hay, sobre todo, señoras, y parejas de ancianos, que acaso como los mismos niños, tampoco tuvieron nunca la oportunidad de estar cerca de una representación teatral.

A las funciones también han llegado espectadores a lomo de burros, los que nos han dejado a la puerta de los espacios improvisadamente teatrales los porqués de aquella frase que suele decirse a los actores antes de las representaciones, apostando por la buena suerte: “Mucha mierda”. En La Laborcilla quedó la constancia de que llegó un público, en humildes jamelgos, a mirar aquello que le ofertaron, horas antes, por megáfono.

Jovencitos que miran, más bien, a la distancia, para no comprometer su permanencia; quinceañeras que se mantienen expectantes a su celular; novios, que, entre arrumacos discretos, echan alguna mirada al escenario; y perros, de variados pelajes y tamaños, casi todos con la marca de la dura vida cotidiana en el pellejo, completan el repertorio de espectadores.

Y en escena, un grupo de grandilocuentes actores, reteniendo con gestos y expresiones la atención, elevando la voz para ganar la partida a las distracciones, recitando con intención los textos de Cervantes, como si en La Mancha estuvieran y un sobrero y una gorguera blanca fuesen los atavíos completos de un personaje de época. Luchando por hacer posible la magia del teatro, seduciendo a los cándidos espectadores con las artes del dicho y el movimiento.

Casi todos se quedan hasta el final. Ese final que llega tras una hora de ires y venires, de historias lejanas, pero cercanas a la vez, y con la presencia de un aplauso que, necesariamente, es incentivado por los organizadores, pero que es secundado por todos. Un final tras el cual vuelve la vida cotidiana de la comunidad.

La iniciativa, que ha sido impulsada y organizada por la Doctora Verónica Galicia, la Secretaria de Desarrollo Social de El Marqués, y por José Antonio MacGregor, el Director de Cultura de ese municipio cercano, apenas inicia su larga travesía por treinta comunidades marquesinas, desde Matanzas hasta El Colorado, desde Atongo a Begoña, con una ilusión, a cuestas, muy similar, seguramente, a la del poeta granadino y a la del ex rector universitario: Calar con una pincelada de teatro el alma virgen de estos nuevos espectadores. Por lo pronto, la experiencia ya se impregnón la mía de manera perenne.

Algún día, cuando a los niños de Tierra Blanca, acaso ya hombres maduros, les pregunten si han ido alguna vez al teatro, dirán contundentemente que sí. El gran reto es que, mientras lo hagan, conserven en la mirada esa ingenuidad del niño al que una función de teatro se le quedó grabada, para siempre y para bien, en la memoria.

A todos los niños les pregunté lo mismo, y todos tuvieron idéntica respuesta. ¿Has ido alguna vez al teatro? No. Un “no” rotundo, pero ingenuo, cargado de ilusión en la mirada.

A la usanza de aquella “Barraca” con la que Federico García Lorca llevaba teatro a los pueblos castellanos, o más cerca de nosotros, de aquellos “Cómicos de la Legua”, que imbuidos por las ideas y la pasión de Hugo Gutiérrez Vega, nacieron itinerantes cuando ya era inminente la década de los sesenta del pasado siglo, y recorrieron lo mismo palacios que rancherías, hemos tenido el enorme privilegio, y también la gran responsabilidad, de visitar poblados apartados de las manifestaciones artísticas, pero bien dispuestos a conocerlas.

Las respuestas de los niños de Tierra Blanca, en el Municipio de El Marqués, una población casi a pie de carretera entre Chichimequillas y el entronque con la autopista a San Luis Potosí, eran las mismas que seguramente me hubiesen hecho los niños de La Laborcilla, o de Matanzas, hasta donde se llega por un camino de terracería y piedras, los días anteriores. Ninguno había visto jamás una obra de teatro, pero ahí estaban, en su casa ejidal, o bajo el arco techo, para asistir a su “primera vez” en el teatro.

Como García Lorca, o como Gutiérrez Vega, también nosotros escogimos para este primer encuentro un repertorio de teatro corto español, con ciertos matices en el texto, pero con las características genuinas de la pluma que los hizo posibles, acaso porque yo también grabé en la memoria a un Paco Rabell, en ese entonces lleno de vitalidad, representando “Los Habladores”, o a aquel soldado pobre y enamorado de “La Guarda Cuidadosa”.

Pero en esta bella aventura, avalada por Enrique Vega, el alcalde de El Marqués, aunque de presencia mayoritaria, no son los niños los únicos espectadores. Hay, sobre todo, señoras, y parejas de ancianos, que acaso como los mismos niños, tampoco tuvieron nunca la oportunidad de estar cerca de una representación teatral.

A las funciones también han llegado espectadores a lomo de burros, los que nos han dejado a la puerta de los espacios improvisadamente teatrales los porqués de aquella frase que suele decirse a los actores antes de las representaciones, apostando por la buena suerte: “Mucha mierda”. En La Laborcilla quedó la constancia de que llegó un público, en humildes jamelgos, a mirar aquello que le ofertaron, horas antes, por megáfono.

Jovencitos que miran, más bien, a la distancia, para no comprometer su permanencia; quinceañeras que se mantienen expectantes a su celular; novios, que, entre arrumacos discretos, echan alguna mirada al escenario; y perros, de variados pelajes y tamaños, casi todos con la marca de la dura vida cotidiana en el pellejo, completan el repertorio de espectadores.

Y en escena, un grupo de grandilocuentes actores, reteniendo con gestos y expresiones la atención, elevando la voz para ganar la partida a las distracciones, recitando con intención los textos de Cervantes, como si en La Mancha estuvieran y un sobrero y una gorguera blanca fuesen los atavíos completos de un personaje de época. Luchando por hacer posible la magia del teatro, seduciendo a los cándidos espectadores con las artes del dicho y el movimiento.

Casi todos se quedan hasta el final. Ese final que llega tras una hora de ires y venires, de historias lejanas, pero cercanas a la vez, y con la presencia de un aplauso que, necesariamente, es incentivado por los organizadores, pero que es secundado por todos. Un final tras el cual vuelve la vida cotidiana de la comunidad.

La iniciativa, que ha sido impulsada y organizada por la Doctora Verónica Galicia, la Secretaria de Desarrollo Social de El Marqués, y por José Antonio MacGregor, el Director de Cultura de ese municipio cercano, apenas inicia su larga travesía por treinta comunidades marquesinas, desde Matanzas hasta El Colorado, desde Atongo a Begoña, con una ilusión, a cuestas, muy similar, seguramente, a la del poeta granadino y a la del ex rector universitario: Calar con una pincelada de teatro el alma virgen de estos nuevos espectadores. Por lo pronto, la experiencia ya se impregnón la mía de manera perenne.

Algún día, cuando a los niños de Tierra Blanca, acaso ya hombres maduros, les pregunten si han ido alguna vez al teatro, dirán contundentemente que sí. El gran reto es que, mientras lo hagan, conserven en la mirada esa ingenuidad del niño al que una función de teatro se le quedó grabada, para siempre y para bien, en la memoria.

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