/ domingo 20 de diciembre de 2020

Aquí Querétaro

“¿Tú nunca te has enojado con Dios, muchacho?”

Aquella tarde en la que el sol menguaba ya y seguramente regalaba sobre la ciudad esos crepúsculos de ensueño, por 16 de Septiembre y muy cerca ya de alcanzar en Jardín Zenea –creo que era Obregón por entonces- me topé con el maestro Ramírez Álvarez y tuve con él una breve conversación de banqueta.

Acaso fue mi rostro sonriente, camino de una función más en el Corral de Comedias –hasta donde, por cierto, él me había acercado un tiempo antes-, lo que motivó, de pronto, sin más, a soltar aquella pregunta, tan sencilla como profunda. “¿Nunca te has enojado con él? ¿Con la vida? ¿Nunca le has reclamado?”

Quizá no. Por entonces seguramente la vida no me había dado motivos de reclamo. Al menos no en la cantidad y dimensiones que se los había dado a él, un eterno incomprendido, por más hazañas que logró, por una sociedad, tradicionalista y cerrada, que entre dobleces, lo miraba con cierto recelo, a veces hasta con burla.

José Guadalupe Ramírez Álvarez fue uno de esos personajes que marcaron mi vida, no solo por el hecho de haber pertenecido a la generación de abogados a los que apadrinó después de darles cátedra durante los cinco años de carrera, sino también porque con él hice teatro –los “diálogos” de Salvador Novo- y compartí largas charlas donde la inteligencia y el sentido del humor marchaban de la mano con su pausado hablar.

Lo conocí en el primer año de la carrera de Derecho, en ese Centro Universitario que se logró gracias a sus oficios, y cuando todavía se desempeñaba como rector. También lo topé, por entonces, en el pasillo de la escuela, me saludó de mano y sin soltármela me preguntó: “¿Que te gustan los toros? A ver, ¿quién es el mejor matador de toros de la actualidad?” Y tras un breve silencio, él mismo contestó contundente: “Antonio Lomelín, muchacho”.

Lo traté muchas veces en esos cinco años universitarios, no solo en las aulas, sino también en las múltiples reuniones que nos prodigó como generación, sobre todo en su casa de la calle Escobedo, donde tuvimos la oportunidad de conocer su vasta biblioteca, su hermosa colección de máquinas de escribir, los muchos muebles y enseres antiguos, y ese sobrio y tradicional comedor que compartía con su hermana, a quien atendía con esmero y cariño.

En una ocasión, conversábamos con él un grupo de compañeros, al amparo de un café en aquel famoso “Tirreno” de Enrique Vallejo, cuando me soltó de frente, tan directo como era su costumbre: “Eres muy tímido, muchacho; le voy a pedir a mi comadre que te presente dos muchachas”.

Nunca pude, sin embargo, trabajar con él en el ámbito periodístico, pese a que en varias ocasiones se lo pedí y él me aseguró que cuando tuviera su periódico me llamaría. Jamás logró concretar ese proyecto, luego de haber dirigido tanto al Amanecer como a este Diario de Querétaro, y la bella casona de Hidalgo, donde ya había instalado una rotativa con ese propósito, acabó por venderse.

La última vez que lo vi, con el propósito de entrevistarlo para este mismo Diario, ya estaba muy enfermo. Nuestra breve charla fue en su casa de siempre, pero su semblante era triste y la desesperanza le había ganado todo el terreno a su humor característico. “Dicen que quizá es por los insecticidas”, me dijo al tratar de explicar lo que le pasaba y no atinaba a comprender.

Me tocó cubrir periodísticamente su funeral en el templo de Santa Ana, y su recorrido por aquella calle donde Diario de Querétaro y su casa casi compartían fachada; me tocó entrevistar, entre un viento que no daba tregua al cabello en el atrio del tempo que comandaba el padre Morales, al entonces gobernador, Mariano Palacios, y a otros funcionarios que acudieron a despedirlo. Todos coincidían: Querétaro había perdido a uno de sus mejores hijos.

Ser humano de luces y de sombras, intelectual de primera línea, poeta persistente, educador entregado, periodista intrépido, orador diestro, cronista amoroso, abogado brillante, José Guadalupe Ramírez Álvarez, de vivir, estaría cumpliendo un siglo. Mucho le debe Querétaro y su universidad. Yo le debo aún aquella respuesta. Tan distante de aquella tarde en que me soltó la pregunta a quemarropa, acaso hoy tendría que pensarlo un poco más.

“¿Tú nunca te has enojado con Dios, muchacho?”

Aquella tarde en la que el sol menguaba ya y seguramente regalaba sobre la ciudad esos crepúsculos de ensueño, por 16 de Septiembre y muy cerca ya de alcanzar en Jardín Zenea –creo que era Obregón por entonces- me topé con el maestro Ramírez Álvarez y tuve con él una breve conversación de banqueta.

Acaso fue mi rostro sonriente, camino de una función más en el Corral de Comedias –hasta donde, por cierto, él me había acercado un tiempo antes-, lo que motivó, de pronto, sin más, a soltar aquella pregunta, tan sencilla como profunda. “¿Nunca te has enojado con él? ¿Con la vida? ¿Nunca le has reclamado?”

Quizá no. Por entonces seguramente la vida no me había dado motivos de reclamo. Al menos no en la cantidad y dimensiones que se los había dado a él, un eterno incomprendido, por más hazañas que logró, por una sociedad, tradicionalista y cerrada, que entre dobleces, lo miraba con cierto recelo, a veces hasta con burla.

José Guadalupe Ramírez Álvarez fue uno de esos personajes que marcaron mi vida, no solo por el hecho de haber pertenecido a la generación de abogados a los que apadrinó después de darles cátedra durante los cinco años de carrera, sino también porque con él hice teatro –los “diálogos” de Salvador Novo- y compartí largas charlas donde la inteligencia y el sentido del humor marchaban de la mano con su pausado hablar.

Lo conocí en el primer año de la carrera de Derecho, en ese Centro Universitario que se logró gracias a sus oficios, y cuando todavía se desempeñaba como rector. También lo topé, por entonces, en el pasillo de la escuela, me saludó de mano y sin soltármela me preguntó: “¿Que te gustan los toros? A ver, ¿quién es el mejor matador de toros de la actualidad?” Y tras un breve silencio, él mismo contestó contundente: “Antonio Lomelín, muchacho”.

Lo traté muchas veces en esos cinco años universitarios, no solo en las aulas, sino también en las múltiples reuniones que nos prodigó como generación, sobre todo en su casa de la calle Escobedo, donde tuvimos la oportunidad de conocer su vasta biblioteca, su hermosa colección de máquinas de escribir, los muchos muebles y enseres antiguos, y ese sobrio y tradicional comedor que compartía con su hermana, a quien atendía con esmero y cariño.

En una ocasión, conversábamos con él un grupo de compañeros, al amparo de un café en aquel famoso “Tirreno” de Enrique Vallejo, cuando me soltó de frente, tan directo como era su costumbre: “Eres muy tímido, muchacho; le voy a pedir a mi comadre que te presente dos muchachas”.

Nunca pude, sin embargo, trabajar con él en el ámbito periodístico, pese a que en varias ocasiones se lo pedí y él me aseguró que cuando tuviera su periódico me llamaría. Jamás logró concretar ese proyecto, luego de haber dirigido tanto al Amanecer como a este Diario de Querétaro, y la bella casona de Hidalgo, donde ya había instalado una rotativa con ese propósito, acabó por venderse.

La última vez que lo vi, con el propósito de entrevistarlo para este mismo Diario, ya estaba muy enfermo. Nuestra breve charla fue en su casa de siempre, pero su semblante era triste y la desesperanza le había ganado todo el terreno a su humor característico. “Dicen que quizá es por los insecticidas”, me dijo al tratar de explicar lo que le pasaba y no atinaba a comprender.

Me tocó cubrir periodísticamente su funeral en el templo de Santa Ana, y su recorrido por aquella calle donde Diario de Querétaro y su casa casi compartían fachada; me tocó entrevistar, entre un viento que no daba tregua al cabello en el atrio del tempo que comandaba el padre Morales, al entonces gobernador, Mariano Palacios, y a otros funcionarios que acudieron a despedirlo. Todos coincidían: Querétaro había perdido a uno de sus mejores hijos.

Ser humano de luces y de sombras, intelectual de primera línea, poeta persistente, educador entregado, periodista intrépido, orador diestro, cronista amoroso, abogado brillante, José Guadalupe Ramírez Álvarez, de vivir, estaría cumpliendo un siglo. Mucho le debe Querétaro y su universidad. Yo le debo aún aquella respuesta. Tan distante de aquella tarde en que me soltó la pregunta a quemarropa, acaso hoy tendría que pensarlo un poco más.

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