/ miércoles 3 de marzo de 2021

Contraluz | Manuel de la Llata

Ilustre personaje queretano del siglo pasado, falleció el 24 de julio de 1994, y del antepasado -nació en 1891-, fue Manuel de la Llata un hombre que amó a su tierra como pocos y que se constituyó en permanente defensor de su riqueza material e intemporal que lamentaba, había perdido el 50 por ciento de su patrimonio arquitectónico a partir de 1860.

Hombre sencillo y modesto murió a los 103 años en serena actividad tras una vida plena de trabajo, arte, escritura, periodismo y recreo.

Eludió siempre abordar el campo de la política pues ahí, decía, se manifestaba en toda su profundidad lo peor, y no siempre lo mejor, de la condición humana; para eso, afirmaba “se requiere fortaleza, honor, honradez, disciplina, y sobre todo disposición, que no tengo, para conocer los sótanos de los sótanos de la tristeza humana”.

Por ello soslayó conscientemente adentrarse en los avatares, cumbres y pantanos de la política, de los partidos, de las facciones y sus ficciones, y eligió en contrapartida, primero el camino del arte musical: fue ya en la ciudad de México, concertista de piano con Chopin como su gran autor y dio clases de música que con el tiempo abandonó, pues no dejaban para vivir. Se adentró luego en el mercado como agente de comercio de regalos y papelería en distintos estados de la república, lo que le permitió iniciarse como alpinista y después ser fundador integrante del Club de Exploradores de México –cuando lo entrevisté en 1980 aún guardaba con orgullo, en un lugar de honor en su ordenado departamento, un piolet y unos spikes con sus puntas y crampones-.

Me contó entonces que no era fácil ser explorador en aquellos tiempos convulsos y como ejemplo relató que en 1924 al bajar del Popocatépetl y detenerse para un refrigerio en Tlamacas “fuimos rodeados por descamisados que nos hicieron ponernos en fila para desvalijarnos”, al final el jefe de los bandoleros “nos dio dos pesos para que no tuviéramos problemas de regreso”.

En 1918 se había iniciado ya como periodista colaborando con textos y fotografías en publicaciones como Jueves de Excélsior y Excélsior; después vendrían Revista de Revistas, La Prensa, El Universal, y en provincia, medios de Veracruz, Puebla y por supuesto Querétaro.

Nacieron entonces sus primeras obras poéticas: “Ensoñación” poemas y prosa corta; y “Sensitivas” prosa corta. Luego publicaría “Fugitivas y redondillas”; “México y su costosa Independencia” y “Así es Querétaro…”

Su trabajo reporteril lo centró en relatar las bellezas naturales y arquitectónicas de México y lamentar con enorme pena la destrucción del patrimonio arquitectónico en varias ciudades incluida Querétaro: “yo creo que de 1860 a la fecha hemos perdido en Querétaro el 50 por ciento de este patrimonio. Con la Reforma lejos de buscarse caminos para la preservación de auténticas joyas, muchas se destruyeron como el templo de San Francisco con sus cuatro manzanas, sus

patios y jardines y sus cinco riquísimas capillas; o el templo de Santa Clara con once capillas de las que sólo queda una. Yo creo que si hubiéramos sabido conservarlas lo que ahí se encontraba hubiera atraído más turismo que lo que nos ha quedado o hemos inventado”. Lamentaba igualmente la destrucción de otros imponentes edificios y trazas especialmente en ciudades como San Luis Potosí, Puebla y Morelia.

No se consideraba escritor ni historiador, con modestia señalaba: “Soy simplemente un aficionado a investigar y ordenar; no tengo preparación ni capacidad suficiente para considerarme historiador”.

Y en cuanto a la música, sobre algunos nuevos temas musicales señalaba: “supongo que serán bonitos pero no tengo capacidad ni cultura actual para poder apreciarlos. Supongo que deben valer lo suyo lo mismo que la literatura o pintura; no lo critico, simplemente no lo entiendo”.

Llamaba sin embargo a ampliar los círculos del conocimiento y no centrar todo en la ciencia y la tecnología: “antes nos educaban al mismo tiempo en lo material y lo espiritual. Junto con los textos escolares llevábamos también de urbanidad, de moral, de religión; la educación del espíritu que es lo más importante se ha olvidado…”

Acucioso y ordenado en 1980 llevaba integrados 16 volúmenes de recortes de periódicos y revistas con sus publicaciones de fotografías y reportajes. Sus últimos escritos los realizó durante varios lustros para el periódico Noticias y preparaba una serie sobre los grandes benefactores de Querétaro entre quienes destacaba a Don Juan Caballero y Osio, “para mí, el más importante de todos”.

Feliz, sereno, no temía a la muerte, pero mucho menos a la vida “por mi, viviría dos mil años”, me dijo.

Tuvo dos hermanos, Enrique que se fue con los zapatistas y José que se alistó como médico de la escolta de Francisco Villa.

Fue sobrino de la “Madre Conchita” –Concepción Acevedo de la Llata- de quien guardaba un grato recuerdo y quien fue acusada injustamente del complot contra la vida de Álvaro Obregón, por lo que sufrió tortura y prisión en las Islas Marías hasta 1940.

Manuel de la Llata falleció el 24 de julio de 1994 cumpliendo su gran anhelo: “vivir todo lo que Dios disponga en estado activo; leyendo, escribiendo y colaborando con artículos donde haya espacio”.

Por fortuna su gran legado de publicaciones, fotografías y escritos, se conserva hoy bajo la custodia del maestro fotógrafo Ramiro Valencia.

Ilustre personaje queretano del siglo pasado, falleció el 24 de julio de 1994, y del antepasado -nació en 1891-, fue Manuel de la Llata un hombre que amó a su tierra como pocos y que se constituyó en permanente defensor de su riqueza material e intemporal que lamentaba, había perdido el 50 por ciento de su patrimonio arquitectónico a partir de 1860.

Hombre sencillo y modesto murió a los 103 años en serena actividad tras una vida plena de trabajo, arte, escritura, periodismo y recreo.

Eludió siempre abordar el campo de la política pues ahí, decía, se manifestaba en toda su profundidad lo peor, y no siempre lo mejor, de la condición humana; para eso, afirmaba “se requiere fortaleza, honor, honradez, disciplina, y sobre todo disposición, que no tengo, para conocer los sótanos de los sótanos de la tristeza humana”.

Por ello soslayó conscientemente adentrarse en los avatares, cumbres y pantanos de la política, de los partidos, de las facciones y sus ficciones, y eligió en contrapartida, primero el camino del arte musical: fue ya en la ciudad de México, concertista de piano con Chopin como su gran autor y dio clases de música que con el tiempo abandonó, pues no dejaban para vivir. Se adentró luego en el mercado como agente de comercio de regalos y papelería en distintos estados de la república, lo que le permitió iniciarse como alpinista y después ser fundador integrante del Club de Exploradores de México –cuando lo entrevisté en 1980 aún guardaba con orgullo, en un lugar de honor en su ordenado departamento, un piolet y unos spikes con sus puntas y crampones-.

Me contó entonces que no era fácil ser explorador en aquellos tiempos convulsos y como ejemplo relató que en 1924 al bajar del Popocatépetl y detenerse para un refrigerio en Tlamacas “fuimos rodeados por descamisados que nos hicieron ponernos en fila para desvalijarnos”, al final el jefe de los bandoleros “nos dio dos pesos para que no tuviéramos problemas de regreso”.

En 1918 se había iniciado ya como periodista colaborando con textos y fotografías en publicaciones como Jueves de Excélsior y Excélsior; después vendrían Revista de Revistas, La Prensa, El Universal, y en provincia, medios de Veracruz, Puebla y por supuesto Querétaro.

Nacieron entonces sus primeras obras poéticas: “Ensoñación” poemas y prosa corta; y “Sensitivas” prosa corta. Luego publicaría “Fugitivas y redondillas”; “México y su costosa Independencia” y “Así es Querétaro…”

Su trabajo reporteril lo centró en relatar las bellezas naturales y arquitectónicas de México y lamentar con enorme pena la destrucción del patrimonio arquitectónico en varias ciudades incluida Querétaro: “yo creo que de 1860 a la fecha hemos perdido en Querétaro el 50 por ciento de este patrimonio. Con la Reforma lejos de buscarse caminos para la preservación de auténticas joyas, muchas se destruyeron como el templo de San Francisco con sus cuatro manzanas, sus

patios y jardines y sus cinco riquísimas capillas; o el templo de Santa Clara con once capillas de las que sólo queda una. Yo creo que si hubiéramos sabido conservarlas lo que ahí se encontraba hubiera atraído más turismo que lo que nos ha quedado o hemos inventado”. Lamentaba igualmente la destrucción de otros imponentes edificios y trazas especialmente en ciudades como San Luis Potosí, Puebla y Morelia.

No se consideraba escritor ni historiador, con modestia señalaba: “Soy simplemente un aficionado a investigar y ordenar; no tengo preparación ni capacidad suficiente para considerarme historiador”.

Y en cuanto a la música, sobre algunos nuevos temas musicales señalaba: “supongo que serán bonitos pero no tengo capacidad ni cultura actual para poder apreciarlos. Supongo que deben valer lo suyo lo mismo que la literatura o pintura; no lo critico, simplemente no lo entiendo”.

Llamaba sin embargo a ampliar los círculos del conocimiento y no centrar todo en la ciencia y la tecnología: “antes nos educaban al mismo tiempo en lo material y lo espiritual. Junto con los textos escolares llevábamos también de urbanidad, de moral, de religión; la educación del espíritu que es lo más importante se ha olvidado…”

Acucioso y ordenado en 1980 llevaba integrados 16 volúmenes de recortes de periódicos y revistas con sus publicaciones de fotografías y reportajes. Sus últimos escritos los realizó durante varios lustros para el periódico Noticias y preparaba una serie sobre los grandes benefactores de Querétaro entre quienes destacaba a Don Juan Caballero y Osio, “para mí, el más importante de todos”.

Feliz, sereno, no temía a la muerte, pero mucho menos a la vida “por mi, viviría dos mil años”, me dijo.

Tuvo dos hermanos, Enrique que se fue con los zapatistas y José que se alistó como médico de la escolta de Francisco Villa.

Fue sobrino de la “Madre Conchita” –Concepción Acevedo de la Llata- de quien guardaba un grato recuerdo y quien fue acusada injustamente del complot contra la vida de Álvaro Obregón, por lo que sufrió tortura y prisión en las Islas Marías hasta 1940.

Manuel de la Llata falleció el 24 de julio de 1994 cumpliendo su gran anhelo: “vivir todo lo que Dios disponga en estado activo; leyendo, escribiendo y colaborando con artículos donde haya espacio”.

Por fortuna su gran legado de publicaciones, fotografías y escritos, se conserva hoy bajo la custodia del maestro fotógrafo Ramiro Valencia.

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