/ domingo 19 de enero de 2020

Aquí Querétaro

De pronto, frente a mí, estaba esa anhelada malteada de vainilla. Se veía espléndida detrás del transparente plástico que la contenía, con esa consistencia que me gusta y que presagia buena cantidad de helado.

Ahí estaba frente a mí, pero… Sin popote, como una maldición del destino; como una tentación revertida de candados; como una ilusión en el desierto.

Claro está que no tenía popote, porque los popotes en este progresista municipio queretano están ya prohibidos, y porque los popotes, según se dice, no se degradan fácilmente y acaban por llegar al mar, donde congestionan los orificios nasales de las tortugas gigantes. Al menos eso prueba un video que se hizo viral en las redes sociales.

El caso es que los popotes, al estar prohibidos, resultan ahora inexistentes en ciertas cafeterías, como el caso de la que me provisiona de mis malteadas de vainilla.

Miré largamente el recipiente frente a mis ojos, tratando de dilucidar la forma de engullir su contenido. Pensé primero en beber por el pequeño orificio en la parte alta de la tapadera convexa, pero la empresa, pronto lo averigüé, era imposible. Luego imaginé la posibilidad de una cuchara que alcanzara a entrar por el orificio en cuestión y fuese sacando, de a poco, el espeso líquido que ya mi lengua reclamaba. Tampoco fue una opción.

Sopesé, ya francamente malhumorado, la posibilidad de quitarle la tapa para beber el contenido, como si se tratara de un refresco, pero intuí, dada la altura del líquido, que aquello se derramaría sin remedio y de inmediato.

Pensé largamente en las tortugas. Tan largo como la desesperación me lo permitió y después de darle vueltas al tema y al propio contenedor de plástico. Me imaginé lo que tardará en degradarse ese envase sin popote, ya en plena posición contestataria.

Y luego, sin pesarlo, abrumado por la ansiedad, decidí abrir aquel galimatías… Y sucedió lo que tenía que suceder.

La espesa malteada derramó todo lo que sobraba del borde del vaso, y que hasta entonces era contenido por la convexa tapadera, me llenó las manos, la mesa, y muy rápidamente, hasta el piso, con su viscosa consistencia.

Entre las tareas de limpieza, intenté dar un sorbo, como si de café se tratara, pero el denso producto se me pegó entre los labios y casi el cachete, y mi boca se negó a reconocer aquella forma de injerencia, como si de algo extraño, nunca conocido, pretendiera recorrer sus recovecos.

Finalmente, un rato después, acabé con la más reciente, acaso última, malteada de mi vida. Pensé de nuevo en la tortuga, pero más imaginé la cara de quienes siguen sirviendo este suculento detalle al paladar en recipientes de antaño, ideados para albergar popotes. Tiré el vaso, y la tapadera convexa con hoyito para popote, a la basura, y recalculé lo que tardarían en degradarse.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Me entero con tristeza, en este mundo de los nuncas, de la desaparición del Cine Tonalá, en la vieja fábrica de El Hércules, una agradecible opción para ver buen cine y un esfuerzo privado encomiable.

La triste realidad en el mundo de los nuncas, ése en el que nos quejamos de que algo deje de funcionar, pero nunca vamos para hacerlo viable. En el que nos sorprendemos de que un teatro cierre, pero jamás asistimos a ver sus puestas en escena; en el que lamentamos que un espacio cultural quiebre, pero nunca compramos un boleto para visitarlo.

El mundo de los nuncas ha cobrado una nueva víctima. Lamentable, triste, irremediable…

De pronto, frente a mí, estaba esa anhelada malteada de vainilla. Se veía espléndida detrás del transparente plástico que la contenía, con esa consistencia que me gusta y que presagia buena cantidad de helado.

Ahí estaba frente a mí, pero… Sin popote, como una maldición del destino; como una tentación revertida de candados; como una ilusión en el desierto.

Claro está que no tenía popote, porque los popotes en este progresista municipio queretano están ya prohibidos, y porque los popotes, según se dice, no se degradan fácilmente y acaban por llegar al mar, donde congestionan los orificios nasales de las tortugas gigantes. Al menos eso prueba un video que se hizo viral en las redes sociales.

El caso es que los popotes, al estar prohibidos, resultan ahora inexistentes en ciertas cafeterías, como el caso de la que me provisiona de mis malteadas de vainilla.

Miré largamente el recipiente frente a mis ojos, tratando de dilucidar la forma de engullir su contenido. Pensé primero en beber por el pequeño orificio en la parte alta de la tapadera convexa, pero la empresa, pronto lo averigüé, era imposible. Luego imaginé la posibilidad de una cuchara que alcanzara a entrar por el orificio en cuestión y fuese sacando, de a poco, el espeso líquido que ya mi lengua reclamaba. Tampoco fue una opción.

Sopesé, ya francamente malhumorado, la posibilidad de quitarle la tapa para beber el contenido, como si se tratara de un refresco, pero intuí, dada la altura del líquido, que aquello se derramaría sin remedio y de inmediato.

Pensé largamente en las tortugas. Tan largo como la desesperación me lo permitió y después de darle vueltas al tema y al propio contenedor de plástico. Me imaginé lo que tardará en degradarse ese envase sin popote, ya en plena posición contestataria.

Y luego, sin pesarlo, abrumado por la ansiedad, decidí abrir aquel galimatías… Y sucedió lo que tenía que suceder.

La espesa malteada derramó todo lo que sobraba del borde del vaso, y que hasta entonces era contenido por la convexa tapadera, me llenó las manos, la mesa, y muy rápidamente, hasta el piso, con su viscosa consistencia.

Entre las tareas de limpieza, intenté dar un sorbo, como si de café se tratara, pero el denso producto se me pegó entre los labios y casi el cachete, y mi boca se negó a reconocer aquella forma de injerencia, como si de algo extraño, nunca conocido, pretendiera recorrer sus recovecos.

Finalmente, un rato después, acabé con la más reciente, acaso última, malteada de mi vida. Pensé de nuevo en la tortuga, pero más imaginé la cara de quienes siguen sirviendo este suculento detalle al paladar en recipientes de antaño, ideados para albergar popotes. Tiré el vaso, y la tapadera convexa con hoyito para popote, a la basura, y recalculé lo que tardarían en degradarse.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Me entero con tristeza, en este mundo de los nuncas, de la desaparición del Cine Tonalá, en la vieja fábrica de El Hércules, una agradecible opción para ver buen cine y un esfuerzo privado encomiable.

La triste realidad en el mundo de los nuncas, ése en el que nos quejamos de que algo deje de funcionar, pero nunca vamos para hacerlo viable. En el que nos sorprendemos de que un teatro cierre, pero jamás asistimos a ver sus puestas en escena; en el que lamentamos que un espacio cultural quiebre, pero nunca compramos un boleto para visitarlo.

El mundo de los nuncas ha cobrado una nueva víctima. Lamentable, triste, irremediable…

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