/ domingo 20 de marzo de 2022

Aquí Querétaro

La recordé de pronto. Parece que aún puedo verla, a pesar de las tres décadas transcurridas, sonriendo a la distancia, haciendo muecas para ubicarme en el espacio, tranquilizándome con el rostro tras mi error en la pronunciación. La recordé y recordé aquel gesto de solidaridad y de compañerismo pese al abismo que nos separaba.

Marlee Matlin tendría entonces unos veintiséis años y hacía unos cinco que había ganado el Oscar y el Globo de Oro como mejor actriz, ambos reconocimientos por su trabajo en la cinta “Children of a Lesser God”, que aquí se promocionó como “Te amaré en silencio”. Había llegado hasta Pozos, en Guanajuato, para participar en una película francesa sobre aquel atractivo personaje de un cura que era, a la vez, luchador, y al lado, ni más ni menos, que de Jean Reno.

Hasta Pozos había llegado yo también, a bordo de un vehículo cuyo chofer, encargado de los traslados del talento menor de la película, parecía más un piloto de carreras tras el podio. Lo había hecho nervioso, con mis dos textos en francés, aprendidos a fuerza de repetición, y olvidados, a fuerza de sustos y suspiros, en la carretera.

El primer susto, ya pie en la tierra firme de la locación, fue el descubrir el lado menos agradable de Jean Reno, quien se quejaba, exigía, interpelaba, amenazaba, a la producción, porque algún curioso había osado intentar tomarle una fotografía. Aquella estrella cinematográfica, era claro, no estaba dispuesta a permitir el más mínimo desliz, la más elemental equivocación, de nadie (quizá por eso sepulté la memoria del último resquicio de mis textos).

Y, por supuesto, vino el primer error. Yo en “off”, mientras Marlee Matlin organizaba a los presentes para la toma de una fotografía (ésta sí incluida como parte de la película) salida de mi cámara (era yo un fotógrafo que debía imprimir una gráfica de los niños, que posaban con la propia Marlee, con Renó y con Marc Duret, otro de los protagonistas de la cinta). Me equivoqué en el texto ante la dura indiferencia de los actores, pero la Matlin me miró, me sonrió y con la expresión me aseguró que aquello no tenía importancia.

Más tarde vendría lo más sorprendente. Las tomas ahora eran sólo para mí, colocando la cámara aquí y allá, y yo repitiendo mi frustración porque los fotografiados no se organizaban ante mi cámara. Ahí estaba Marlee, la ganadora del Oscar (Reno y Duret se habían ido ya a su camper a descansar) dándome réplica, sin estar a cuadro, con sus actitudes; marcando el lugar exacto donde se suponía estarían todos, riendo ante mi desesperación como lo había hecho en las tomas en las que sí la captaba la cámara. Fue una gran lección de humildad y solidaridad.

Digo que la recordé porque esta semana que concluye murió, a causa de un cáncer de próstata y en su casa de Portland, William Hurt, ese flemático actor norteamericano que alcanzó la cúspide de su carrera en “El beso de la mujer araña” y pareja por varios años de Matlin, luego de que se conocieran en una prueba de cámara de aquella misma “Children of a lesser God”. El mismo que, años más tarde, fuera denunciado por la actriz de abusos físicos, emocionales y sexuales, en el libro por ella escrito “I’ll scream later”.

Seguramente, justo en ese tiempo de aquella película filmada, entre otras locaciones, en Pozos, Guanajuato, Marlee Matlin era objeto de esos abusos, entonces callados, ocultos en la intimidad, que apenas se podían imaginar por los moretones que los maquillistas podían descubrir en su cuerpo. Y aun así, aquella actriz era capaz de brindar ese extra en beneficio de un novel y desconocido actor mexicano.

Me acordé de ella y me dije que deseo fervientemente que hoy, a sus cincuenta y seis años, sea todo lo feliz que su alma merece.

ACOTACIÓN AL MARGEN

También me acordé en estos días de “el gran Medi”.

Manuel Medina fue un emblemático fotógrafo de Diario de Querétaro que se distinguía por su brillante participación como animador en las fiestas tradicionales de los aniversarios de nuestra casa editorial. Más allá de su profesional trabajo como reportero gráfico, Manuel irradiaba simpatía con un micrófono, improvisaba, bromeaba y hacía mucho más placentera esa reunión anual de los empleados del periódico.

Apenas el viernes se cumplió un aniversario más del periódico más longevo de Querétaro (cincuenta y nueve años) y yo me acordé de “el gran Medi”, de sus habilidades, de su profesionalismo, y sobre todo, de su capacidad para ser un gran compañero de batalla en las lides periodísticas.

La recordé de pronto. Parece que aún puedo verla, a pesar de las tres décadas transcurridas, sonriendo a la distancia, haciendo muecas para ubicarme en el espacio, tranquilizándome con el rostro tras mi error en la pronunciación. La recordé y recordé aquel gesto de solidaridad y de compañerismo pese al abismo que nos separaba.

Marlee Matlin tendría entonces unos veintiséis años y hacía unos cinco que había ganado el Oscar y el Globo de Oro como mejor actriz, ambos reconocimientos por su trabajo en la cinta “Children of a Lesser God”, que aquí se promocionó como “Te amaré en silencio”. Había llegado hasta Pozos, en Guanajuato, para participar en una película francesa sobre aquel atractivo personaje de un cura que era, a la vez, luchador, y al lado, ni más ni menos, que de Jean Reno.

Hasta Pozos había llegado yo también, a bordo de un vehículo cuyo chofer, encargado de los traslados del talento menor de la película, parecía más un piloto de carreras tras el podio. Lo había hecho nervioso, con mis dos textos en francés, aprendidos a fuerza de repetición, y olvidados, a fuerza de sustos y suspiros, en la carretera.

El primer susto, ya pie en la tierra firme de la locación, fue el descubrir el lado menos agradable de Jean Reno, quien se quejaba, exigía, interpelaba, amenazaba, a la producción, porque algún curioso había osado intentar tomarle una fotografía. Aquella estrella cinematográfica, era claro, no estaba dispuesta a permitir el más mínimo desliz, la más elemental equivocación, de nadie (quizá por eso sepulté la memoria del último resquicio de mis textos).

Y, por supuesto, vino el primer error. Yo en “off”, mientras Marlee Matlin organizaba a los presentes para la toma de una fotografía (ésta sí incluida como parte de la película) salida de mi cámara (era yo un fotógrafo que debía imprimir una gráfica de los niños, que posaban con la propia Marlee, con Renó y con Marc Duret, otro de los protagonistas de la cinta). Me equivoqué en el texto ante la dura indiferencia de los actores, pero la Matlin me miró, me sonrió y con la expresión me aseguró que aquello no tenía importancia.

Más tarde vendría lo más sorprendente. Las tomas ahora eran sólo para mí, colocando la cámara aquí y allá, y yo repitiendo mi frustración porque los fotografiados no se organizaban ante mi cámara. Ahí estaba Marlee, la ganadora del Oscar (Reno y Duret se habían ido ya a su camper a descansar) dándome réplica, sin estar a cuadro, con sus actitudes; marcando el lugar exacto donde se suponía estarían todos, riendo ante mi desesperación como lo había hecho en las tomas en las que sí la captaba la cámara. Fue una gran lección de humildad y solidaridad.

Digo que la recordé porque esta semana que concluye murió, a causa de un cáncer de próstata y en su casa de Portland, William Hurt, ese flemático actor norteamericano que alcanzó la cúspide de su carrera en “El beso de la mujer araña” y pareja por varios años de Matlin, luego de que se conocieran en una prueba de cámara de aquella misma “Children of a lesser God”. El mismo que, años más tarde, fuera denunciado por la actriz de abusos físicos, emocionales y sexuales, en el libro por ella escrito “I’ll scream later”.

Seguramente, justo en ese tiempo de aquella película filmada, entre otras locaciones, en Pozos, Guanajuato, Marlee Matlin era objeto de esos abusos, entonces callados, ocultos en la intimidad, que apenas se podían imaginar por los moretones que los maquillistas podían descubrir en su cuerpo. Y aun así, aquella actriz era capaz de brindar ese extra en beneficio de un novel y desconocido actor mexicano.

Me acordé de ella y me dije que deseo fervientemente que hoy, a sus cincuenta y seis años, sea todo lo feliz que su alma merece.

ACOTACIÓN AL MARGEN

También me acordé en estos días de “el gran Medi”.

Manuel Medina fue un emblemático fotógrafo de Diario de Querétaro que se distinguía por su brillante participación como animador en las fiestas tradicionales de los aniversarios de nuestra casa editorial. Más allá de su profesional trabajo como reportero gráfico, Manuel irradiaba simpatía con un micrófono, improvisaba, bromeaba y hacía mucho más placentera esa reunión anual de los empleados del periódico.

Apenas el viernes se cumplió un aniversario más del periódico más longevo de Querétaro (cincuenta y nueve años) y yo me acordé de “el gran Medi”, de sus habilidades, de su profesionalismo, y sobre todo, de su capacidad para ser un gran compañero de batalla en las lides periodísticas.

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