/ domingo 29 de agosto de 2021

Aquí Querétaro

Hoy que Querétaro se ha convertido en una ciudad plagada de hoteles, la gran mayoría de pocas habitaciones e instalados en casonas de su Centro Histórico, me he dado a recordar aquellos famosos hoteles de los sesentas y setentas, que sirvieron de escenario a la visita de tantas personalidades y turistas, a pesar de que, por entonces, la nuestra no era una ciudad tan proclive a esa actividad.

Varias veces he comentado aquí las muchas vivencias que pasé en el Motel Casa Blanca, por años el mejor de Querétaro, situado en la entonces Carretera Panamericana, que hoy conocemos como Avenida Constituyentes, y a un costado de la que fuera hacienda con ese mismo nombre. Y, desde luego, sobre la salida a Celaya, el famoso Hotel El Jacal, que además contaba con un balneario de gratos recuerdos para los queretanos de aquella época.

En el centro, frente al mismísimo Jardín Obregón, el legendario Gran Hotel, que hoy, aunque no en toda su extensión, vuelve a tener las mismas funciones y en el mismo sitio. Aquel Gran Hotel de entonces, con sus impresionantes escaleras, contaba en su parte baja con establecimientos inolvidables, como la mueblería La Española, o el restaurante regenteado por don Emilio Bravo.

El Impala fue también un hotel importante por aquellos tiempos, justo frente a la Alameda Hidalgo, donde hoy se mantiene en pie, luego de variadas remodelaciones a través de la historia. Otros hoteles funcionaban entonces, como el Del Marqués, allá a un costado del Puente Grande; o el Flamingo, que también aún subsiste; o el Hidalgo, en la céntrica calle de Madero, hasta donde llegó mi madre a Querétaro una lejana mañana de los cincuentas.

Pero otros muchos hoteles que sirvieron de hospedaje a nuestros visitantes en otros tiempos, acabaron desapareciendo con el paso del tiempo y la modernidad. Es el caso de establecimientos como el Hotel Americano, que en la calle de Cinco Señores, lo que hoy es Juárez, y frente al entonces en pie mercado Dr. Pedro Escobedo, fue concluido en 1897, luego de las obras comandadas por don Lorenzo Corona.

El Fin de Siglo era un hotel con restaurante de don Francisco Castillo, que fue inaugurado en diciembre de 1900 (de ahí su tan propio nombre) en la calle del Serafín, que hoy se nombra Independencia. En la misma calle funcionó el Hotel Internacional, del señor Carlos Wolf, en la casa que otrora fuera habitación de Eliseo Montes de Oca.

De hecho, don Francisco Castillo, el dueño del Fin de Siglo, se hizo cargo también del Hotel Jardín, frente al hoy llamado Jardín Zenea, como don Pedro Martínez hizo lo propio con otro hotel con restaurante que en la calle Juárez, cerca de la estación del Ferrocarril Central, que levantó con el nombre de Continental. Corría por entonces el año de 1908.

Ese mismo año, 1908, se construyó el hotel que albergaría en sus bajos al famoso almacén “La Ciudad de México”, de Javelly Hermanos. La obra, cuyos resultados todavía pueden apreciarse, ya sin el almacén inaugural y sin hotel, fue obra de don José de la Fuente Blanco.

Era, como en los sesentas y setentas, un Querétaro distinto; más pequeño y quizá un poco más nuestro. Hoy, ese Querétaro está plagado, como decía, de hoteles de todos colores y sabores, dispuestos a recibir a esa gran cantidad de personas que hicieron de nuestra ciudad, en algún momento, el destino turístico mexicano sin playa más socorrido.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Dicen que ya se puede adquirir por ahí el tradicional Pan de Muertos, cuando apenas estamos por llegar al mes de septiembre.

Es el resultado de la vida agitada que vivimos, de estos tiempos en los que correr se ha vuelto un hábito y una necesidad, donde hasta las tradiciones se tienen que amoldar a nuestras prisas y nuestra agobiante competencia por vender. Lo que sea, pero vender. Y comprar. Lo que sea, pero comprar.

Hoy que Querétaro se ha convertido en una ciudad plagada de hoteles, la gran mayoría de pocas habitaciones e instalados en casonas de su Centro Histórico, me he dado a recordar aquellos famosos hoteles de los sesentas y setentas, que sirvieron de escenario a la visita de tantas personalidades y turistas, a pesar de que, por entonces, la nuestra no era una ciudad tan proclive a esa actividad.

Varias veces he comentado aquí las muchas vivencias que pasé en el Motel Casa Blanca, por años el mejor de Querétaro, situado en la entonces Carretera Panamericana, que hoy conocemos como Avenida Constituyentes, y a un costado de la que fuera hacienda con ese mismo nombre. Y, desde luego, sobre la salida a Celaya, el famoso Hotel El Jacal, que además contaba con un balneario de gratos recuerdos para los queretanos de aquella época.

En el centro, frente al mismísimo Jardín Obregón, el legendario Gran Hotel, que hoy, aunque no en toda su extensión, vuelve a tener las mismas funciones y en el mismo sitio. Aquel Gran Hotel de entonces, con sus impresionantes escaleras, contaba en su parte baja con establecimientos inolvidables, como la mueblería La Española, o el restaurante regenteado por don Emilio Bravo.

El Impala fue también un hotel importante por aquellos tiempos, justo frente a la Alameda Hidalgo, donde hoy se mantiene en pie, luego de variadas remodelaciones a través de la historia. Otros hoteles funcionaban entonces, como el Del Marqués, allá a un costado del Puente Grande; o el Flamingo, que también aún subsiste; o el Hidalgo, en la céntrica calle de Madero, hasta donde llegó mi madre a Querétaro una lejana mañana de los cincuentas.

Pero otros muchos hoteles que sirvieron de hospedaje a nuestros visitantes en otros tiempos, acabaron desapareciendo con el paso del tiempo y la modernidad. Es el caso de establecimientos como el Hotel Americano, que en la calle de Cinco Señores, lo que hoy es Juárez, y frente al entonces en pie mercado Dr. Pedro Escobedo, fue concluido en 1897, luego de las obras comandadas por don Lorenzo Corona.

El Fin de Siglo era un hotel con restaurante de don Francisco Castillo, que fue inaugurado en diciembre de 1900 (de ahí su tan propio nombre) en la calle del Serafín, que hoy se nombra Independencia. En la misma calle funcionó el Hotel Internacional, del señor Carlos Wolf, en la casa que otrora fuera habitación de Eliseo Montes de Oca.

De hecho, don Francisco Castillo, el dueño del Fin de Siglo, se hizo cargo también del Hotel Jardín, frente al hoy llamado Jardín Zenea, como don Pedro Martínez hizo lo propio con otro hotel con restaurante que en la calle Juárez, cerca de la estación del Ferrocarril Central, que levantó con el nombre de Continental. Corría por entonces el año de 1908.

Ese mismo año, 1908, se construyó el hotel que albergaría en sus bajos al famoso almacén “La Ciudad de México”, de Javelly Hermanos. La obra, cuyos resultados todavía pueden apreciarse, ya sin el almacén inaugural y sin hotel, fue obra de don José de la Fuente Blanco.

Era, como en los sesentas y setentas, un Querétaro distinto; más pequeño y quizá un poco más nuestro. Hoy, ese Querétaro está plagado, como decía, de hoteles de todos colores y sabores, dispuestos a recibir a esa gran cantidad de personas que hicieron de nuestra ciudad, en algún momento, el destino turístico mexicano sin playa más socorrido.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Dicen que ya se puede adquirir por ahí el tradicional Pan de Muertos, cuando apenas estamos por llegar al mes de septiembre.

Es el resultado de la vida agitada que vivimos, de estos tiempos en los que correr se ha vuelto un hábito y una necesidad, donde hasta las tradiciones se tienen que amoldar a nuestras prisas y nuestra agobiante competencia por vender. Lo que sea, pero vender. Y comprar. Lo que sea, pero comprar.

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