/ miércoles 29 de septiembre de 2021

Contraluz | Ejército Trigarante

Lejos ya de las enconadas y contrarias narrativas sobre la consumación de nuestra independencia, los errores, odios y divisiones generadas en el nacimiento de nuestra nación, ha sido interesante el que estudiosos e investigadores –nacionales y extranjeros- hayan empezado a tomar plenamente en cuenta documentos y posiciones de contemporáneos de los protagonistas de aquel tiempo y a despejar historiográficamente mitos, invenciones y exageraciones, sobre el papel que desempeñaron Agustín de Iturbide, Vicente Guerrero y otros próceres que desempeñaron relevantes papeles en la consumación de la gesta independentista.

Entre investigaciones, escritos y revelaciones destaca en primer lugar el aún reciente -2018- reconocimiento del Ejército Mexicano a la figura de Iturbide. Ocurrió hace tres años, recordaba Enrique Sada Sandoval, que la Secretaría de la Defensa Nacional, en sus promocionales de Radio y Televisión con motivo de las fiestas patrias de septiembre, después de mencionar a los caudillos iniciadores de la revolución de Independencia, añadiera el nombre de Agustín de Iturbide, y el del Ejército Trigarante.

Aunque no faltó quien se sorprendiera, no hubo prácticamente reacciones enconadas o condenatorias del hecho.

Para muchos, incluidos investigadores, simplemente se estaba reconociendo una realidad sesgada u ocultada durante décadas: el papel de Agustín de Iturbide en la consumación de nuestra Independencia.

Afirmaba entonces Sada Sandoval: “Montado gráficamente sobre un escenario fugaz con fondo rojo, en que la siluetas, los nombres y efigies de los caudillos son mostradas en un comercial de 20 segundos de duración, mismo que se ha venido repitiendo de manera constante las semanas previas a las festividades del día 15, llamó la atención que el verdadero Autor de la Independencia y de nuestra bandera fuera nombrado finalmente: luego que su nombre en letras de oro fuera arrancado del Congreso y prohibida la estrofa VII del Himno Nacional Mexicano—que lo menciona—por órdenes de Álvaro Obregón, en el marco de su gestión por ser reconocido como presidente de facto ante Estados Unidos (luego de haber asesinado a Venustiano Carranza) y frente a la firma ominosa de los Tratados de Bucareli (donde comprometía el desarrollo industrial de México por cien años, en favor del estadounidense, y desmontaba la industria existente)”. Al respecto, la historiadora Guadalupe Jiménez Codinach reivindica también la figura de Iturbide y recuerda su labor, primero durante intensa campaña epistolar, y después como redactor y propulsor del Plan de Independencia de la América Septentrional que apoyado por

Vicente Guerrero, proclamó en Iguala, Guerrero, el 24 de febrero de 1824 para después extender su relevancia y definición en los Tratados de Córdoba el 24 de agosto de 1821 con Don Juan O´Donojú, que definía la creación de una nueva nación libre y la independencia absoluta de la Nueva España.

Desde 1822, recuerda Jiménez Codinach, se afirma que el Plan, conocido como de Iguala, nació de una reunión de reaccionarios o “serviles”, es decir, anticonstitucionalistas, en la Casa de Ejercicios de la Iglesia de La Profesa en la Ciudad de México.

La historiadora atribuye esta versión repetida después hasta la saciedad, a Vicente Rocafuerte, rico terrateniente liberal originario de Guayaquil (hoy Ecuador), quien escribió el Bosquejo Ligerísimo de la Revolución de Méjico: desde el Grito de independencia de Iguala hasta la Proclamación Imperial de Iturbide (Imprenta de Teracrouef y Naroajeb, Philadelphia 1822), libelo publicado en el país del norte bajo el seudónimo de “Un Verdadero Americano”.

En uno de sus muchos viajes, Rocafuerte había estado en La Habana de donde se pasó a México donde estuvo dos meses, antes de salir a Estados Unidos donde escribió su “bosquejo”. Aquí, se sabe, se había entrevistado con Miguel Santa María ministro plenipotenciario de la Gran Colombia quien, opuesto a Iturbide, se había reunido y hecho grandes migas con Antonio López de Santa Ana y con Joel N. Poinsett que había venido de “incógnito” a promover una república federal, como la de Estados Unidos, y a ver qué posibilidades había de comprar el estado de Texas para el país vecino.

Así, el visitante de Guayaquil, Vicente Rocafuerte llama en su “bosquejo” al Plan de Iturbide “Plan de los serviles de La Profesa”, y describe a la Junta Provisional Gubernativa, en donde residía el gobierno según el artículo 5º de dicho Plan, como conformada por “los hombres más ineptos, o más corrompidos, más ignorantes o más serviles; en fin, y de la gente más odiada o desconceptuada de Méjico”. Un análisis sereno del Plan de Iguala, y de los integrantes de la Junta Provisional Gubernativa, muestra lo injusto y falso de las acusaciones de Rocafuerte. Éste falsea los hechos cuando menosprecia a los miembros de la Junta Provisional Gubernativa, quienes, de acuerdo con Niceto de Zamacois (1820-1885), eran “considerados como los hombres de mayor ilustración que entonces había y muchos de ellos habían tenido parte en la revolución que se había comenzado”. Lorenzo de Zavala, que después fue vicepresidente de Texas, y el historiador Carlos María Bocanegra, enemigos de Iturbide, y el mismo Joel N. Poinsett, reconocían en aquél, liderazgo, capacidad y elocuencia.

Vino después el impase en el que el Congreso Constituyente poco avanzó en la conformación de la Constitución; la proclamación de Iturbide como Emperador por 67 votos contra 15 –encabezada la mayoría por Valentín Gómez Farías- y la debacle posterior entre radicalismos, envidias, discusiones maniqueas, debates y confrontaciones que persistieron durante casi 50 años en los que México perdió más de la mitad de su territorio, soportó intervenciones extranjeras incluida la más humillante en 1847.

La historia no está hecha de adjetivos, tampoco de opiniones, ni de modelos teóricos, ni de rumores. La historia tiene que ser hechos probados, ha dicho la propia historiadora Guadalupe Jiménez Codinach. Y en ese tenor, hoy pareciera que por fortuna se empiezan a despejar dudas; se ubica a mujeres y hombres de nuestra historia en su justa dimensión: con errores y aciertos, con verdad y con justicia, entendiendo mejor tiempos y circunstancias.

Pertinente es hoy un ejercicio puntual de reflexión serena y debidamente documentada sobre nuestra historia, lo que fuimos, lo que somos y lo que anhelamos.

A seis días del 200 aniversario de la Consumación de nuestra

Independencia simbolizada con la entrada triunfal del Ejército Trigarante a la Ciudad de México, bajo las órdenes de Agustín de Iturbide y de Vicente Guerrero, vale hoy atacar pasiones y decepciones y confiar más, sin descalificaciones en lo que descubren, escriben y afirman estudiosos imparciales que aman a México y saben la importancia de la verdad en el desarrollo de los pueblos.

Lejos ya de las enconadas y contrarias narrativas sobre la consumación de nuestra independencia, los errores, odios y divisiones generadas en el nacimiento de nuestra nación, ha sido interesante el que estudiosos e investigadores –nacionales y extranjeros- hayan empezado a tomar plenamente en cuenta documentos y posiciones de contemporáneos de los protagonistas de aquel tiempo y a despejar historiográficamente mitos, invenciones y exageraciones, sobre el papel que desempeñaron Agustín de Iturbide, Vicente Guerrero y otros próceres que desempeñaron relevantes papeles en la consumación de la gesta independentista.

Entre investigaciones, escritos y revelaciones destaca en primer lugar el aún reciente -2018- reconocimiento del Ejército Mexicano a la figura de Iturbide. Ocurrió hace tres años, recordaba Enrique Sada Sandoval, que la Secretaría de la Defensa Nacional, en sus promocionales de Radio y Televisión con motivo de las fiestas patrias de septiembre, después de mencionar a los caudillos iniciadores de la revolución de Independencia, añadiera el nombre de Agustín de Iturbide, y el del Ejército Trigarante.

Aunque no faltó quien se sorprendiera, no hubo prácticamente reacciones enconadas o condenatorias del hecho.

Para muchos, incluidos investigadores, simplemente se estaba reconociendo una realidad sesgada u ocultada durante décadas: el papel de Agustín de Iturbide en la consumación de nuestra Independencia.

Afirmaba entonces Sada Sandoval: “Montado gráficamente sobre un escenario fugaz con fondo rojo, en que la siluetas, los nombres y efigies de los caudillos son mostradas en un comercial de 20 segundos de duración, mismo que se ha venido repitiendo de manera constante las semanas previas a las festividades del día 15, llamó la atención que el verdadero Autor de la Independencia y de nuestra bandera fuera nombrado finalmente: luego que su nombre en letras de oro fuera arrancado del Congreso y prohibida la estrofa VII del Himno Nacional Mexicano—que lo menciona—por órdenes de Álvaro Obregón, en el marco de su gestión por ser reconocido como presidente de facto ante Estados Unidos (luego de haber asesinado a Venustiano Carranza) y frente a la firma ominosa de los Tratados de Bucareli (donde comprometía el desarrollo industrial de México por cien años, en favor del estadounidense, y desmontaba la industria existente)”. Al respecto, la historiadora Guadalupe Jiménez Codinach reivindica también la figura de Iturbide y recuerda su labor, primero durante intensa campaña epistolar, y después como redactor y propulsor del Plan de Independencia de la América Septentrional que apoyado por

Vicente Guerrero, proclamó en Iguala, Guerrero, el 24 de febrero de 1824 para después extender su relevancia y definición en los Tratados de Córdoba el 24 de agosto de 1821 con Don Juan O´Donojú, que definía la creación de una nueva nación libre y la independencia absoluta de la Nueva España.

Desde 1822, recuerda Jiménez Codinach, se afirma que el Plan, conocido como de Iguala, nació de una reunión de reaccionarios o “serviles”, es decir, anticonstitucionalistas, en la Casa de Ejercicios de la Iglesia de La Profesa en la Ciudad de México.

La historiadora atribuye esta versión repetida después hasta la saciedad, a Vicente Rocafuerte, rico terrateniente liberal originario de Guayaquil (hoy Ecuador), quien escribió el Bosquejo Ligerísimo de la Revolución de Méjico: desde el Grito de independencia de Iguala hasta la Proclamación Imperial de Iturbide (Imprenta de Teracrouef y Naroajeb, Philadelphia 1822), libelo publicado en el país del norte bajo el seudónimo de “Un Verdadero Americano”.

En uno de sus muchos viajes, Rocafuerte había estado en La Habana de donde se pasó a México donde estuvo dos meses, antes de salir a Estados Unidos donde escribió su “bosquejo”. Aquí, se sabe, se había entrevistado con Miguel Santa María ministro plenipotenciario de la Gran Colombia quien, opuesto a Iturbide, se había reunido y hecho grandes migas con Antonio López de Santa Ana y con Joel N. Poinsett que había venido de “incógnito” a promover una república federal, como la de Estados Unidos, y a ver qué posibilidades había de comprar el estado de Texas para el país vecino.

Así, el visitante de Guayaquil, Vicente Rocafuerte llama en su “bosquejo” al Plan de Iturbide “Plan de los serviles de La Profesa”, y describe a la Junta Provisional Gubernativa, en donde residía el gobierno según el artículo 5º de dicho Plan, como conformada por “los hombres más ineptos, o más corrompidos, más ignorantes o más serviles; en fin, y de la gente más odiada o desconceptuada de Méjico”. Un análisis sereno del Plan de Iguala, y de los integrantes de la Junta Provisional Gubernativa, muestra lo injusto y falso de las acusaciones de Rocafuerte. Éste falsea los hechos cuando menosprecia a los miembros de la Junta Provisional Gubernativa, quienes, de acuerdo con Niceto de Zamacois (1820-1885), eran “considerados como los hombres de mayor ilustración que entonces había y muchos de ellos habían tenido parte en la revolución que se había comenzado”. Lorenzo de Zavala, que después fue vicepresidente de Texas, y el historiador Carlos María Bocanegra, enemigos de Iturbide, y el mismo Joel N. Poinsett, reconocían en aquél, liderazgo, capacidad y elocuencia.

Vino después el impase en el que el Congreso Constituyente poco avanzó en la conformación de la Constitución; la proclamación de Iturbide como Emperador por 67 votos contra 15 –encabezada la mayoría por Valentín Gómez Farías- y la debacle posterior entre radicalismos, envidias, discusiones maniqueas, debates y confrontaciones que persistieron durante casi 50 años en los que México perdió más de la mitad de su territorio, soportó intervenciones extranjeras incluida la más humillante en 1847.

La historia no está hecha de adjetivos, tampoco de opiniones, ni de modelos teóricos, ni de rumores. La historia tiene que ser hechos probados, ha dicho la propia historiadora Guadalupe Jiménez Codinach. Y en ese tenor, hoy pareciera que por fortuna se empiezan a despejar dudas; se ubica a mujeres y hombres de nuestra historia en su justa dimensión: con errores y aciertos, con verdad y con justicia, entendiendo mejor tiempos y circunstancias.

Pertinente es hoy un ejercicio puntual de reflexión serena y debidamente documentada sobre nuestra historia, lo que fuimos, lo que somos y lo que anhelamos.

A seis días del 200 aniversario de la Consumación de nuestra

Independencia simbolizada con la entrada triunfal del Ejército Trigarante a la Ciudad de México, bajo las órdenes de Agustín de Iturbide y de Vicente Guerrero, vale hoy atacar pasiones y decepciones y confiar más, sin descalificaciones en lo que descubren, escriben y afirman estudiosos imparciales que aman a México y saben la importancia de la verdad en el desarrollo de los pueblos.

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