/ domingo 12 de noviembre de 2023

Aquí Querétaro | Las nevadas queretanas


Cuando en Querétaro hablamos de nieve, solemos remitirnos a la que expenden La Colonial o La Mariposa, o quizá también a la de Gina o a las de La Güera y La Morena de la hermana república de Hércules. Pero también, los queretanos de cierta edad necesariamente nos remontamos a aquella nevada de marzo de 1978, cuando la ciudad amaneció con blanca nieve en sus contornos y los habitantes de la entonces tranquila capital tomaron sus coches y se fueron al Cimatario, eterno vigilante del entorno, o a la Cuesta China, a hacer muñecos para colocarlos sobre los cofres.

Esa, la del 78, fue la única nevada que vivió esta generación en Querétaro, pero hay que decir que no ha sido la única en la historia. Quizá la más significativa fue la que se presentó sin aviso la mañana del 7 de febrero de 1881, cuando, más allá de los cerros colindantes, incluido, por supuesto, nuestro Cimatario, las cúpulas de los templos se vistieron de blanco, las ramas de los árboles de los jardines se doblaban con el peso de la nieve y hasta el techo del desaparecido mercado Pedro Escobedo trocó su tradicional color grana por el blanco de los muchos copos que sobre él cayeron.

Cinco años más tarde, el 4 de febrero de 1886, otra copiosa nevada asaltó Querétaro al amparo de la noche, tapizando de blanco las calles y llenando de hielo los postes telegráficos; Hércules y La Cañada se convirtieron, al día siguiente, en un paisaje digno de ser admirado por su alba belleza infrecuente.

Don Jesús Rodríguez Familiar relata en sus Efemérides Queretanas aquellas visiones insólitas cuando escribe: “Los cerros que circundan a esas pintorescas poblaciones (se refería a Hércules y La Cañada) eran una masa compacta de nieve, serpenteando entre ella, como movible víbora de acero, el río cuyas aguas corrían torpes entre pequeños montículos de espuma y planchas cristalizadas”.

Y luego abunda: “El humo de las columnas de las fábricas ascendía hacia la altura con dificultad, su espiral se retorcía sobre sí misma girando horizontal hacia los helados campos, semejábase a una serpiente aplomada, que al capricho recogía y extendía sus informes anillos. Todo era bello, todo fantástico durante el fenómeno meteorológico”.

Aquello tan bello y fantástico no lo hemos vuelto a ver en Querétaro, pues ni siquiera aquella inusual mañana del 18 de marzo del 78, la nieve llegó hasta los por entonces pocos edificios altos, sino que se redujo al imponente Cimatario y sus contornos, y a la legendaria Cuesta China, hasta donde tantos queretanos llegaron en pos de una aventura inédita en sus vidas.

Dicen las predicciones meteorológicas que este invierno será crudo, acaso el más gélido de los últimos años, con una buena cantidad de frentes fríos merodeando. Me pregunto si será ahora, cuarenta y seis años más tarde, el momento de volver a vivir una nevada en nuestro acostumbradamente benigno invierno queretano, o si, como es costumbre anual, solamente bajarán las ventas en La Colonial, en La Mariposa, en Gina, o en los puestos callejeros de La Güera y La Morena.



Cuando en Querétaro hablamos de nieve, solemos remitirnos a la que expenden La Colonial o La Mariposa, o quizá también a la de Gina o a las de La Güera y La Morena de la hermana república de Hércules. Pero también, los queretanos de cierta edad necesariamente nos remontamos a aquella nevada de marzo de 1978, cuando la ciudad amaneció con blanca nieve en sus contornos y los habitantes de la entonces tranquila capital tomaron sus coches y se fueron al Cimatario, eterno vigilante del entorno, o a la Cuesta China, a hacer muñecos para colocarlos sobre los cofres.

Esa, la del 78, fue la única nevada que vivió esta generación en Querétaro, pero hay que decir que no ha sido la única en la historia. Quizá la más significativa fue la que se presentó sin aviso la mañana del 7 de febrero de 1881, cuando, más allá de los cerros colindantes, incluido, por supuesto, nuestro Cimatario, las cúpulas de los templos se vistieron de blanco, las ramas de los árboles de los jardines se doblaban con el peso de la nieve y hasta el techo del desaparecido mercado Pedro Escobedo trocó su tradicional color grana por el blanco de los muchos copos que sobre él cayeron.

Cinco años más tarde, el 4 de febrero de 1886, otra copiosa nevada asaltó Querétaro al amparo de la noche, tapizando de blanco las calles y llenando de hielo los postes telegráficos; Hércules y La Cañada se convirtieron, al día siguiente, en un paisaje digno de ser admirado por su alba belleza infrecuente.

Don Jesús Rodríguez Familiar relata en sus Efemérides Queretanas aquellas visiones insólitas cuando escribe: “Los cerros que circundan a esas pintorescas poblaciones (se refería a Hércules y La Cañada) eran una masa compacta de nieve, serpenteando entre ella, como movible víbora de acero, el río cuyas aguas corrían torpes entre pequeños montículos de espuma y planchas cristalizadas”.

Y luego abunda: “El humo de las columnas de las fábricas ascendía hacia la altura con dificultad, su espiral se retorcía sobre sí misma girando horizontal hacia los helados campos, semejábase a una serpiente aplomada, que al capricho recogía y extendía sus informes anillos. Todo era bello, todo fantástico durante el fenómeno meteorológico”.

Aquello tan bello y fantástico no lo hemos vuelto a ver en Querétaro, pues ni siquiera aquella inusual mañana del 18 de marzo del 78, la nieve llegó hasta los por entonces pocos edificios altos, sino que se redujo al imponente Cimatario y sus contornos, y a la legendaria Cuesta China, hasta donde tantos queretanos llegaron en pos de una aventura inédita en sus vidas.

Dicen las predicciones meteorológicas que este invierno será crudo, acaso el más gélido de los últimos años, con una buena cantidad de frentes fríos merodeando. Me pregunto si será ahora, cuarenta y seis años más tarde, el momento de volver a vivir una nevada en nuestro acostumbradamente benigno invierno queretano, o si, como es costumbre anual, solamente bajarán las ventas en La Colonial, en La Mariposa, en Gina, o en los puestos callejeros de La Güera y La Morena.