/ domingo 17 de noviembre de 2019

Aquí Querétaro - Evo Morales cautivado por una amealcense

Hace ya veintiséis años que el entonces joven Evo Morales recorrió las comunidades indígenas de la zona de Amealco. Y no sólo éstas, sino también otros puntos interesantes de nuestro país y hasta la playa de Puerto Escondido, donde, en traje de baño, se dejó llegar los rayos de sol tendido sobre la arena.

Todo por una jovencita hñahño, María Luisa de nombre, que lo cautivó y a quien conoció en 1991 en el Encuentro Intercontinental de 500 años de Resistencia Indígena, Negra y Popular, en la capital guatemalteca.

En aquel año, Evo era un luchador de las causas de su pueblo y planteaba siempre, no sólo en los foros internacionales, sino a quien quisiera escucharlo, la compleja situación de la producción de hoja de coca en su Bolivia natal. María Luisa, a quienes sus más allegados la llamaban tan sólo María, era, a su vez y junto a otras, una reivindicadora de las causas indígenas de su tierra.

La historia la cuenta la escritora Elena Poniatowska en un artículo escrito en el 2006 para el periódico La Jornada, donde relata una manifestación, con ayuno incluido, de mujeres queretanas en nuestra Plaza de Armas, tras la controvertida elección presidencial de aquel año, y en donde se podían descubrir, entre otras, a Guadalupe Segovia y a Lucinda Ruiz, la esposa de Hugo Gutiérrez Vega, quien, aprovechando la ocasión, leía públicamente a López Velarde.

En aquella concentración estaba presente la Unión de Mujeres Indígenas y Campesinas, de la que era pieza destacada María Luisa, y el chisme, que nunca falta, le acercó al oído de la Poniatowska aquel pasaje importante en la vida de la queretana. Y María, como le decían, fue hasta su casa y trajo hasta la plaza una serie de fotografías y de cartas para mostrarle a la, con el tiempo, galardonada con el Premio Cervantes.

En las imágenes, desgastadas de tanto haber sido vistas, se veía a un Evo Morales radiante, según cuenta la escritora, comiendo un helado, riendo, uniendo el rosto al de María Luisa, tomándola de la cintura, o luciendo su figura, en traje de baño, en una playa. Las cartas, por su parte, daban cuenta de sus andanzas por el mundo, de su lucha incesante, de sus reuniones, lo mismo en Viena, que en Paris, en Lieja o Berlín.

María platicó entonces lo que su círculo cercano sabía de sobra. Aquel encuentro en Guatemala, donde un desconocido Evo la invitó a encontrarse en la plaza al día siguiente, y del plantón que le dio por la resaca propia de una larga noche. Y también lo que después sucedería en La Antigua, donde el boliviano le ofreció disculpas y le pidió su dirección para escribirle, aunque ella tuvo que dar la de una amiga, pues por entonces, hasta La Loma, donde ella vivía, no llegaba el correo.

Después de varias cartas, Evo vino a México. María Luisa lo recibió y lo acompañó a visitar una treintena de sedes de la Unión de Mujeres Indígenas y Campesinas, donde el boliviano les habló de la problemática de la siembra de hoja de coca en su país, les mostró un video de Cochabamba, y resaltó lo que llamó, a decir siempre de la Poniatowska, “la gloria de ser indígena”.

Una semana estuvo también Evo en casa de María Luisa, asistió a posadas y hasta se dio tiempo para acudir con Jesús Coca, que luego sería diputado local, a algún partido de futbol. Iría también, junto con María, a visitar el Museo de Antropología, el Palacios de Bellas Artes, y luego, aprovechando los ahorros de María, hasta Puerto Escondido, lugar donde se tomaron las fotos en traje de baño.

A decir del rostro ruborizado de aquella mujer indígena, que para su encuentro con Poniatowska miraba ya cerca los cincuenta años, aquel episodio, aquella semana de convivencia, aquel intercambio de ideas, significaron un parteaguas en su vida. Esas cartas y esas fotografías representaban un tesoro largamente atesorado, como se constataba en el desgaste del papel y en una fotografía en particular de Evo Morales que ella conservó desde entonces en su cartera.

Pero Evo llegó a la presidencia boliviana algunos meses antes de la manifestación femenina que dio pie a esa colaboración periodística, y a partir de entonces el vínculo se rompió, acaso para siempre. La autora de “La Noche de Tlatelolco” narra en esa misma colaboración para La Jornada, cómo María Luisa, en nuestra queretana Plaza de Armas, le reconoció que ya no podía acceder a quien, en el poder, no le tomaba más las llamadas, y hasta sentenció a la pregunta de si aún estaba enamorada, tal vez sin tanta convicción, un lacónico “ya no tanto”.

Hoy Evo Morales Ayma está en México, tras su largo periplo como presidente de su país. Quizá hoy en el corazón de una hñahño de Amealco la ilusión de una lejana semana de amor siga viva… O tal vez ya no tanto.

Hace ya veintiséis años que el entonces joven Evo Morales recorrió las comunidades indígenas de la zona de Amealco. Y no sólo éstas, sino también otros puntos interesantes de nuestro país y hasta la playa de Puerto Escondido, donde, en traje de baño, se dejó llegar los rayos de sol tendido sobre la arena.

Todo por una jovencita hñahño, María Luisa de nombre, que lo cautivó y a quien conoció en 1991 en el Encuentro Intercontinental de 500 años de Resistencia Indígena, Negra y Popular, en la capital guatemalteca.

En aquel año, Evo era un luchador de las causas de su pueblo y planteaba siempre, no sólo en los foros internacionales, sino a quien quisiera escucharlo, la compleja situación de la producción de hoja de coca en su Bolivia natal. María Luisa, a quienes sus más allegados la llamaban tan sólo María, era, a su vez y junto a otras, una reivindicadora de las causas indígenas de su tierra.

La historia la cuenta la escritora Elena Poniatowska en un artículo escrito en el 2006 para el periódico La Jornada, donde relata una manifestación, con ayuno incluido, de mujeres queretanas en nuestra Plaza de Armas, tras la controvertida elección presidencial de aquel año, y en donde se podían descubrir, entre otras, a Guadalupe Segovia y a Lucinda Ruiz, la esposa de Hugo Gutiérrez Vega, quien, aprovechando la ocasión, leía públicamente a López Velarde.

En aquella concentración estaba presente la Unión de Mujeres Indígenas y Campesinas, de la que era pieza destacada María Luisa, y el chisme, que nunca falta, le acercó al oído de la Poniatowska aquel pasaje importante en la vida de la queretana. Y María, como le decían, fue hasta su casa y trajo hasta la plaza una serie de fotografías y de cartas para mostrarle a la, con el tiempo, galardonada con el Premio Cervantes.

En las imágenes, desgastadas de tanto haber sido vistas, se veía a un Evo Morales radiante, según cuenta la escritora, comiendo un helado, riendo, uniendo el rosto al de María Luisa, tomándola de la cintura, o luciendo su figura, en traje de baño, en una playa. Las cartas, por su parte, daban cuenta de sus andanzas por el mundo, de su lucha incesante, de sus reuniones, lo mismo en Viena, que en Paris, en Lieja o Berlín.

María platicó entonces lo que su círculo cercano sabía de sobra. Aquel encuentro en Guatemala, donde un desconocido Evo la invitó a encontrarse en la plaza al día siguiente, y del plantón que le dio por la resaca propia de una larga noche. Y también lo que después sucedería en La Antigua, donde el boliviano le ofreció disculpas y le pidió su dirección para escribirle, aunque ella tuvo que dar la de una amiga, pues por entonces, hasta La Loma, donde ella vivía, no llegaba el correo.

Después de varias cartas, Evo vino a México. María Luisa lo recibió y lo acompañó a visitar una treintena de sedes de la Unión de Mujeres Indígenas y Campesinas, donde el boliviano les habló de la problemática de la siembra de hoja de coca en su país, les mostró un video de Cochabamba, y resaltó lo que llamó, a decir siempre de la Poniatowska, “la gloria de ser indígena”.

Una semana estuvo también Evo en casa de María Luisa, asistió a posadas y hasta se dio tiempo para acudir con Jesús Coca, que luego sería diputado local, a algún partido de futbol. Iría también, junto con María, a visitar el Museo de Antropología, el Palacios de Bellas Artes, y luego, aprovechando los ahorros de María, hasta Puerto Escondido, lugar donde se tomaron las fotos en traje de baño.

A decir del rostro ruborizado de aquella mujer indígena, que para su encuentro con Poniatowska miraba ya cerca los cincuenta años, aquel episodio, aquella semana de convivencia, aquel intercambio de ideas, significaron un parteaguas en su vida. Esas cartas y esas fotografías representaban un tesoro largamente atesorado, como se constataba en el desgaste del papel y en una fotografía en particular de Evo Morales que ella conservó desde entonces en su cartera.

Pero Evo llegó a la presidencia boliviana algunos meses antes de la manifestación femenina que dio pie a esa colaboración periodística, y a partir de entonces el vínculo se rompió, acaso para siempre. La autora de “La Noche de Tlatelolco” narra en esa misma colaboración para La Jornada, cómo María Luisa, en nuestra queretana Plaza de Armas, le reconoció que ya no podía acceder a quien, en el poder, no le tomaba más las llamadas, y hasta sentenció a la pregunta de si aún estaba enamorada, tal vez sin tanta convicción, un lacónico “ya no tanto”.

Hoy Evo Morales Ayma está en México, tras su largo periplo como presidente de su país. Quizá hoy en el corazón de una hñahño de Amealco la ilusión de una lejana semana de amor siga viva… O tal vez ya no tanto.

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