/ domingo 11 de abril de 2021

Aquí Querétaro

Tomar la primera dosis de vacuna contra el Covid en estas tierras es adentrarse en la mexicanidad profunda, la de todos los días, la de todas las horas. El proceso de vacunación emprendido desde hace semanas a los adultos mayores puede volverse una pesadilla, pero también, en una grata experiencia; en todo caso, la vivencia siempre será muy mexicana.

Tras algunas jornadas difíciles y hasta caóticas, según señalan las reseñas de algunos participantes, la de la última para los habitantes, mayores de sesenta años, de la Delegación Josefa Vergara, en el mundialista Estadio Corregidora, fue exitosa, ágil y práctica.

Desde fuera, un robusto miembro de una compañía de seguridad privada se apropió de un micrófono que, con bocinas a todo volumen, aprovechó sin escatimar garganta, tiempo y sudor, para informar de las reglas generales para el ingreso. Cual merolico de feria, demostrando una habilidad inmejorable para esa práctica, recordaba sin descanso que los “abuelitos” podían pasar con su credencial y su constancia de inscripción en la mano, y que sus familiares, amigos o vecinos que los acompañaban, debían esperar afuera; que aquellos que venían en silla de ruedas o con andaderas, podían ingresar por la puerta principal de manera más directa. Una y otra vez, sin aparente cansancio, sin que mellara en su ánimo el sol que caía a plomo sobre su humanidad.

Y sí, el acceso era rápido y sin mayores contratiempos para quienes seguían las instrucciones. Diversos y bien distribuidos módulos de abastecimiento de agua potable adornaban los extremos de carpas perfectamente montadas, donde, a la sombra, los adultos mayores eran llevados para que esperaran sentados. “No pasa nada si no se sienta junto a su esposo o su esposa”, decía en voz alta y con un tono de humor, una de las voluntarias; “tranquilos, no se los van a robar”.

Tras una no muy larga espera, en la que habló un joven explicando muy claramente las características de la vacuna que sería aplicada, en perfecta organización y ya divididos por grupos, los mayores de sesenta años eran trasladados a la zona de vacunación, sin que faltara ni la queja de una señora de otra sección que, prejuiciada por las costumbres cotidianas, aseguraba sin veracidad que a ellos le tocaba primero. Durante el trayecto, en el que se revisaba nuevamente la identificación y se cruzaban arcos desinfectantes, no faltó tampoco la otra señora que pretendía ganar un terreno inútil, creyendo que con ello nadie le ganaría el lugar que le correspondía; su terquedad la llevó a ocupar un lugar que fue de los últimos en recibir la vacuna.

Después de la breve caminata, donde algún otro de los trabajadores bromeaba con los mayores: “me gusta mucho su sombrero, vaya con cuidado, ahorita nos vemos”, y ya instalados frente a las mesas con las hieleras que contenían el medicamente, varios jóvenes se acercaban a los miembros de la llamada tercera edad para requerir su credencial y la constancia de inscripción en la página correspondiente, para poder elaborar, a su vez, la constancia de vacunación. Incluso tramitaban ellos mismos la inscripción de aquellos que no la tenían, y que eran muchos.

Una joven doctora de la Secretaría de Salud estatal, apenas disimulando su timidez detrás de su cubrebocas, daba indicaciones técnicas sobre la vacuna, las posibles y naturales reacciones que se podían padecer, lo que había que tomar en caso de dolor y las semanas que habrían de transcurrir antes de la segunda dosis, para continuar después, con un sutil “con permiso”, con otro sector de adultos mayores. “¿Qué dijo?”, le preguntó una señora a su esposo. “No sé”, respondió éste; “sólo le oí con permiso”.

La vacunación rápida y apenas sin ser sentida, tras la muestra previa y posterior de la jeringa para comprobar la existencia de la necesaria substancia, treinta minutos de espera, para asegurar que todo estaba en orden, y la salida. Afuera, un diligente joven advertía a cada uno de los que salían sobre un breve desnivel en la banqueta, el anunciador inicial seguía repitiendo, incansable, sus instrucciones, y los comerciantes ambulantes, vendedores de sombrillas y otros objetos, se aburrían sin una clientela que no tenía tiempo para mirarlos. Una jornada de vacunación, en fin, exitosa, amable, y a la mexicana.


ACOTACIÓN AL MARGEN

Un acusado problema en el proceso de vacunación a los mayores de sesenta años ha sido la premura para emitir las convocatorias respectivas por parte de la Secretaría del Bienestar. El día anterior a la jornada descrita arriba, los habitantes de la Delegación Josefa Vergara pudieron enterarse de los horarios de sus turnos (que después no fueron respetados) hasta las tres de la tarde del día anterior.

Tomar la primera dosis de vacuna contra el Covid en estas tierras es adentrarse en la mexicanidad profunda, la de todos los días, la de todas las horas. El proceso de vacunación emprendido desde hace semanas a los adultos mayores puede volverse una pesadilla, pero también, en una grata experiencia; en todo caso, la vivencia siempre será muy mexicana.

Tras algunas jornadas difíciles y hasta caóticas, según señalan las reseñas de algunos participantes, la de la última para los habitantes, mayores de sesenta años, de la Delegación Josefa Vergara, en el mundialista Estadio Corregidora, fue exitosa, ágil y práctica.

Desde fuera, un robusto miembro de una compañía de seguridad privada se apropió de un micrófono que, con bocinas a todo volumen, aprovechó sin escatimar garganta, tiempo y sudor, para informar de las reglas generales para el ingreso. Cual merolico de feria, demostrando una habilidad inmejorable para esa práctica, recordaba sin descanso que los “abuelitos” podían pasar con su credencial y su constancia de inscripción en la mano, y que sus familiares, amigos o vecinos que los acompañaban, debían esperar afuera; que aquellos que venían en silla de ruedas o con andaderas, podían ingresar por la puerta principal de manera más directa. Una y otra vez, sin aparente cansancio, sin que mellara en su ánimo el sol que caía a plomo sobre su humanidad.

Y sí, el acceso era rápido y sin mayores contratiempos para quienes seguían las instrucciones. Diversos y bien distribuidos módulos de abastecimiento de agua potable adornaban los extremos de carpas perfectamente montadas, donde, a la sombra, los adultos mayores eran llevados para que esperaran sentados. “No pasa nada si no se sienta junto a su esposo o su esposa”, decía en voz alta y con un tono de humor, una de las voluntarias; “tranquilos, no se los van a robar”.

Tras una no muy larga espera, en la que habló un joven explicando muy claramente las características de la vacuna que sería aplicada, en perfecta organización y ya divididos por grupos, los mayores de sesenta años eran trasladados a la zona de vacunación, sin que faltara ni la queja de una señora de otra sección que, prejuiciada por las costumbres cotidianas, aseguraba sin veracidad que a ellos le tocaba primero. Durante el trayecto, en el que se revisaba nuevamente la identificación y se cruzaban arcos desinfectantes, no faltó tampoco la otra señora que pretendía ganar un terreno inútil, creyendo que con ello nadie le ganaría el lugar que le correspondía; su terquedad la llevó a ocupar un lugar que fue de los últimos en recibir la vacuna.

Después de la breve caminata, donde algún otro de los trabajadores bromeaba con los mayores: “me gusta mucho su sombrero, vaya con cuidado, ahorita nos vemos”, y ya instalados frente a las mesas con las hieleras que contenían el medicamente, varios jóvenes se acercaban a los miembros de la llamada tercera edad para requerir su credencial y la constancia de inscripción en la página correspondiente, para poder elaborar, a su vez, la constancia de vacunación. Incluso tramitaban ellos mismos la inscripción de aquellos que no la tenían, y que eran muchos.

Una joven doctora de la Secretaría de Salud estatal, apenas disimulando su timidez detrás de su cubrebocas, daba indicaciones técnicas sobre la vacuna, las posibles y naturales reacciones que se podían padecer, lo que había que tomar en caso de dolor y las semanas que habrían de transcurrir antes de la segunda dosis, para continuar después, con un sutil “con permiso”, con otro sector de adultos mayores. “¿Qué dijo?”, le preguntó una señora a su esposo. “No sé”, respondió éste; “sólo le oí con permiso”.

La vacunación rápida y apenas sin ser sentida, tras la muestra previa y posterior de la jeringa para comprobar la existencia de la necesaria substancia, treinta minutos de espera, para asegurar que todo estaba en orden, y la salida. Afuera, un diligente joven advertía a cada uno de los que salían sobre un breve desnivel en la banqueta, el anunciador inicial seguía repitiendo, incansable, sus instrucciones, y los comerciantes ambulantes, vendedores de sombrillas y otros objetos, se aburrían sin una clientela que no tenía tiempo para mirarlos. Una jornada de vacunación, en fin, exitosa, amable, y a la mexicana.


ACOTACIÓN AL MARGEN

Un acusado problema en el proceso de vacunación a los mayores de sesenta años ha sido la premura para emitir las convocatorias respectivas por parte de la Secretaría del Bienestar. El día anterior a la jornada descrita arriba, los habitantes de la Delegación Josefa Vergara pudieron enterarse de los horarios de sus turnos (que después no fueron respetados) hasta las tres de la tarde del día anterior.

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