/ miércoles 24 de febrero de 2021

Contraluz

Alentados por mi hermano, Miguel Jiménez periodista que cubría espectáculos en El Heraldo de México fuimos un día a conocer a Alberto Cortez quien había editado ya entonces dos LPs “Poemas y canciones” I y II con temas musicalizados de clásicos españoles como Quevedo, Lope de Vega, Góngora, el Marqués de Santillán y Antonio

Machado el primero, y con música latinoamericana, en especial de Atahualpa Yupanqui, el segundo.

Tenía además otros dos discos con temas propios: “El compositor el cantante” –El Abuelo, Chaval, Hay un Madrid- y Distancia que contenía entre otras canciones Mi árbol y yo, Ave caída y Puede ser el chacolí, ésta última de Patxi Andión.

Con discreción había irrumpido en México con presentaciones en el auditorio Justo Sierra de la UNAM y en El Quid.

Carlos Sánchez Ferrusca era presidente de la FEUQ y Arturo Proal de la Sociedad de Alumnos de la Prepa de la UAQ. Fuimos los tres a ver a Alberto Cortez quien nos recibió en el hotel en que se hospedaba acompañado de Héctor Almide, su representante.

Ahí se acordó que en julio de 1971 vendría al Teatro de la República a un recital benéfico organizado por la FEUQ.

El día llegó y la expectación se convirtió en decepción. Los boletos que se vendían en la UAQ, en La Mariposa –en Juárez y 16 de septiembre- y en pocos lugares más se vendieron en mínima parte pese al respaldo del Diario de Querétaro y de las estaciones de radio XEJX y XENA.

De última hora se buscó audiencia en el recinto y se invitó entre otros a los juniores maristas del Instituto Queretano.

Aún así el Teatro apenas contuvo a unos 350 espectadores.

Entre ellos, el entonces presidente municipal Antonio Calzada Urquiza y su esposa Tere, el rector de la UAQ José Guadalupe Ramírez Álvarez, y artistas reconocidos como Esperanza Cabrera de Hinojosa y Aurelio Olvera.

La velada fue entrañable y formidable.

El grupo musical que había logrado conjuntar Alberto Cortez quien sólo venía acompañado con su hermano que era el baterista, lo conformaban además el virtuoso pianista Enrique Neri, y dos guitarras: un bajo y otra para armonías.

La primera parte que Cortez llamó de sus “maestros” la dedicó a poemas musicalizados de los clásicos ya citados, así como de Neruda y Miguel Hernández.

En la segunda parte Alberto Cortez ofreció gran parte de su obra incluidas por supuesto En un Rincón del Alma, Mi Árbol y Yo, Chaval, Manolo, El Abuelo, Hay un Madrid…

El público reconoció al autor y cantante quien vestido todo de negro había salido a dar todo de sí, sorprendiendo a la audiencia con su dominio escénico, su caudalosa voz, su poesía, su seguridad y su sencillez.

Acabada la función el alcalde y su esposa, siempre educados y magníficos anfitriones, ofrecieron al cantante una cena en su casa.

Los organizadores recurrieron después a una colecta con distinguidas personalidades para completar el pago de honorarios. Se distinguieron por su prodigalidad el propio alcalde Antonio Calzada Urquiza, el rector de la UAQ José Guadalupe Ramírez Álvarez y el entonces secretario de Gobierno Manuel Suárez Muñoz.

Desde entonces Alberto Cortez regresó a Querétaro muchas veces, y trabajó en varias producciones al lado de Tino Geiser, avecindado aquí en Jurica, y fallecido en mayo del año anterior. Gracias a los buenos oficios de Andrés Estévez, Alberto Cortez estuvo aquí por última vez el 21 de septiembre de 2018 –falleció siete meses después, donde al igual que en muchas latitudes más, vio germinar un público multigeneracional que lo reconoció y apreció como el buen autor, músico y cantante que irrumpió en la escena hispanoamericana en tiempos de rebeldía, de romance, de cuestionamiento, de ternura, de reclamo, de poesía y de alegrías.

Alberto Cortez, como muchos otros autores de su tiempo, incluido Joan Manuel Serrat, reconoció en Jacques Brel, francófono nacido en Bélgica, su gran inspiración para entrar en el incierto pasadizo de la música poesía; del canto armónico pensante.

Escribió: “Yo, personalmente, si tuviera que darle un título honorífico que definiera la importancia que ha tenido para mí y para todos aquellos que pretendemos hacer una canción inteligente y sensible, diría que Jacques Brel es el Papa, el pontífice de los cantautores y poetas populares de nuestro tiempo”.

Jacques Brel se había avecindado en París, donde tocando en bares y dando clases, conformó su personalidad de autor con poesía diáfana y profunda –aunque siempre dijo que solo creaba “climas poéticos”-, y musicalidad luminosa que podía ir del dramatismo a la ironía, de la ternura al sarcasmo, de la sencillez a la monumentalidad, en escalas in crescendo, caudalosas y frenéticas…

Alberto Cortez, que también escribía, elogia a Jacques Brel con una de sus primeras canciones: “Quand on n´a que l’amour” (“Cuando no se tiene más que el amor”) que dice entre otras cosas: cuando no se tiene más que el amor para amueblar la maravilla de vivir y cubrir de sol y luz las sombras del barrio donde se vive, cuando no se tiene más que el amor por única razón, por única canción, por único seguro de vida…

Aunque no nos quede absolutamente nada más que el amor en nuestras manos, con él entonces en ellas, tendremos el mundo entero. Retomaba Alberto Cortez también el canto más conocido de Brel: “Ne me quitte pas” (“No me abandones”) en el que desnuda completamente su alma, suplica, ruega, tratando de evitar la partida de la persona que ama y ofrece para ello toda clase de promesas y sacrificios posibles… “déjame devenir (sic) la sombra de tu sombra, la sombra de tu mano, la sombra de tu perro, pero no me dejes”.

Muchas son las canciones de Jacques Brel que no tienen desperdicio en ternura, sarcasmo, crítica, ironía, jocosidad y musicalidad.

Por ejemplo, en “Grand-Mère” (“La abuela”) en la que describe un tipo de personaje ejecutivo, arribista, ladino y evidentemente frío y calculador en la figura de su abuela, en contraste con un abuelo soñador que corre detrás de la sirvienta tratando de convencerla, sabe Donde Jacques Brel muestra su faceta más tierna es en canciones como “Les vieux” (“Los viejos”), donde con música de “canción de cuna” pinta el tremendo y desgarrador mundo de los viejos solitarios que sólo tienen por única la compañía del reloj que les marca las horas del tiempo que les queda de vida.

En “La chanson des vieux amants” (“La canción de los viejos amantes”), expresa: Hemos necesitado mucho talento para llegar a ser viejos sin ser adultos.

En “Fernand”, Brel describe el entierro de un muy querido amigo yendo en cortejo por las calles todavía vacías de París en un amanecer lluvioso, en donde no hay ni siquiera un poco de viento.

“Si yo fuera Dios, creo que tendría remordimientos por haberse llevado a Fernand”, canta Brel.

En “Ces gens-là” (“Esa gente”) pinta desgarradoramente las actitudes de personas sin escrúpulos que cuidan a la abuela que no deja de temblar esperando “qu’elle crève” porque es ella quien tiene el dinero que van a heredar.

Jacques Brel gozó de fama y de fortuna. Y supo no dar más vueltas a sus temas. Un día decidió que ya, que era todo. Y se embarcó en una vieja ilusión: hacer cine. Y lo hizo, como director, productor y actor, pero sin lograr el éxito que había obtenido como autor y cantante.

Compró después un barco y se fue a las Islas Marquesas donde en un avión pequeño hizo de taxista para lugareños enfermos.

Retornó a la música con un solo disco: “Las Marquesas” y para interpretar “El Hombre de la Mancha” cuyos derechos en francés había adquirido.

Falleció a los 49 años y fue enterrado cerca del pintor Paul Gauguin otro francés rebelde que encontró también el paraíso, o lo más cercano a él, en una lejana Isla del Pacífico.

Alentados por mi hermano, Miguel Jiménez periodista que cubría espectáculos en El Heraldo de México fuimos un día a conocer a Alberto Cortez quien había editado ya entonces dos LPs “Poemas y canciones” I y II con temas musicalizados de clásicos españoles como Quevedo, Lope de Vega, Góngora, el Marqués de Santillán y Antonio

Machado el primero, y con música latinoamericana, en especial de Atahualpa Yupanqui, el segundo.

Tenía además otros dos discos con temas propios: “El compositor el cantante” –El Abuelo, Chaval, Hay un Madrid- y Distancia que contenía entre otras canciones Mi árbol y yo, Ave caída y Puede ser el chacolí, ésta última de Patxi Andión.

Con discreción había irrumpido en México con presentaciones en el auditorio Justo Sierra de la UNAM y en El Quid.

Carlos Sánchez Ferrusca era presidente de la FEUQ y Arturo Proal de la Sociedad de Alumnos de la Prepa de la UAQ. Fuimos los tres a ver a Alberto Cortez quien nos recibió en el hotel en que se hospedaba acompañado de Héctor Almide, su representante.

Ahí se acordó que en julio de 1971 vendría al Teatro de la República a un recital benéfico organizado por la FEUQ.

El día llegó y la expectación se convirtió en decepción. Los boletos que se vendían en la UAQ, en La Mariposa –en Juárez y 16 de septiembre- y en pocos lugares más se vendieron en mínima parte pese al respaldo del Diario de Querétaro y de las estaciones de radio XEJX y XENA.

De última hora se buscó audiencia en el recinto y se invitó entre otros a los juniores maristas del Instituto Queretano.

Aún así el Teatro apenas contuvo a unos 350 espectadores.

Entre ellos, el entonces presidente municipal Antonio Calzada Urquiza y su esposa Tere, el rector de la UAQ José Guadalupe Ramírez Álvarez, y artistas reconocidos como Esperanza Cabrera de Hinojosa y Aurelio Olvera.

La velada fue entrañable y formidable.

El grupo musical que había logrado conjuntar Alberto Cortez quien sólo venía acompañado con su hermano que era el baterista, lo conformaban además el virtuoso pianista Enrique Neri, y dos guitarras: un bajo y otra para armonías.

La primera parte que Cortez llamó de sus “maestros” la dedicó a poemas musicalizados de los clásicos ya citados, así como de Neruda y Miguel Hernández.

En la segunda parte Alberto Cortez ofreció gran parte de su obra incluidas por supuesto En un Rincón del Alma, Mi Árbol y Yo, Chaval, Manolo, El Abuelo, Hay un Madrid…

El público reconoció al autor y cantante quien vestido todo de negro había salido a dar todo de sí, sorprendiendo a la audiencia con su dominio escénico, su caudalosa voz, su poesía, su seguridad y su sencillez.

Acabada la función el alcalde y su esposa, siempre educados y magníficos anfitriones, ofrecieron al cantante una cena en su casa.

Los organizadores recurrieron después a una colecta con distinguidas personalidades para completar el pago de honorarios. Se distinguieron por su prodigalidad el propio alcalde Antonio Calzada Urquiza, el rector de la UAQ José Guadalupe Ramírez Álvarez y el entonces secretario de Gobierno Manuel Suárez Muñoz.

Desde entonces Alberto Cortez regresó a Querétaro muchas veces, y trabajó en varias producciones al lado de Tino Geiser, avecindado aquí en Jurica, y fallecido en mayo del año anterior. Gracias a los buenos oficios de Andrés Estévez, Alberto Cortez estuvo aquí por última vez el 21 de septiembre de 2018 –falleció siete meses después, donde al igual que en muchas latitudes más, vio germinar un público multigeneracional que lo reconoció y apreció como el buen autor, músico y cantante que irrumpió en la escena hispanoamericana en tiempos de rebeldía, de romance, de cuestionamiento, de ternura, de reclamo, de poesía y de alegrías.

Alberto Cortez, como muchos otros autores de su tiempo, incluido Joan Manuel Serrat, reconoció en Jacques Brel, francófono nacido en Bélgica, su gran inspiración para entrar en el incierto pasadizo de la música poesía; del canto armónico pensante.

Escribió: “Yo, personalmente, si tuviera que darle un título honorífico que definiera la importancia que ha tenido para mí y para todos aquellos que pretendemos hacer una canción inteligente y sensible, diría que Jacques Brel es el Papa, el pontífice de los cantautores y poetas populares de nuestro tiempo”.

Jacques Brel se había avecindado en París, donde tocando en bares y dando clases, conformó su personalidad de autor con poesía diáfana y profunda –aunque siempre dijo que solo creaba “climas poéticos”-, y musicalidad luminosa que podía ir del dramatismo a la ironía, de la ternura al sarcasmo, de la sencillez a la monumentalidad, en escalas in crescendo, caudalosas y frenéticas…

Alberto Cortez, que también escribía, elogia a Jacques Brel con una de sus primeras canciones: “Quand on n´a que l’amour” (“Cuando no se tiene más que el amor”) que dice entre otras cosas: cuando no se tiene más que el amor para amueblar la maravilla de vivir y cubrir de sol y luz las sombras del barrio donde se vive, cuando no se tiene más que el amor por única razón, por única canción, por único seguro de vida…

Aunque no nos quede absolutamente nada más que el amor en nuestras manos, con él entonces en ellas, tendremos el mundo entero. Retomaba Alberto Cortez también el canto más conocido de Brel: “Ne me quitte pas” (“No me abandones”) en el que desnuda completamente su alma, suplica, ruega, tratando de evitar la partida de la persona que ama y ofrece para ello toda clase de promesas y sacrificios posibles… “déjame devenir (sic) la sombra de tu sombra, la sombra de tu mano, la sombra de tu perro, pero no me dejes”.

Muchas son las canciones de Jacques Brel que no tienen desperdicio en ternura, sarcasmo, crítica, ironía, jocosidad y musicalidad.

Por ejemplo, en “Grand-Mère” (“La abuela”) en la que describe un tipo de personaje ejecutivo, arribista, ladino y evidentemente frío y calculador en la figura de su abuela, en contraste con un abuelo soñador que corre detrás de la sirvienta tratando de convencerla, sabe Donde Jacques Brel muestra su faceta más tierna es en canciones como “Les vieux” (“Los viejos”), donde con música de “canción de cuna” pinta el tremendo y desgarrador mundo de los viejos solitarios que sólo tienen por única la compañía del reloj que les marca las horas del tiempo que les queda de vida.

En “La chanson des vieux amants” (“La canción de los viejos amantes”), expresa: Hemos necesitado mucho talento para llegar a ser viejos sin ser adultos.

En “Fernand”, Brel describe el entierro de un muy querido amigo yendo en cortejo por las calles todavía vacías de París en un amanecer lluvioso, en donde no hay ni siquiera un poco de viento.

“Si yo fuera Dios, creo que tendría remordimientos por haberse llevado a Fernand”, canta Brel.

En “Ces gens-là” (“Esa gente”) pinta desgarradoramente las actitudes de personas sin escrúpulos que cuidan a la abuela que no deja de temblar esperando “qu’elle crève” porque es ella quien tiene el dinero que van a heredar.

Jacques Brel gozó de fama y de fortuna. Y supo no dar más vueltas a sus temas. Un día decidió que ya, que era todo. Y se embarcó en una vieja ilusión: hacer cine. Y lo hizo, como director, productor y actor, pero sin lograr el éxito que había obtenido como autor y cantante.

Compró después un barco y se fue a las Islas Marquesas donde en un avión pequeño hizo de taxista para lugareños enfermos.

Retornó a la música con un solo disco: “Las Marquesas” y para interpretar “El Hombre de la Mancha” cuyos derechos en francés había adquirido.

Falleció a los 49 años y fue enterrado cerca del pintor Paul Gauguin otro francés rebelde que encontró también el paraíso, o lo más cercano a él, en una lejana Isla del Pacífico.

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