/ domingo 29 de septiembre de 2019

Aquí Querétaro

Aurelio Olvera, el popular Yeyo, acaba de cumplir, apenas hace unos días, ochenta años de vida.

Forjador de varias generaciones de músicos, maestro del Conservatorio y de escuelas de educación pública; actor, en su momento, de los Cómicos de la Legua; iniciador de la popular Estudiantina de la Universidad; director de la Banda de Música del Estado, por años responsable del Patronato de las Fiestas de Navidad, y sobre todo, alma, corazón y vida de una sociedad en transformación, Aurelio ha sido un protagonista indiscutible del Querétaro que le tocó vivir.

Difícil será encontrar un queretano de siempre que no haya tenido alguna experiencia con Yeyo Olvera, que no haya escuchado el sonido de su acordeón, o de su teclado; que no haya escuchado su inconfundible, y rara, carcajada; que no haya recurrido a él para la misa de difuntos, para la boda o para el bautizo.

El maestro Olvera, pues, representa al Querétaro de siempre; a ese que se niega a morir, a pesar de la llegada de tantísima gente, de la apropiación de la modernidad, del cambio de costumbres, de la adopción de nuevas músicas, y de la transformación, en fin, de una sociedad entera.

Siempre he creído, y creo que lo he manifestado aquí en alguna ocasión, que a Yeyo Olvera no se le ha reconocido debidamente lo mucho que ha hecho por Querétaro y los queretanos. Que a pesar de que su imagen vive cariñosamente en el corazón de muchos, se le asume como parte de una ciudad que ya no existe del todo y a la que recurrimos tan solo en los momentos de más apremio de la vida.

Me ha tocado convivir con Aurelio muchas veces, y conocido de cerca su bonhomía, su sentido del humor y su charla franca y sincera; he compartido con él muchos desayunos, que él pagaba cuando iba al baño o llegando con muchos minutos de antelación para convencer a la cajera, o a Enrique Vallejo, cuando del Arcángel se trataba, de aceptar el pago previo del consumo. Pero, sobre todo, he compartido con él los momentos más alegres, y también los más tristes, de mi existencia: Desde el bautismo de mis tres hijos a las misas por el eterno descanso de mi padre, por ejemplo.

Solterón empedernido, religioso de cepa, servicial como pocos, amante de la música, respetuoso como los caballeros de otros tiempos, Aurelio Olvera ha paseado su humanidad, con profunda dignidad, por las calles, los templos y las plazas de esta ciudad a lo largo de ocho décadas.

Tuve la oportunidad de ver también como, en su momento, los tiempos políticos nuevos, y sobre todo los funcionarios de nueva creación, lo trataron con desdén, sin imaginar siquiera el legado que ha ido dejando, de a poco y sin descanso, a los queretanos.

Por fortuna, hace poco, y supongo que a propósito del significativo aniversario de vida que estaba por cumplir, le organizaron un homenaje en el simbólico Teatro de la Ciudad, con un concierto y una distinción otorgados por la Asociación de Antiguos Tunos de América, y con la decidida participación de las autoridades de la Universidad Autónoma de Querétaro, las Secretarías de Cultura estatal y municipal, y la esposa del gobernador, la señora Karina Castro. Hace algunos años, igualmente, la Banda de Música y Juan Arturo, “el Pollo”, Torres Landa, organizaron, en Juriquilla, un reconocimiento a su trayectoria.

Aurelio Olvera Montaño ha dejado una huella indeleble en los queretanos de varias generaciones. Es uno de esos personajes que le dan color, sabor y sentido a nuestra ciudad. Es un entrañable personaje de siempre. Felices 80, Yeyo. ¡¡Jo!!

Aurelio Olvera, el popular Yeyo, acaba de cumplir, apenas hace unos días, ochenta años de vida.

Forjador de varias generaciones de músicos, maestro del Conservatorio y de escuelas de educación pública; actor, en su momento, de los Cómicos de la Legua; iniciador de la popular Estudiantina de la Universidad; director de la Banda de Música del Estado, por años responsable del Patronato de las Fiestas de Navidad, y sobre todo, alma, corazón y vida de una sociedad en transformación, Aurelio ha sido un protagonista indiscutible del Querétaro que le tocó vivir.

Difícil será encontrar un queretano de siempre que no haya tenido alguna experiencia con Yeyo Olvera, que no haya escuchado el sonido de su acordeón, o de su teclado; que no haya escuchado su inconfundible, y rara, carcajada; que no haya recurrido a él para la misa de difuntos, para la boda o para el bautizo.

El maestro Olvera, pues, representa al Querétaro de siempre; a ese que se niega a morir, a pesar de la llegada de tantísima gente, de la apropiación de la modernidad, del cambio de costumbres, de la adopción de nuevas músicas, y de la transformación, en fin, de una sociedad entera.

Siempre he creído, y creo que lo he manifestado aquí en alguna ocasión, que a Yeyo Olvera no se le ha reconocido debidamente lo mucho que ha hecho por Querétaro y los queretanos. Que a pesar de que su imagen vive cariñosamente en el corazón de muchos, se le asume como parte de una ciudad que ya no existe del todo y a la que recurrimos tan solo en los momentos de más apremio de la vida.

Me ha tocado convivir con Aurelio muchas veces, y conocido de cerca su bonhomía, su sentido del humor y su charla franca y sincera; he compartido con él muchos desayunos, que él pagaba cuando iba al baño o llegando con muchos minutos de antelación para convencer a la cajera, o a Enrique Vallejo, cuando del Arcángel se trataba, de aceptar el pago previo del consumo. Pero, sobre todo, he compartido con él los momentos más alegres, y también los más tristes, de mi existencia: Desde el bautismo de mis tres hijos a las misas por el eterno descanso de mi padre, por ejemplo.

Solterón empedernido, religioso de cepa, servicial como pocos, amante de la música, respetuoso como los caballeros de otros tiempos, Aurelio Olvera ha paseado su humanidad, con profunda dignidad, por las calles, los templos y las plazas de esta ciudad a lo largo de ocho décadas.

Tuve la oportunidad de ver también como, en su momento, los tiempos políticos nuevos, y sobre todo los funcionarios de nueva creación, lo trataron con desdén, sin imaginar siquiera el legado que ha ido dejando, de a poco y sin descanso, a los queretanos.

Por fortuna, hace poco, y supongo que a propósito del significativo aniversario de vida que estaba por cumplir, le organizaron un homenaje en el simbólico Teatro de la Ciudad, con un concierto y una distinción otorgados por la Asociación de Antiguos Tunos de América, y con la decidida participación de las autoridades de la Universidad Autónoma de Querétaro, las Secretarías de Cultura estatal y municipal, y la esposa del gobernador, la señora Karina Castro. Hace algunos años, igualmente, la Banda de Música y Juan Arturo, “el Pollo”, Torres Landa, organizaron, en Juriquilla, un reconocimiento a su trayectoria.

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