/ domingo 17 de abril de 2022

Aquí Querétaro

Hace poco más de una semana, las autoridades municipales de la capital queretana decidieron rescatar una tradición que había estado perdiéndose con el paso del tiempo y a la que la pandemia parecía haberle dado el adiós definitivo. En el céntrico Jardín Guerrero se instaló un Altar de Dolores, precisamente en el Viernes de Dolores, ante la inminencia de la Semana Santa.

El más antiguo y más interesante antecedente de un altar de esta naturaleza, matizado ahora con esa necesidad de hacerlo todo mucho más espectacular o grandilocuente, lo tenemos los queretanos en la mismísima Plaza de Armas, y concretamente en el portal de su costado poniente. Precisamente el lugar recibe el nombre de Portal de Dolores, pues ahí, adosada al muro de una de las fachadas, desde tiempos inmemoriales, se ubicaba una imagen dolorosa, permanentemente alumbrada por una lámpara ardiendo. En la época de las Leyes de Reforma fue retirada, pero el nombre del portal permaneció hasta nuestros días.

Incluso, hace ya algunos años, se procuraba instalar un altar ahí, con la imagen de la Virgen de Dolores, y la distribución gratuita de aguas de sabores entre quienes la visitaban, ese viernes previo a la Semana Mayor. Algunos espacios culturales, de los que el Museo Regional ha sido el más persistente, han venido haciendo lo propio, en recuerdo de esta celebración anual.

En el siglo diecinueve, sin embargo, la llegada del Viernes de Dolores era mucho más notoria y celebrada entre la población de una ciudad caracterizada por su religiosidad y sus añejas costumbres; en esa fecha tan significativa solían organizarse conciertos en los diferentes templos de la población, principalmente en el del Carmen, donde orquestas interpretaban, casi siempre, el “Stábat Mater”, de Roissini, pero también “Las Siete Palabras”, de Mercadante, o el “Miserere”.

También se organizaron, por años, conciertos en casas particulares, donde se rendía, al menos por ese día, culto a la Virgen de Dolores, aunque ninguna de estas organizaciones llegó a tener la tradición y la riqueza de la de don José Dolores Trejo.

Don José Dolores Trejo, quien fue regidor del Ayuntamiento y vivía en la hoy calle de Juárez, ya cerca de Zaragoza, solía, a fines de siglo, montar un espectacular altar y organizar una reunión que congregaba siempre a lo más nutrido de la alta sociedad queretana, aprovechando también el día de su santo. Ahí en su residencia, adornaba el interior y hasta le alcanzaba para tomar la calle, pues mientras adentro una orquesta interpretaba piezas clásicas, afuera, donde se colocaban bancas para la ocasión, la orquesta de don Silverio L. Martínez tocaba música bélica.

En el salón de su residencia, don José Dolores colocaba el cuadro con la imagen de la virgen, que era secundada por muy variadas estatuas, y en el patio, siempre adornada de buganvilias y magnolias, una fuente brindaba el correr de sus aguas para quienes escuchaban ahí el “Stábat Mater”, o el “Himno Religioso”, de Mercadante.

Para 1891, el acontecimiento se vio enriquecido con la presencia de la luz eléctrica (dos bombillas en el interior y una en el exterior de la residencia), que le daban al agua de la fuente un color y una vida especial, y que le recordaban a los queretanos asistentes, siempre atendidos por el anfitrión y degustando refrescos, que la modernidad había llegado hasta la casta ciudad en la que vivían.

Hoy corren otros tiempos, pero aún vemos, incluso en el Jardín Guerrero, que los altares de Dolores se niegan a morir.


Hace poco más de una semana, las autoridades municipales de la capital queretana decidieron rescatar una tradición que había estado perdiéndose con el paso del tiempo y a la que la pandemia parecía haberle dado el adiós definitivo. En el céntrico Jardín Guerrero se instaló un Altar de Dolores, precisamente en el Viernes de Dolores, ante la inminencia de la Semana Santa.

El más antiguo y más interesante antecedente de un altar de esta naturaleza, matizado ahora con esa necesidad de hacerlo todo mucho más espectacular o grandilocuente, lo tenemos los queretanos en la mismísima Plaza de Armas, y concretamente en el portal de su costado poniente. Precisamente el lugar recibe el nombre de Portal de Dolores, pues ahí, adosada al muro de una de las fachadas, desde tiempos inmemoriales, se ubicaba una imagen dolorosa, permanentemente alumbrada por una lámpara ardiendo. En la época de las Leyes de Reforma fue retirada, pero el nombre del portal permaneció hasta nuestros días.

Incluso, hace ya algunos años, se procuraba instalar un altar ahí, con la imagen de la Virgen de Dolores, y la distribución gratuita de aguas de sabores entre quienes la visitaban, ese viernes previo a la Semana Mayor. Algunos espacios culturales, de los que el Museo Regional ha sido el más persistente, han venido haciendo lo propio, en recuerdo de esta celebración anual.

En el siglo diecinueve, sin embargo, la llegada del Viernes de Dolores era mucho más notoria y celebrada entre la población de una ciudad caracterizada por su religiosidad y sus añejas costumbres; en esa fecha tan significativa solían organizarse conciertos en los diferentes templos de la población, principalmente en el del Carmen, donde orquestas interpretaban, casi siempre, el “Stábat Mater”, de Roissini, pero también “Las Siete Palabras”, de Mercadante, o el “Miserere”.

También se organizaron, por años, conciertos en casas particulares, donde se rendía, al menos por ese día, culto a la Virgen de Dolores, aunque ninguna de estas organizaciones llegó a tener la tradición y la riqueza de la de don José Dolores Trejo.

Don José Dolores Trejo, quien fue regidor del Ayuntamiento y vivía en la hoy calle de Juárez, ya cerca de Zaragoza, solía, a fines de siglo, montar un espectacular altar y organizar una reunión que congregaba siempre a lo más nutrido de la alta sociedad queretana, aprovechando también el día de su santo. Ahí en su residencia, adornaba el interior y hasta le alcanzaba para tomar la calle, pues mientras adentro una orquesta interpretaba piezas clásicas, afuera, donde se colocaban bancas para la ocasión, la orquesta de don Silverio L. Martínez tocaba música bélica.

En el salón de su residencia, don José Dolores colocaba el cuadro con la imagen de la virgen, que era secundada por muy variadas estatuas, y en el patio, siempre adornada de buganvilias y magnolias, una fuente brindaba el correr de sus aguas para quienes escuchaban ahí el “Stábat Mater”, o el “Himno Religioso”, de Mercadante.

Para 1891, el acontecimiento se vio enriquecido con la presencia de la luz eléctrica (dos bombillas en el interior y una en el exterior de la residencia), que le daban al agua de la fuente un color y una vida especial, y que le recordaban a los queretanos asistentes, siempre atendidos por el anfitrión y degustando refrescos, que la modernidad había llegado hasta la casta ciudad en la que vivían.

Hoy corren otros tiempos, pero aún vemos, incluso en el Jardín Guerrero, que los altares de Dolores se niegan a morir.


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