/ domingo 21 de junio de 2020

Aquí Querétaro

Cada mañana, Jaime salía, con la complicidad de la monja que, de algún modo, lo cuidada a él y al resto de sus compañeros de infortunio, hasta el corredor de aquel quinto piso del hospital de La Motilla, edificio acondicionado como tal ante la enorme necesidad de camas hospitalarias que una guerra trae consigo. Se apostaba en una ventana y miraba, con insistencia, hacia aquella calle de Sevilla habitualmente desierta.

Veía aparecer a un hombre desde que doblaba la esquina próxima y era entonces cuando abría el pestillo y sacaba de entre el pijama aquella pieza de pan que había escondido desde el desayuno y que venía ya preñada de noticias o frases de cariño y aliento.

Y es que Jaime, más de mañana aún, guardaba siempre la pieza de pan, algo dura, que les servían a los enfermos, que también eran prisioneros de guerra, en aquel quinto piso del improvisado nosocomio; le hacía un orificio circular con los dedos y colocaba dentro un pequeño papel con la información que quería comunicar, y luego rellenaba el agujero recién hecho con algo de migajón, de tal suerte que aquella pieza recuperaba el aspecto inicial.

Jaime era un estudiante de medicina sevillano que había sido hecho prisionero y que había caído enfermo. Lo habían internado en aquel hospital regenteado por las madres Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad, de las cuales aquella monja piadosa, que lo ayudaba en sus escapadas matinales -Carmela, se llamaba-, era integrante.

Hijo también de un médico de la capital andaluza, sabía bien de los pesares, físicos y anímicos, que se sufrían en una Sevilla taciturna y herida, y reservaba aquella pieza para utilizarla con dos propósitos: la comunicación, tan escasa, tan compleja, en aquellos tiempos revueltos, y la alimentación, pues sabía bien que en el mundo exterior no abundaba aquella comida que, para él, por azares de esa misma guerra, no le faltaba.

Por entonces, mi padre estaba también ahí recluido, gozando de las bondades de una cama, viviendo los calurosos días sin camisa y jugando con sus compañeros, con su candidez de apenas dos décadas de vida, a competir sobre quién aguantaba más el calor de los tubos de las cabeceras, apretándolas con las manos.

Una mañana acompañó a Jaime en su aventura hasta la ventana del corredor aledaño a aquel quinto piso, destinado en exclusiva a los prisioneros de guerra; lo hizo gracias también a la complicidad de aquella monja con la que se había identificado por su origen, pues ambos eran de aquella tierra, tan verde y distante, del norte.

“¿Ves aquel hombre que viene allá?”, preguntó Jaime en cuanto la figura apareció por la esquina de siempre. “Es mi padre”.

Lanzó la pequeña hogaza de pan que, volando por los aires, fue a parar sobre el concreto de la calle desierta. El médico no hizo la menor muestra de haberse enterado de aquella maniobra, ni mucho menos volvió el rostro hacia las alturas del edificio; siguió caminando a idéntico ritmo con la vista clavada sobre el piso. Al llegar ante aquel pan ligeramente averiado por el golpe, sin detener su paso, se agachó con discreción, tomó la pieza ágilmente con la mano y la depositó en uno de los bolsillos de su gastado saco; luego desapareció al doblar la esquina.

“Qué bueno”, dijo Jaime casi para sí. “Ya tiene algo que comer hoy”.

Me acordé de Jaime y de su padre en este día en que celebramos, precisamente, al padre.

Cada mañana, Jaime salía, con la complicidad de la monja que, de algún modo, lo cuidada a él y al resto de sus compañeros de infortunio, hasta el corredor de aquel quinto piso del hospital de La Motilla, edificio acondicionado como tal ante la enorme necesidad de camas hospitalarias que una guerra trae consigo. Se apostaba en una ventana y miraba, con insistencia, hacia aquella calle de Sevilla habitualmente desierta.

Veía aparecer a un hombre desde que doblaba la esquina próxima y era entonces cuando abría el pestillo y sacaba de entre el pijama aquella pieza de pan que había escondido desde el desayuno y que venía ya preñada de noticias o frases de cariño y aliento.

Y es que Jaime, más de mañana aún, guardaba siempre la pieza de pan, algo dura, que les servían a los enfermos, que también eran prisioneros de guerra, en aquel quinto piso del improvisado nosocomio; le hacía un orificio circular con los dedos y colocaba dentro un pequeño papel con la información que quería comunicar, y luego rellenaba el agujero recién hecho con algo de migajón, de tal suerte que aquella pieza recuperaba el aspecto inicial.

Jaime era un estudiante de medicina sevillano que había sido hecho prisionero y que había caído enfermo. Lo habían internado en aquel hospital regenteado por las madres Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad, de las cuales aquella monja piadosa, que lo ayudaba en sus escapadas matinales -Carmela, se llamaba-, era integrante.

Hijo también de un médico de la capital andaluza, sabía bien de los pesares, físicos y anímicos, que se sufrían en una Sevilla taciturna y herida, y reservaba aquella pieza para utilizarla con dos propósitos: la comunicación, tan escasa, tan compleja, en aquellos tiempos revueltos, y la alimentación, pues sabía bien que en el mundo exterior no abundaba aquella comida que, para él, por azares de esa misma guerra, no le faltaba.

Por entonces, mi padre estaba también ahí recluido, gozando de las bondades de una cama, viviendo los calurosos días sin camisa y jugando con sus compañeros, con su candidez de apenas dos décadas de vida, a competir sobre quién aguantaba más el calor de los tubos de las cabeceras, apretándolas con las manos.

Una mañana acompañó a Jaime en su aventura hasta la ventana del corredor aledaño a aquel quinto piso, destinado en exclusiva a los prisioneros de guerra; lo hizo gracias también a la complicidad de aquella monja con la que se había identificado por su origen, pues ambos eran de aquella tierra, tan verde y distante, del norte.

“¿Ves aquel hombre que viene allá?”, preguntó Jaime en cuanto la figura apareció por la esquina de siempre. “Es mi padre”.

Lanzó la pequeña hogaza de pan que, volando por los aires, fue a parar sobre el concreto de la calle desierta. El médico no hizo la menor muestra de haberse enterado de aquella maniobra, ni mucho menos volvió el rostro hacia las alturas del edificio; siguió caminando a idéntico ritmo con la vista clavada sobre el piso. Al llegar ante aquel pan ligeramente averiado por el golpe, sin detener su paso, se agachó con discreción, tomó la pieza ágilmente con la mano y la depositó en uno de los bolsillos de su gastado saco; luego desapareció al doblar la esquina.

“Qué bueno”, dijo Jaime casi para sí. “Ya tiene algo que comer hoy”.

Me acordé de Jaime y de su padre en este día en que celebramos, precisamente, al padre.

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