/ domingo 23 de agosto de 2020

Aquí Querétaro

Hace poco más de cinco meses, cuando los demoledores efectos de la pandemia provocada por el Covid-19 eran apenas una amenaza, los teatros queretanos decidieron, por su propia cuenta, cerrar sus puertas; no lo hicieron, como otras ramas productivas, por la prohibición expresa de realizar sus actividades, sino por una conciencia de bienestar social.

Por entonces, y desde hace ya años, esta manifestación artística, la del teatro, le daba un valor especial a la ciudad, convertida gracias a ella, quizá en la urbe con más teatros por habitante del país; un paraíso teatral, no exento de remar siempre contra corriente, que seguía la tradición impuesta por teatros como el Iturbide o el de la Media Luna, en el siglo XIX, o los Cómicos de la Legua y el Corral de Comedias, ya en el XX. Una comunidad, la teatral, acrecentada gracias al impulso formador de la Universidad Autónoma de Querétaro, y al cobijo de instituciones públicas, donde destacaba de manera especial el Museo de la Ciudad.

Teatro para todos los gustos podía descubrirse en Querétaro; desde aquel con pretensiones artísticas de mayor nivel, al estrictamente comercial, sustentado en el pago en la taquilla de su público; desde el de los directores más experimentados, al que pretendía revivir episodios del pasado de una ciudad envuelta por la leyenda y el misterio.

De entre todo este mundo de opciones, habría que destacar, por el esfuerzo que representa una empresa de esta naturaleza en los tiempos modernos que corren, el de los espacios independientes; aquellos que viven de lo que producen de manera cotidiana y que satisfacen a un público, con mayores o menores pretensiones artísticas, que les brindaba el sustento. Unos veinte teatros independientes, diecisiete de los cuales estaban asentados en la capital, había en la entidad antes del cierre de marzo pasado.

La experiencia única que en la materia Querétaro tenía, incluso propició que la Secretaría de Turismo Municipal estableciera una nueva ruta: la de los muchos espacios escénicos, y considerara a la nuestra como “una ciudad de teatros”.

Y cuando hablamos de los teatros queretanos habría que establecer que éstos no responden a la limitada visión de espacios de gran tamaño y butacas de cine, sino a otros de dimensiones mucho más limitadas, aprovechando patios, salones y bodegas, y adaptándolos, de manera imaginativa, a las necesidades mínimas de la escena.

Tras estas muchas semanas, los teatros siguen cerrados, y a la espera, según lo han manifestado las autoridades, a que el semáforo sanitario pase al color “amarillo”; será entonces cuando tengan permiso de abrir, implementado las necesarias medidas sanitarias adicionales, y con un aforo de la mitad de su capacidad. Mientras tanto, los centros comerciales, las tiendas departamentales, los restaurantes y cafeterías, los gimnasios y hasta los templos religiosos, están ya abiertos desde hace tiempo.

La aparente negativa para que estos espacios dedicados al teatro abran es el peligro que pueden entrañar para la propagación del virus que nos trae a todos en jaque, además que se considera a la teatral como una actividad de mero esparcimiento y no prioritaria. Situación que, al parecer, para la visión de quienes así lo sentencian, no comparten con los negocios que ya han abierto sus puertas, o con los aviones, por ejemplo, donde ni siquiera se guarda la sana distancia que tanto se ha enarbolado. ¿Es un centro comercial más prioritario que un teatro? ¿Tienen las cafeterías un carácter de menos esparcimiento que los locales dedicados al arte? Son preguntas que necesariamente vienen a cuento.

El caso es que, tras cinco meses de inactividad y ante la muy clara posibilidad de que se permita la apertura de los bares (convertidos en medio restaurantes) antes que los teatros, varios de estos pequeños espacios están a punto de cerrar definitivamente sus puertas, incapaces de hacerle frente a los gastos de alquiler y mantenimiento de sus inmuebles.

Triste ciudad ésta que ya no será la de los teatros. Triste ver morir, de a poco y sin remedio, a esos lugares que alimentan el alma, actividad, por cierto, absolutamente prescindible.

Hace poco más de cinco meses, cuando los demoledores efectos de la pandemia provocada por el Covid-19 eran apenas una amenaza, los teatros queretanos decidieron, por su propia cuenta, cerrar sus puertas; no lo hicieron, como otras ramas productivas, por la prohibición expresa de realizar sus actividades, sino por una conciencia de bienestar social.

Por entonces, y desde hace ya años, esta manifestación artística, la del teatro, le daba un valor especial a la ciudad, convertida gracias a ella, quizá en la urbe con más teatros por habitante del país; un paraíso teatral, no exento de remar siempre contra corriente, que seguía la tradición impuesta por teatros como el Iturbide o el de la Media Luna, en el siglo XIX, o los Cómicos de la Legua y el Corral de Comedias, ya en el XX. Una comunidad, la teatral, acrecentada gracias al impulso formador de la Universidad Autónoma de Querétaro, y al cobijo de instituciones públicas, donde destacaba de manera especial el Museo de la Ciudad.

Teatro para todos los gustos podía descubrirse en Querétaro; desde aquel con pretensiones artísticas de mayor nivel, al estrictamente comercial, sustentado en el pago en la taquilla de su público; desde el de los directores más experimentados, al que pretendía revivir episodios del pasado de una ciudad envuelta por la leyenda y el misterio.

De entre todo este mundo de opciones, habría que destacar, por el esfuerzo que representa una empresa de esta naturaleza en los tiempos modernos que corren, el de los espacios independientes; aquellos que viven de lo que producen de manera cotidiana y que satisfacen a un público, con mayores o menores pretensiones artísticas, que les brindaba el sustento. Unos veinte teatros independientes, diecisiete de los cuales estaban asentados en la capital, había en la entidad antes del cierre de marzo pasado.

La experiencia única que en la materia Querétaro tenía, incluso propició que la Secretaría de Turismo Municipal estableciera una nueva ruta: la de los muchos espacios escénicos, y considerara a la nuestra como “una ciudad de teatros”.

Y cuando hablamos de los teatros queretanos habría que establecer que éstos no responden a la limitada visión de espacios de gran tamaño y butacas de cine, sino a otros de dimensiones mucho más limitadas, aprovechando patios, salones y bodegas, y adaptándolos, de manera imaginativa, a las necesidades mínimas de la escena.

Tras estas muchas semanas, los teatros siguen cerrados, y a la espera, según lo han manifestado las autoridades, a que el semáforo sanitario pase al color “amarillo”; será entonces cuando tengan permiso de abrir, implementado las necesarias medidas sanitarias adicionales, y con un aforo de la mitad de su capacidad. Mientras tanto, los centros comerciales, las tiendas departamentales, los restaurantes y cafeterías, los gimnasios y hasta los templos religiosos, están ya abiertos desde hace tiempo.

La aparente negativa para que estos espacios dedicados al teatro abran es el peligro que pueden entrañar para la propagación del virus que nos trae a todos en jaque, además que se considera a la teatral como una actividad de mero esparcimiento y no prioritaria. Situación que, al parecer, para la visión de quienes así lo sentencian, no comparten con los negocios que ya han abierto sus puertas, o con los aviones, por ejemplo, donde ni siquiera se guarda la sana distancia que tanto se ha enarbolado. ¿Es un centro comercial más prioritario que un teatro? ¿Tienen las cafeterías un carácter de menos esparcimiento que los locales dedicados al arte? Son preguntas que necesariamente vienen a cuento.

El caso es que, tras cinco meses de inactividad y ante la muy clara posibilidad de que se permita la apertura de los bares (convertidos en medio restaurantes) antes que los teatros, varios de estos pequeños espacios están a punto de cerrar definitivamente sus puertas, incapaces de hacerle frente a los gastos de alquiler y mantenimiento de sus inmuebles.

Triste ciudad ésta que ya no será la de los teatros. Triste ver morir, de a poco y sin remedio, a esos lugares que alimentan el alma, actividad, por cierto, absolutamente prescindible.

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