/ domingo 10 de enero de 2021

Aquí Querétaro|Indios Verdes

Las esculturas públicas suelen ser proclives a los cambios de ubicación, a caminar de aquí para allá en las ciudades a la espera de un lugar definitivo para aposentar sus estructuras de metal o piedra. En Querétaro lo hemos visto muy a menudo. Lo mismo Venustiano Carranza que Mariano Escobedo, Ezequiel Montes que Cristóbal Colón, y hasta las pelotas de futbol y los famosos “toritos”, han sido removidos de su ubicación inicial, y muchas veces también de las siguientes, a juicio de alguna autoridad en turno.

Por eso cuando las autoridades de la Ciudad de México y del Instituto Nacional de Antropología e Historia anunciaron que las famosas esculturas de los llamados popularmente “Indios Verdes” regresarían al Paseo de la Reforma capitalino, muchos nos fuimos con la idea de que se trataba de una ocurrencia más, pero debo decir que nos equivocamos. El traslado de las esculturas verdosas, producto de la exposición del bronce a las condiciones del ambiente natural, a una de las más bellas avenidas del continente, es más bien, un acto de reivindicación y un mensaje de nacionalismo.

Habría que recordar que las esculturas de Itzcóatl y Ahuizótl, tlatoanis mexicas, creadas por Alejandro Casarín como representación de nuestro país en la Exposición Universal de 1889, luego de permanecer por algún tiempo en bodegas, fueron finalmente colocadas, en 1891, en el bello Paseo de la Reforma. Eran finales del siglo XIX, plena etapa porfirista y época de afrancesamiento en construcciones y obras de ornato citadino.

Aquellos “indios” distaban mucho de las refinadas formas de otras esculturas de la arteria, como su vecino, el popular “caballito”, la escultura de Carlos IV creada por Manuel Tolsá, que también, a la postre, sería trasladada y que luce sus formas frente al Museo Nacional de Arte y el Palacio de Minería. ¿Cómo pueden estar ahí esas fealdades, alejadas del refinamiento, del buen gusto, de nuestro tiempo?, se preguntaban los periódicos de la época, y lo inevitable de su traslado tardó en llegar apenas ocho años.

Cuando el siglo XX aún era muy joven, las trasladaron a la Calzada de la Viga, y más tarde, como si se tratara de algo que había que alejar lo más posible del centro de la ciudad, a Insurgentes Norte, donde se construyó la estación del metro que lleva su nombre popular. Finalmente, hace apenas tres lustros, y ante la construcción de una estación de Metrobús, se los llevaron al Parque del Mestizaje.

Pero los Indios Verdes regresarán al lugar donde fueron colocados inicialmente y de donde fueron echados por los ajenos gustos de aquel tiempo. No se trata, me parece, de un capricho del poder, de una decisión marcada por la practicidad, sino, más bien, de un acto de justicia y reivindicación. Me pregunto cuántos de los cambios de esculturas públicas queretanas podrán gozar de ese sustento.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Simón Guerrero fue uno de esos panistas de cepa que, con alegría, algo de incredulidad y hasta de candor, abandonaron el aparentemente eterno mundo de la oposición, durante la larguísima hegemonía priista, y alcanzaron el poder. Un hombre de trato suave y sonrisa permanente que, alejado de las formas políticas, no abandonó su condición de ciudadano normal, lo que seguramente le ocasionó más de un contratiempo.

Fiel a sus principios, antes de que Acción Nacional se plagara de advenedizos, desempeñó diversos puestos públicos con enorme optimismo y buena fe, además de desempeñarse como dirigente de su partido en Querétaro. Luego pareció desaparecer de la vida política.

En días pasados perdió su particular guerra contra este virus que nos ha marcado a todos la vida, pero dejó un recuerdo perenne en quienes lo conocieron. Simón Guerrero fue uno de esos políticos que no lo eran, de los que tanta falta hacen en un mundo plagado de profesionales del engaño y la demagogia.

Las esculturas públicas suelen ser proclives a los cambios de ubicación, a caminar de aquí para allá en las ciudades a la espera de un lugar definitivo para aposentar sus estructuras de metal o piedra. En Querétaro lo hemos visto muy a menudo. Lo mismo Venustiano Carranza que Mariano Escobedo, Ezequiel Montes que Cristóbal Colón, y hasta las pelotas de futbol y los famosos “toritos”, han sido removidos de su ubicación inicial, y muchas veces también de las siguientes, a juicio de alguna autoridad en turno.

Por eso cuando las autoridades de la Ciudad de México y del Instituto Nacional de Antropología e Historia anunciaron que las famosas esculturas de los llamados popularmente “Indios Verdes” regresarían al Paseo de la Reforma capitalino, muchos nos fuimos con la idea de que se trataba de una ocurrencia más, pero debo decir que nos equivocamos. El traslado de las esculturas verdosas, producto de la exposición del bronce a las condiciones del ambiente natural, a una de las más bellas avenidas del continente, es más bien, un acto de reivindicación y un mensaje de nacionalismo.

Habría que recordar que las esculturas de Itzcóatl y Ahuizótl, tlatoanis mexicas, creadas por Alejandro Casarín como representación de nuestro país en la Exposición Universal de 1889, luego de permanecer por algún tiempo en bodegas, fueron finalmente colocadas, en 1891, en el bello Paseo de la Reforma. Eran finales del siglo XIX, plena etapa porfirista y época de afrancesamiento en construcciones y obras de ornato citadino.

Aquellos “indios” distaban mucho de las refinadas formas de otras esculturas de la arteria, como su vecino, el popular “caballito”, la escultura de Carlos IV creada por Manuel Tolsá, que también, a la postre, sería trasladada y que luce sus formas frente al Museo Nacional de Arte y el Palacio de Minería. ¿Cómo pueden estar ahí esas fealdades, alejadas del refinamiento, del buen gusto, de nuestro tiempo?, se preguntaban los periódicos de la época, y lo inevitable de su traslado tardó en llegar apenas ocho años.

Cuando el siglo XX aún era muy joven, las trasladaron a la Calzada de la Viga, y más tarde, como si se tratara de algo que había que alejar lo más posible del centro de la ciudad, a Insurgentes Norte, donde se construyó la estación del metro que lleva su nombre popular. Finalmente, hace apenas tres lustros, y ante la construcción de una estación de Metrobús, se los llevaron al Parque del Mestizaje.

Pero los Indios Verdes regresarán al lugar donde fueron colocados inicialmente y de donde fueron echados por los ajenos gustos de aquel tiempo. No se trata, me parece, de un capricho del poder, de una decisión marcada por la practicidad, sino, más bien, de un acto de justicia y reivindicación. Me pregunto cuántos de los cambios de esculturas públicas queretanas podrán gozar de ese sustento.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Simón Guerrero fue uno de esos panistas de cepa que, con alegría, algo de incredulidad y hasta de candor, abandonaron el aparentemente eterno mundo de la oposición, durante la larguísima hegemonía priista, y alcanzaron el poder. Un hombre de trato suave y sonrisa permanente que, alejado de las formas políticas, no abandonó su condición de ciudadano normal, lo que seguramente le ocasionó más de un contratiempo.

Fiel a sus principios, antes de que Acción Nacional se plagara de advenedizos, desempeñó diversos puestos públicos con enorme optimismo y buena fe, además de desempeñarse como dirigente de su partido en Querétaro. Luego pareció desaparecer de la vida política.

En días pasados perdió su particular guerra contra este virus que nos ha marcado a todos la vida, pero dejó un recuerdo perenne en quienes lo conocieron. Simón Guerrero fue uno de esos políticos que no lo eran, de los que tanta falta hacen en un mundo plagado de profesionales del engaño y la demagogia.

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