/ domingo 22 de noviembre de 2020

Aquí Querétaro

A los cinco hoteles y cuatro casas de huéspedes que existían en nuestra ciudad en 1892, se vino a sumar, luego de un proceso de varios meses de construcción, el señorial Gran Hotel, edificado sobre los escombros de las varias capillas que, destruidas durante la etapa posterior al Segundo Imperio, habían sido muestra del esplendor franciscano.

Don Cipriano Bueno, acaudalado español radicado en Querétaro, se había echado a cuestas la complicada y onerosa empresa, y poco a poco, había levantado, al sur del Jardín Zenea y al norte del mercado Pedro Escobedo, ese espacio que no sólo se circunscribió al servicio hotelero.

Efectivamente, además de hotel, el edificio resguardaba, en sus inicios, diversos locales comerciales, entre los que destacaba una panadería que elaborara sus productos al “estilo Veracruz”, casas habitación, y hasta una fábrica de tabacos.

En el lado sur del edificio, descrito por las crónicas de la época como “espléndido, amplio y suntuoso”, se vio la construcción de un portal, que mirando hacia el entonces mercado, le dio un toque especial a toda la obra arquitectónica. Ese portal, por acuerdo municipal y a principios de 1893, fue nombrado “Portal Bueno”, en reconocimiento a quien hizo posible su construcción y la de todo el edificio.

Muchos años han pasado desde entonces. Con el paso del tiempo, ahí se instalaron comercios emblemáticos de nuestro Centro Histórico, como la joyería Paris, la mueblería La Española, aquella entrañable tienda de artículos fotográficos, o el bar Ángel, donde se contrataba a los tríos en la segunda mitad de siglo XX. Y desde luego, aquel inolvidable restaurante, regenteado por don Emilio Bravo.

Luego vendrían las tiendas de ropa y de cambio de moneda; las cafeterías de franquicia internacional y los restaurantes. El Jardín Zenea trocaría su nombre por el de Obregón y luego regresaría al inicial; el mercado sería destruido, y edificada en su lugar la Plaza de la Constitución, con estacionamiento subterráneo incluido y su posterior transformación.

Y aunque la vocación inicial del inmueble, revestido de cantera pulimentada y con elegantes balaustradas en sus balcones, fue, en algún momento de la historia, olvidada, desde hace algunos años volvió a ser una oferta más de alojamiento a quienes visitan la ciudad, como lo fue originalmente, cuando sólo existían los hoteles Hidalgo, Jardín, Ferrocarril, Colón y Guerrero, y se podía acceder a las casas de huéspedes “La Luz”, o la de la señora Domínguez de Argain, la de Ricardo Plaggeman, o la de Arnulfo Campos.

Querétaro ha cambiado, y mucho, pero el Gran Hotel sigue ahí, mirando la vida de una ciudad que se transforma, para bien y para mal.

A los cinco hoteles y cuatro casas de huéspedes que existían en nuestra ciudad en 1892, se vino a sumar, luego de un proceso de varios meses de construcción, el señorial Gran Hotel, edificado sobre los escombros de las varias capillas que, destruidas durante la etapa posterior al Segundo Imperio, habían sido muestra del esplendor franciscano.

Don Cipriano Bueno, acaudalado español radicado en Querétaro, se había echado a cuestas la complicada y onerosa empresa, y poco a poco, había levantado, al sur del Jardín Zenea y al norte del mercado Pedro Escobedo, ese espacio que no sólo se circunscribió al servicio hotelero.

Efectivamente, además de hotel, el edificio resguardaba, en sus inicios, diversos locales comerciales, entre los que destacaba una panadería que elaborara sus productos al “estilo Veracruz”, casas habitación, y hasta una fábrica de tabacos.

En el lado sur del edificio, descrito por las crónicas de la época como “espléndido, amplio y suntuoso”, se vio la construcción de un portal, que mirando hacia el entonces mercado, le dio un toque especial a toda la obra arquitectónica. Ese portal, por acuerdo municipal y a principios de 1893, fue nombrado “Portal Bueno”, en reconocimiento a quien hizo posible su construcción y la de todo el edificio.

Muchos años han pasado desde entonces. Con el paso del tiempo, ahí se instalaron comercios emblemáticos de nuestro Centro Histórico, como la joyería Paris, la mueblería La Española, aquella entrañable tienda de artículos fotográficos, o el bar Ángel, donde se contrataba a los tríos en la segunda mitad de siglo XX. Y desde luego, aquel inolvidable restaurante, regenteado por don Emilio Bravo.

Luego vendrían las tiendas de ropa y de cambio de moneda; las cafeterías de franquicia internacional y los restaurantes. El Jardín Zenea trocaría su nombre por el de Obregón y luego regresaría al inicial; el mercado sería destruido, y edificada en su lugar la Plaza de la Constitución, con estacionamiento subterráneo incluido y su posterior transformación.

Y aunque la vocación inicial del inmueble, revestido de cantera pulimentada y con elegantes balaustradas en sus balcones, fue, en algún momento de la historia, olvidada, desde hace algunos años volvió a ser una oferta más de alojamiento a quienes visitan la ciudad, como lo fue originalmente, cuando sólo existían los hoteles Hidalgo, Jardín, Ferrocarril, Colón y Guerrero, y se podía acceder a las casas de huéspedes “La Luz”, o la de la señora Domínguez de Argain, la de Ricardo Plaggeman, o la de Arnulfo Campos.

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