/ domingo 8 de septiembre de 2019

Aquí Querétaro

Aquella era una noche lluviosa, como no es inusual a la llegada de septiembre en nuestra ciudad. Sobre la calle empedrada, aquel primer público, compuesto fundamentalmente por vecinos del barrio, se instaló con las sillas traídas de sus propias casas, de frente al majestuoso templo y a espaldas de una serie de construcciones típicas del entorno que, no demasiados años después, habrían de sufrir los mazos de la destrucción para el nacimiento de una nueva plaza citadina.

En el atrio, frente a los portones centenarios, un grupo de universitarios iniciaban una aventura insospechada, incluso para quien los comandaba, un jalisciense, experto en oratoria y en letras, que a pesar de comulgar casi con la misma edad de los demás, se desempeñaba por entonces como responsable del área de Difusión Cultural de una casa de estudios recién abierta a la universalidad de sus cátedras.

Aquellos jóvenes estudiantes de la lluviosa noche de inicios de septiembre efectivamente no imaginaban entonces la infinidad de aventuras que la experiencia que iniciaban les acarrearía; quizá tampoco lo sospechaba aquel jalisciense de voz modulada y rostro chapeado que los comandaba y que entonó ahí, frente a los curiosos asistentes, las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre.

Pero Hugo Gutiérrez Vega, aquel joven funcionario universitario era, quizá, el único que tenía claros los alcances de su idea: Repetir la experiencia de Federico García Lorca con su “Barraca”, o Alejandro Casona con el “Teatro del Pueblo”, creando una compañía teatral que llevara sus representaciones a los barrios y las comunidades remotas, tratando que la palabra de los clásicos llegara a quienes no la habían escuchado, ni leído, jamás. Por eso para aquella noche había escogido, además de las coplas, divertidos textos cortos de Lope de Vega y de Cervantes.

Paco Rabell y los hermanos Juan y Roberto Servín, eran tres de los jóvenes que iniciaron con él la aventura frente a la impresionante fachada de Santa Rosa de Viterbo, en la capital queretana, y serían también, con el paso del tiempo, quienes continuarían la idea de Gutiérrez Vega, llevando a aquel grupo teatral universitario, al que Hugo nombro “Cómicos de la Legua”, a recorrer el mundo. También se unirían, y participarían en aquella experiencia, hoy de seis décadas, personajes inolvidables, como Ignacio Frías Godoy, Raúl Lucio, Salvador Nieves, Wilfrido Murillo o Franco Vega, por sólo mencionar a unos pocos.

Los “Cómicos”, como los conocen los queretanos, desde aquella noche de 1959 corrieron la legua, en todo el territorio queretano, sí, pero también en prácticamente todos los estados del país, y realizaron exitosas giras a Sudamérica y España, donde la prensa dejó constancia de su paso. Pocos queretanos que vivieron su niñez y su juventud en las décadas de los sesenta y setenta podrán decir que no descubrieron por primera vez el teatro de la mano del longevo grupo universitario.


Los años han pasado desde la lejana noche aquella de su primera representación, muchas vicisitudes, algunas buenas y otras no tanto, ha sufrido el grupo; algunos de sus más queridos integrantes han muerto, incluyendo a su recordado fundador, y a algunos otros los ha alcanzado, irremediablemente, la vejez, pero nuevas generaciones de actores han venido al reemplazo y mantenido lo que ya es una tradición insubstituible, y como oficialmente recién se ha declarado, patrimonio cultural de los queretanos.

A sesenta años exactos de distancia, ¿qué queda de aquella ilusión, de aquel propósito, que le dio vida a los Cómicos de la Legua? Mientras vivió, y asistió, Hugo Gutiérrez Vega, el poeta y diplomático, se los recordaba cada aniversario. Hoy, sus integrantes actuales, tendrán que recordarlo solos, como corresponde a un grupo teatral que ha dado lustre y prestigio a Querétaro a lo largo del mundo. Porque aquí, ilustre senado, siempre termina la vida y comienza el teatro.

Aquella era una noche lluviosa, como no es inusual a la llegada de septiembre en nuestra ciudad. Sobre la calle empedrada, aquel primer público, compuesto fundamentalmente por vecinos del barrio, se instaló con las sillas traídas de sus propias casas, de frente al majestuoso templo y a espaldas de una serie de construcciones típicas del entorno que, no demasiados años después, habrían de sufrir los mazos de la destrucción para el nacimiento de una nueva plaza citadina.

En el atrio, frente a los portones centenarios, un grupo de universitarios iniciaban una aventura insospechada, incluso para quien los comandaba, un jalisciense, experto en oratoria y en letras, que a pesar de comulgar casi con la misma edad de los demás, se desempeñaba por entonces como responsable del área de Difusión Cultural de una casa de estudios recién abierta a la universalidad de sus cátedras.

Aquellos jóvenes estudiantes de la lluviosa noche de inicios de septiembre efectivamente no imaginaban entonces la infinidad de aventuras que la experiencia que iniciaban les acarrearía; quizá tampoco lo sospechaba aquel jalisciense de voz modulada y rostro chapeado que los comandaba y que entonó ahí, frente a los curiosos asistentes, las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre.

Pero Hugo Gutiérrez Vega, aquel joven funcionario universitario era, quizá, el único que tenía claros los alcances de su idea: Repetir la experiencia de Federico García Lorca con su “Barraca”, o Alejandro Casona con el “Teatro del Pueblo”, creando una compañía teatral que llevara sus representaciones a los barrios y las comunidades remotas, tratando que la palabra de los clásicos llegara a quienes no la habían escuchado, ni leído, jamás. Por eso para aquella noche había escogido, además de las coplas, divertidos textos cortos de Lope de Vega y de Cervantes.

Paco Rabell y los hermanos Juan y Roberto Servín, eran tres de los jóvenes que iniciaron con él la aventura frente a la impresionante fachada de Santa Rosa de Viterbo, en la capital queretana, y serían también, con el paso del tiempo, quienes continuarían la idea de Gutiérrez Vega, llevando a aquel grupo teatral universitario, al que Hugo nombro “Cómicos de la Legua”, a recorrer el mundo. También se unirían, y participarían en aquella experiencia, hoy de seis décadas, personajes inolvidables, como Ignacio Frías Godoy, Raúl Lucio, Salvador Nieves, Wilfrido Murillo o Franco Vega, por sólo mencionar a unos pocos.

Los “Cómicos”, como los conocen los queretanos, desde aquella noche de 1959 corrieron la legua, en todo el territorio queretano, sí, pero también en prácticamente todos los estados del país, y realizaron exitosas giras a Sudamérica y España, donde la prensa dejó constancia de su paso. Pocos queretanos que vivieron su niñez y su juventud en las décadas de los sesenta y setenta podrán decir que no descubrieron por primera vez el teatro de la mano del longevo grupo universitario.


Los años han pasado desde la lejana noche aquella de su primera representación, muchas vicisitudes, algunas buenas y otras no tanto, ha sufrido el grupo; algunos de sus más queridos integrantes han muerto, incluyendo a su recordado fundador, y a algunos otros los ha alcanzado, irremediablemente, la vejez, pero nuevas generaciones de actores han venido al reemplazo y mantenido lo que ya es una tradición insubstituible, y como oficialmente recién se ha declarado, patrimonio cultural de los queretanos.

A sesenta años exactos de distancia, ¿qué queda de aquella ilusión, de aquel propósito, que le dio vida a los Cómicos de la Legua? Mientras vivió, y asistió, Hugo Gutiérrez Vega, el poeta y diplomático, se los recordaba cada aniversario. Hoy, sus integrantes actuales, tendrán que recordarlo solos, como corresponde a un grupo teatral que ha dado lustre y prestigio a Querétaro a lo largo del mundo. Porque aquí, ilustre senado, siempre termina la vida y comienza el teatro.

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