/ domingo 19 de mayo de 2019

Aquí Querétaro

Se dice con constancia que la gente no muere mientras atesoramos en nuestro interior su recuerdo. Y se dice eso, seguramente, por esa natural y humana sensación de desprotección, de pérdida, que nos abruma ante la desaparición de un ser querido. Y sí, de alguna manera, aunque no permanezca materialmente entre nosotros, el recuerdo del que se fue nos acompaña y permanece, etéreamente, entre nosotros. Y es que el olvido es, ese sí, la muerte misma.

Yo recuerdo de Enrique Cárdenas, que acaba de dejarnos estos días, su sonrisa y la broma siempre presta, su peculiar forma de hablar, y esa particular costumbre de restregarse las manos. Pero, sobre todo, recuerdo esas sus mismas manos llevando en vilo a tres recién nacidos, depositándolos sobre una pequeña colchoneta azul, limpiándoles el cuerpecito y revisándoles sus signos vitales y su peso mientras lloraban por primera vez en su vida.

¿Cómo olvidar eso, si se trata de, quizá, los tres acontecimientos más importantes de mi existencia? ¿Cómo olvidar esas manos, enfundadas en guantes de plástico, realizando un trabajo acaso monótono, pero vital y recubierto de experiencia?

Enrique Cárdenas, el pediatra de tantos pequeños, y en particular de mis tres hijos, acabó perdiendo la batalla contra el cáncer. Con él se fue también, toda una época, toda una vida; aquella de la experiencia maravillosa de ser padre; la de comprobar, mes a mes, como un ser humano va creciendo y desarrollándose; la de la esperanza por hacer un buen trabajo formador; la de las sonrisas y las ilusiones.

Imagino, si de imaginar se trata, que Enrique estará ya ahora en franco convivio con mi suegra, doña Suha, y con algunos otros de aquella camada de amigos que hacían de la conversación un agasajo, del buen yantar un compromiso y de los fines de semana un digno motivo de alegría. Imagino también que estará acariciando a aquel enorme gran danés al que le prodigó su cariño en esta vida, y restregándose las manos mientras descubre ese otro mundo por descubrir.

Aquí, mientras tanto, sigue vivo en el recuerdo de aquellos momentos en una sala de hospital, o mientras movía un poco más las pesas de la báscula, o cuando hacía bromas sobre mi suegro tras una mañana de golf.

Se dice con constancia que la gente no muere mientras atesoramos en nuestro interior su recuerdo. Y se dice eso, seguramente, por esa natural y humana sensación de desprotección, de pérdida, que nos abruma ante la desaparición de un ser querido. Y sí, de alguna manera, aunque no permanezca materialmente entre nosotros, el recuerdo del que se fue nos acompaña y permanece, etéreamente, entre nosotros. Y es que el olvido es, ese sí, la muerte misma.

Yo recuerdo de Enrique Cárdenas, que acaba de dejarnos estos días, su sonrisa y la broma siempre presta, su peculiar forma de hablar, y esa particular costumbre de restregarse las manos. Pero, sobre todo, recuerdo esas sus mismas manos llevando en vilo a tres recién nacidos, depositándolos sobre una pequeña colchoneta azul, limpiándoles el cuerpecito y revisándoles sus signos vitales y su peso mientras lloraban por primera vez en su vida.

¿Cómo olvidar eso, si se trata de, quizá, los tres acontecimientos más importantes de mi existencia? ¿Cómo olvidar esas manos, enfundadas en guantes de plástico, realizando un trabajo acaso monótono, pero vital y recubierto de experiencia?

Enrique Cárdenas, el pediatra de tantos pequeños, y en particular de mis tres hijos, acabó perdiendo la batalla contra el cáncer. Con él se fue también, toda una época, toda una vida; aquella de la experiencia maravillosa de ser padre; la de comprobar, mes a mes, como un ser humano va creciendo y desarrollándose; la de la esperanza por hacer un buen trabajo formador; la de las sonrisas y las ilusiones.

Imagino, si de imaginar se trata, que Enrique estará ya ahora en franco convivio con mi suegra, doña Suha, y con algunos otros de aquella camada de amigos que hacían de la conversación un agasajo, del buen yantar un compromiso y de los fines de semana un digno motivo de alegría. Imagino también que estará acariciando a aquel enorme gran danés al que le prodigó su cariño en esta vida, y restregándose las manos mientras descubre ese otro mundo por descubrir.

Aquí, mientras tanto, sigue vivo en el recuerdo de aquellos momentos en una sala de hospital, o mientras movía un poco más las pesas de la báscula, o cuando hacía bromas sobre mi suegro tras una mañana de golf.

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