/ domingo 22 de diciembre de 2019

Aquí Querétaro

No tengo dudas de que, allá en la ya lejana década de los sesenta del siglo pasado, el Casa Blanca era el mejor hotel de Querétaro. Hasta el inmueble, ubicado en lo que entonces era la Carretera Panamericana, llegaban a hospedarse lo mismo Cantinflas que políticos connotados, artistas de moda y toreros.

Conocí bien el Motel Casa Blanca por diversas razones. Primero, porque era propiedad de don Paco Vega Naredo, primo de mi padre, y después porque ahí, en la pequeña oficina, trabajó por muchas décadas mi hermana América. A la postre, lo conocí todavía mejor cuando el licenciado Leal Corona, un tiempo más tarde también uno de sus propietarios, me contrató para realizar muy diversas tareas, desde garrotero en la discoteca “Gatos” hasta, incluso, Gerente de Recursos Humanos, pasando por responsable de la bodega del restaurante.

Aquel hotel, en cuya alberca nunca aprendí a nadar a pesar de los esfuerzos de mi padre, se convertía en el centro de atención cuando algún huésped distinguido aparecía por ahí, y su restaurante era una garantía de buen comer, gracias a las buenas maneras de Basilio, el cocinero principal, y de algunos míticos meseros que conocían a medio Querétaro.

En su pequeño bar solían reunirse connotados personajes de la iniciativa privada queretana, y también de la política, y por las mesas del comedor pasaron lo mismo Pepe Alameda, el inolvidable poeta y periodista, que Lupita Dalessio y Carlos Reinoso, cuando fueron fugaz pareja sentimental. Ignoro porque razones del subconsciente recuerdo específicamente a estos personajes.

En mi mente están también, ahí en el restaurante o en el “lobby”, las figuras señeras de Lorenzo Garza, don Fermín Espinosa, “Armillita”, Paco Camino, o Manolo Martínez, quien hacía del Casa Blanca su casa queretana y armaba intensas pachangas en su habitación.

El Casa Blanca, por ejemplo, tuvo el primer centro nocturno de la ciudad, el famoso “Cristel”, y también la primera “discoteque”, a la que nombraron “Gatos”. Ahí igualmente se organizaba, cada fin de año, una selecta cena que reunía a lo más escogido de la sociedad queretana de entonces para degustar las delicias de su cocina y recibir el nuevo año.

Parece que fue ayer cuando también llegaba hasta el Casa Blanca todo el electo de algún famoso circo, que instalaba sus carpas en los grandes terrenos sin fincar del otro lado de la avenida, donde hoy está el edificio de Bancomer, y cuyas guapas bailarinas tomaban el sol en los jardines, mientras jugaban con cachorros de león.

Era el Casa Blanca la elección más recurrente de quienes visitaban un Querétaro mucho menos turístico que hoy. Era una referencia citadina y un espacio que le daba vida a nuestra ciudad. Hoy, dividido en dos hoteles distintos e invadido por otros establecimientos en su antigua fachada, dejó de ser lo que era, pero se quedó en el recuerdo de los que lo conocimos en sus momentos de esplendor.

No tengo dudas de que, allá en la ya lejana década de los sesenta del siglo pasado, el Casa Blanca era el mejor hotel de Querétaro. Hasta el inmueble, ubicado en lo que entonces era la Carretera Panamericana, llegaban a hospedarse lo mismo Cantinflas que políticos connotados, artistas de moda y toreros.

Conocí bien el Motel Casa Blanca por diversas razones. Primero, porque era propiedad de don Paco Vega Naredo, primo de mi padre, y después porque ahí, en la pequeña oficina, trabajó por muchas décadas mi hermana América. A la postre, lo conocí todavía mejor cuando el licenciado Leal Corona, un tiempo más tarde también uno de sus propietarios, me contrató para realizar muy diversas tareas, desde garrotero en la discoteca “Gatos” hasta, incluso, Gerente de Recursos Humanos, pasando por responsable de la bodega del restaurante.

Aquel hotel, en cuya alberca nunca aprendí a nadar a pesar de los esfuerzos de mi padre, se convertía en el centro de atención cuando algún huésped distinguido aparecía por ahí, y su restaurante era una garantía de buen comer, gracias a las buenas maneras de Basilio, el cocinero principal, y de algunos míticos meseros que conocían a medio Querétaro.

En su pequeño bar solían reunirse connotados personajes de la iniciativa privada queretana, y también de la política, y por las mesas del comedor pasaron lo mismo Pepe Alameda, el inolvidable poeta y periodista, que Lupita Dalessio y Carlos Reinoso, cuando fueron fugaz pareja sentimental. Ignoro porque razones del subconsciente recuerdo específicamente a estos personajes.

En mi mente están también, ahí en el restaurante o en el “lobby”, las figuras señeras de Lorenzo Garza, don Fermín Espinosa, “Armillita”, Paco Camino, o Manolo Martínez, quien hacía del Casa Blanca su casa queretana y armaba intensas pachangas en su habitación.

El Casa Blanca, por ejemplo, tuvo el primer centro nocturno de la ciudad, el famoso “Cristel”, y también la primera “discoteque”, a la que nombraron “Gatos”. Ahí igualmente se organizaba, cada fin de año, una selecta cena que reunía a lo más escogido de la sociedad queretana de entonces para degustar las delicias de su cocina y recibir el nuevo año.

Parece que fue ayer cuando también llegaba hasta el Casa Blanca todo el electo de algún famoso circo, que instalaba sus carpas en los grandes terrenos sin fincar del otro lado de la avenida, donde hoy está el edificio de Bancomer, y cuyas guapas bailarinas tomaban el sol en los jardines, mientras jugaban con cachorros de león.

Era el Casa Blanca la elección más recurrente de quienes visitaban un Querétaro mucho menos turístico que hoy. Era una referencia citadina y un espacio que le daba vida a nuestra ciudad. Hoy, dividido en dos hoteles distintos e invadido por otros establecimientos en su antigua fachada, dejó de ser lo que era, pero se quedó en el recuerdo de los que lo conocimos en sus momentos de esplendor.

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