/ domingo 9 de febrero de 2020

Aquí Querétaro

Les llaman “amarillos”, y ahora, tras los desmanes que protagonizaron en los alrededores de nuestra Central de Autobuses, han sido largamente atacados en las redes sociales.

Los “amarillos” no son otros que los taxistas de siempre, o de casi siempre; esos que a bordo de vehículos pintados de amarillo recorren las calles, hacen fila en la terminal, o se estacionan en lugares como Plaza de las Américas, a esperar el ansiado pasaje. Esos que, a veces, van circulando muy despacito para ver si alguno de los transeúntes tiene la intención de abordarlos.

Son también los que, en muchas ocasiones, se pasan de largo ante la mano levantada de un posible usuario, los que elevan el costo del viaje, o lo negocian con los que solicitan saberlo con anticipación; los que se dan el lujo de decir que no van por el rumbo que se solicita, o que ni siquiera voltean ante los apremiantes llamados de alguien.

Son, en fin, los herederos de aquellos “coches de sitio”, cuyos choferes aguardaban, pacientes, la llamada telefónica que solicitaba su servicio, en los lugares previamente establecidos y para los que había señalamientos muy claros. Esos que un día decidieron rondar más que esperar, que pintaron sus unidades como los de Nueva York, y cuyas placas representaron un gran negocio, una concesión especial, y a ratos, hasta un acto de corrupción gubernamental.

Pues resulta que estos “amarillos” están enojados con los nuevos sistemas de transporte, con esas plataformas que permiten pedir autos de alquiler mediante una aplicación en el teléfono inteligente, y que, al parecer, pueden resultar más cómodos y seguros. Están enojados, como también lo están sus similares en otras partes de México y aún del mundo, lo mismo en la Ciudad de México, con enfrentamientos constantes en los alrededores del aeropuerto, que en urbes como Paris.

Los “amarillos” consideran una competencia desleal lo que realizan las empresas que mantienen su servicio en esas condiciones, y quisieron ponerles un hasta aquí, al menos en lo que respecta a la Terminal de Autobuses, donde, insisten, debe prevalecer el proceso, a ratos anacrónico, de comprar un boletito en una taquilla y luego hacer cola a la espera del taxi correspondiente, si lo hubiere.

Las redes sociales, tan proclives al ataque y la crueldad, han acabado, de palabra, con los “amarillos”, llamándolos de todo, desde sucios e iletrados, hasta groseros y prepotentes, generalizando lo que es imposible de generalizar. Porque si es cierto que existen taxistas (los “amarillos”) de difícil trato, de abusivo interés, también los hay decentes, dispuestos a dar un servicio de calidad y calidez. Así como también habrá operadores de coches de plataforma que no necesariamente sean una perita en dulce.

Lo que pasa es que la modernidad y la tecnología nos ha invadido sin remedio, y ante ello poco se puede hacer. Oponerse a esa tecnología y a esas posibilidades que la modernidad ofrece, es luchar contra molinos de viento o enfrascarse en una batalla, que aún con los apoyos gubernamentales que se quieran, será imposible de ganar.

Más bien, y esto también se ha dicho reiteradamente, los “amarillos” tendrán necesariamente que cambiar de estrategia, repensar en las virtudes y singularidades que pueden enarbolar, y adentrarse también en los vericuetos de la tecnología. Renovarse o morir, pues, como dice, y bien, el dicho popular.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Por dos domingos consecutivos (los siguientes) esta colaboración no aparecerá en las entrañables páginas de Diario de Querétaro, pues su autor irá al encuentro de una aventura de la que, seguramente, aquí mismo dará cuenta.

Pero si usted lo permite, estimado lector, por aquí nos encontraremos el domingo primero de marzo.

Les llaman “amarillos”, y ahora, tras los desmanes que protagonizaron en los alrededores de nuestra Central de Autobuses, han sido largamente atacados en las redes sociales.

Los “amarillos” no son otros que los taxistas de siempre, o de casi siempre; esos que a bordo de vehículos pintados de amarillo recorren las calles, hacen fila en la terminal, o se estacionan en lugares como Plaza de las Américas, a esperar el ansiado pasaje. Esos que, a veces, van circulando muy despacito para ver si alguno de los transeúntes tiene la intención de abordarlos.

Son también los que, en muchas ocasiones, se pasan de largo ante la mano levantada de un posible usuario, los que elevan el costo del viaje, o lo negocian con los que solicitan saberlo con anticipación; los que se dan el lujo de decir que no van por el rumbo que se solicita, o que ni siquiera voltean ante los apremiantes llamados de alguien.

Son, en fin, los herederos de aquellos “coches de sitio”, cuyos choferes aguardaban, pacientes, la llamada telefónica que solicitaba su servicio, en los lugares previamente establecidos y para los que había señalamientos muy claros. Esos que un día decidieron rondar más que esperar, que pintaron sus unidades como los de Nueva York, y cuyas placas representaron un gran negocio, una concesión especial, y a ratos, hasta un acto de corrupción gubernamental.

Pues resulta que estos “amarillos” están enojados con los nuevos sistemas de transporte, con esas plataformas que permiten pedir autos de alquiler mediante una aplicación en el teléfono inteligente, y que, al parecer, pueden resultar más cómodos y seguros. Están enojados, como también lo están sus similares en otras partes de México y aún del mundo, lo mismo en la Ciudad de México, con enfrentamientos constantes en los alrededores del aeropuerto, que en urbes como Paris.

Los “amarillos” consideran una competencia desleal lo que realizan las empresas que mantienen su servicio en esas condiciones, y quisieron ponerles un hasta aquí, al menos en lo que respecta a la Terminal de Autobuses, donde, insisten, debe prevalecer el proceso, a ratos anacrónico, de comprar un boletito en una taquilla y luego hacer cola a la espera del taxi correspondiente, si lo hubiere.

Las redes sociales, tan proclives al ataque y la crueldad, han acabado, de palabra, con los “amarillos”, llamándolos de todo, desde sucios e iletrados, hasta groseros y prepotentes, generalizando lo que es imposible de generalizar. Porque si es cierto que existen taxistas (los “amarillos”) de difícil trato, de abusivo interés, también los hay decentes, dispuestos a dar un servicio de calidad y calidez. Así como también habrá operadores de coches de plataforma que no necesariamente sean una perita en dulce.

Lo que pasa es que la modernidad y la tecnología nos ha invadido sin remedio, y ante ello poco se puede hacer. Oponerse a esa tecnología y a esas posibilidades que la modernidad ofrece, es luchar contra molinos de viento o enfrascarse en una batalla, que aún con los apoyos gubernamentales que se quieran, será imposible de ganar.

Más bien, y esto también se ha dicho reiteradamente, los “amarillos” tendrán necesariamente que cambiar de estrategia, repensar en las virtudes y singularidades que pueden enarbolar, y adentrarse también en los vericuetos de la tecnología. Renovarse o morir, pues, como dice, y bien, el dicho popular.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Por dos domingos consecutivos (los siguientes) esta colaboración no aparecerá en las entrañables páginas de Diario de Querétaro, pues su autor irá al encuentro de una aventura de la que, seguramente, aquí mismo dará cuenta.

Pero si usted lo permite, estimado lector, por aquí nos encontraremos el domingo primero de marzo.

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