/ domingo 2 de enero de 2022

Aquí Querétaro | Año nuevo


“Feliz año nuevo”, rezaba aquel letrero en dorado de la parte trasera del carro, tirado por cuatro briosos caballos, y que dejaba mostrar un lujoso salón con columnas dóricas, en cuyo interior un coro de niñas cantaban “El Abanico”, mientras movían entre sus manos un ídem. Todo en la céntrica calle de Madero, que entonces se llamaba 5 de Mayo, donde vivía el eterno gobernador de entonces.

Precediéndolo, desfilaban un grupo de Rurales del Estado, ataviados con trajes de rancheros, y seis mojigangas de cartón, haciendo las delicias de los más pequeños, mientras la calle (y casi todas las calles queretanas) mostraban su profusa iluminación con farolillos de cristal y de papel.

Tras el carro, otro grupo de Rurales a caballo, ahora con su uniforme militar, y una impresionante reproducción de un buque que apenas cabía en el ancho de la calle, con sus tres palos e incluso cuatro lanchas salvavidas, tripulado por niños vestidos de marineros que hacían las labores propias de alta mar y que cantaron a coro “Marina” frente a la residencia del gobernador, quién desde un balcón, y en compañía de su familia, presenciaba el desfile la primera noche del año de 1890.

Luego vendría el carro de la Estudiantina, rojo por fuera y azul por dentro, demostrando con ello que los colores partidistas no se usaban por entonces, con los músicos ataviados con sus tradicionales trajes y una pequeña disfrazada de América que en las manos llevaba el escudo de armas de la ciudad.

Y coronando en colofón el recorrido, aquello que le daba nombre a lo que se convertiría en una centenaria tradición: la cabalgata. Jinetes pertenecientes a lo más granado de las familias de la sociedad queretana sobre bellos y briosos jamelgos, y disfrazados de generales franceses, mosqueteros del siglo XVI, pajes de Luis XIII, o trovadores de la Edad Media.

Con el tiempo, con el mucho tiempo, la fecha del recorrido cambiaría, los carros alegóricos se multiplicarían y los caballos desaparecerían, pero el nombre de la tradición se mantendría incólume. Esa Cabalgata, ahora sin caballos, que recorre las calles del centro histórico de nuestra ciudad cada 23 de diciembre, mientras las pandemias lo permiten.


ACOTACIÓN AL MARGEN


Los dos años anteriores han sido muy difíciles para todos; duros, tristes, complejos…

La esperanza, en este nuevo año que comienza, no sólo es que finalmente superemos las adversidades, sino que, sobre todo, hallamos aprendido algo de ellas. Al menos algo.



“Feliz año nuevo”, rezaba aquel letrero en dorado de la parte trasera del carro, tirado por cuatro briosos caballos, y que dejaba mostrar un lujoso salón con columnas dóricas, en cuyo interior un coro de niñas cantaban “El Abanico”, mientras movían entre sus manos un ídem. Todo en la céntrica calle de Madero, que entonces se llamaba 5 de Mayo, donde vivía el eterno gobernador de entonces.

Precediéndolo, desfilaban un grupo de Rurales del Estado, ataviados con trajes de rancheros, y seis mojigangas de cartón, haciendo las delicias de los más pequeños, mientras la calle (y casi todas las calles queretanas) mostraban su profusa iluminación con farolillos de cristal y de papel.

Tras el carro, otro grupo de Rurales a caballo, ahora con su uniforme militar, y una impresionante reproducción de un buque que apenas cabía en el ancho de la calle, con sus tres palos e incluso cuatro lanchas salvavidas, tripulado por niños vestidos de marineros que hacían las labores propias de alta mar y que cantaron a coro “Marina” frente a la residencia del gobernador, quién desde un balcón, y en compañía de su familia, presenciaba el desfile la primera noche del año de 1890.

Luego vendría el carro de la Estudiantina, rojo por fuera y azul por dentro, demostrando con ello que los colores partidistas no se usaban por entonces, con los músicos ataviados con sus tradicionales trajes y una pequeña disfrazada de América que en las manos llevaba el escudo de armas de la ciudad.

Y coronando en colofón el recorrido, aquello que le daba nombre a lo que se convertiría en una centenaria tradición: la cabalgata. Jinetes pertenecientes a lo más granado de las familias de la sociedad queretana sobre bellos y briosos jamelgos, y disfrazados de generales franceses, mosqueteros del siglo XVI, pajes de Luis XIII, o trovadores de la Edad Media.

Con el tiempo, con el mucho tiempo, la fecha del recorrido cambiaría, los carros alegóricos se multiplicarían y los caballos desaparecerían, pero el nombre de la tradición se mantendría incólume. Esa Cabalgata, ahora sin caballos, que recorre las calles del centro histórico de nuestra ciudad cada 23 de diciembre, mientras las pandemias lo permiten.


ACOTACIÓN AL MARGEN


Los dos años anteriores han sido muy difíciles para todos; duros, tristes, complejos…

La esperanza, en este nuevo año que comienza, no sólo es que finalmente superemos las adversidades, sino que, sobre todo, hallamos aprendido algo de ellas. Al menos algo.


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