/ miércoles 17 de febrero de 2021

Contraluz|Sabina, Prada, Serrat

Fue en enero de 1986 cuando Pilar, querida compañera española en la redacción de El Sol de México, me trajo de su tierra dos casetes. Yo le había pedido, ante su oferta antes de ir a su visita anual a su casa, traerme “música nueva de allá”.

El primer casete tenía la música del último álbum de un autor que no conocía: Joaquín Sabina, entre cuyas canciones recuerdo bien “Pisa el acelerador” y “Juana la loca”. En una nota escrita a mano por su amiga Fausti me explicaba que el cantante era una gran novedad en España, por su poesía desenfadada e irónica al abordar con claridad y fijeza temas que a muchos parecían en alguna medida irreverentes, pero que rompían con el exceso de pulcritud de otros autores.

Y ciertamente, no se necesitaba ser mago para descubrir el sarcasmo, la ironía y la mordacidad en su magistral obra poética y musical que muchos equiparaban a la de Quevedo cuatro siglos antes.

Joaquín Sabina ha durado ya mucho tiempo en el candelero cantado temas propios, ajenos, haciendo duetos, y giras con grandes, en especial con Joan Manuel Serrat e integrándose en un gran grupo renovador de la historia musical de nuestro tiempo, luego de abrevar rebeldías, exilios, dislates; y seguramente, aunque se dice poco, horas y horas para llevar a la palabra las imágenes sencillas y llanas que capta día a día en su labor cuasi fotográfica que después vacía en el blanco papel con maestría, su gran obsesión y la de toda su generación, por el deseo, por el rompimiento con la manida corrección que ha roto con la ternura, por la palabra directa armónicamente ornamentada con ironías, sonrisas y variados grises, visos de sabia soledad.

Con enorme alegría agradecí el casete a mi amiga. Y desde entonces, a veces más a veces menos, he seguido a Sabina en sus encuentros y desencuentros, en sus influencias anglosajonas, en su ser genuino generacional y en su romance grande con lo nuestro, lo latinoamericano -José Alfredo, Chavela Vargas-, y todo lo que nos proyecta en la luminosa trascendencia que elude al tiempo…

El otro casete era (es) también una maravilla. Se trataba, explicaba Fausti en su escrito, de un autor solitario, Amancio Prada, por cierto nacido también en febrero de 1949 como Joaquín Sabina, un tanto místico que en ese mismo tiempo se gozaba –y se goza- en cantar temas formidables de su autoría, así como del poeta y filósofo Agustín

García Calvo –“Nadie la llama y viene”, “Libre te quiero”-, y de musicalizar poemas de San Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Jorge Manrique y Federico García Lorca.

El poeta Juan Carlos Mestre dice de Amancio Prada, en la presentación “Del amor que quita el sueño”: Coherente en la estela de su propio camino, Amancio Prada retoma con estas canciones la antología del amor lírico que ya sólo perdura en el viento; las delicadas formas de cuanto hoy aguarda impaciente las promesas del alba: la vida cantada desde el puro deseo de su originaria belleza. La pasión y la brevedad de la vida, el anhelo de libertad y la sonrisa cómplice de los amantes que siguen siendo hoy, como entonces, el más conmovedor y hermoso testimonio de la inteligencia popular contra el poder y la muerte”.

Escuchar a Amancio Prada fue un gozo difícil de calificar. Misticismo de un pájaro aparentemente solitario –poco ha salido de España; en México sólo se le recuerda un recital en el Palacio de Bellas Artes- pleno de cantos dulces, tersos, transparentes como murmullos de agua de manantial, enigmáticos a veces, armónicos siempre, sin alardes ni estridencias fáciles. Me quedé desde entonces con los dos temas mencionados: “Nadie la llama y viene” y “Libre te quiero”.

Poco más de cinco años antes, había nacido Joan Manuel Serrat, diciembre de 1943, quizá el más grande autor y compositor de su generación músico, poeta, autor y escritor quien, como Amancio Prada, había abandonado un día sus estudios profesionales sobre agricultura para componer, cantar y recorrer la legua usando la palabra y la música para expresar mejor que ninguno, rebeldías y ternuras, historias y sueños, alegrías y tristezas que sin dejar de lado el romanticismo incidían en cuestionamientos claves del ser individual y social; “canto nuevo”, pues.

Con influencias de Jacques Brel, Antonio Machado, Federico García

Lorca, Pablo Neruda, León Felipe, Joan Salvat Papasseit, entre otros, Joan Manuel Serrat supo incurrir, tras mostrar con toda prodigalidad sus temas y canciones magistrales –Mediterráneo, Penélope, La Fiesta, Señora, Puebla Blanco y decenas más- en el folklore catalán, la copla, el tango, el bolero y la canción latinoamericana, a más de cantar versiones musicalizadas de los más grandes poetas del siglo XX como Machado, Neruda, Miguel Hernández.

El rompimiento, la rebeldía, la capacidad de discernir y razonar, el exilio, la congruencia y la sencillez, y también el estudio y la disciplina hicieron de Joan Manuel Serrat quizá el más apreciado ícono de su generación que lejos de toda arrogancia, ha sabido paliar honores, compartir gozos y redimir el sentido de la palabra hecho sustancia, alimento y cuenco de humanidad junto con la música.

Habrá tiempo de hablar de otros personajes de dicha generación, nacidos en tiempos de la postguerra y que abonaron también a la renovación musical poética popular en español del siglo XX y XXI: tres de ellos han fallecido recientemente: Alberto Cortez y Patxi Andión en 2019 y Luis Eduardo Auté en 2020.

Fue en enero de 1986 cuando Pilar, querida compañera española en la redacción de El Sol de México, me trajo de su tierra dos casetes. Yo le había pedido, ante su oferta antes de ir a su visita anual a su casa, traerme “música nueva de allá”.

El primer casete tenía la música del último álbum de un autor que no conocía: Joaquín Sabina, entre cuyas canciones recuerdo bien “Pisa el acelerador” y “Juana la loca”. En una nota escrita a mano por su amiga Fausti me explicaba que el cantante era una gran novedad en España, por su poesía desenfadada e irónica al abordar con claridad y fijeza temas que a muchos parecían en alguna medida irreverentes, pero que rompían con el exceso de pulcritud de otros autores.

Y ciertamente, no se necesitaba ser mago para descubrir el sarcasmo, la ironía y la mordacidad en su magistral obra poética y musical que muchos equiparaban a la de Quevedo cuatro siglos antes.

Joaquín Sabina ha durado ya mucho tiempo en el candelero cantado temas propios, ajenos, haciendo duetos, y giras con grandes, en especial con Joan Manuel Serrat e integrándose en un gran grupo renovador de la historia musical de nuestro tiempo, luego de abrevar rebeldías, exilios, dislates; y seguramente, aunque se dice poco, horas y horas para llevar a la palabra las imágenes sencillas y llanas que capta día a día en su labor cuasi fotográfica que después vacía en el blanco papel con maestría, su gran obsesión y la de toda su generación, por el deseo, por el rompimiento con la manida corrección que ha roto con la ternura, por la palabra directa armónicamente ornamentada con ironías, sonrisas y variados grises, visos de sabia soledad.

Con enorme alegría agradecí el casete a mi amiga. Y desde entonces, a veces más a veces menos, he seguido a Sabina en sus encuentros y desencuentros, en sus influencias anglosajonas, en su ser genuino generacional y en su romance grande con lo nuestro, lo latinoamericano -José Alfredo, Chavela Vargas-, y todo lo que nos proyecta en la luminosa trascendencia que elude al tiempo…

El otro casete era (es) también una maravilla. Se trataba, explicaba Fausti en su escrito, de un autor solitario, Amancio Prada, por cierto nacido también en febrero de 1949 como Joaquín Sabina, un tanto místico que en ese mismo tiempo se gozaba –y se goza- en cantar temas formidables de su autoría, así como del poeta y filósofo Agustín

García Calvo –“Nadie la llama y viene”, “Libre te quiero”-, y de musicalizar poemas de San Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Jorge Manrique y Federico García Lorca.

El poeta Juan Carlos Mestre dice de Amancio Prada, en la presentación “Del amor que quita el sueño”: Coherente en la estela de su propio camino, Amancio Prada retoma con estas canciones la antología del amor lírico que ya sólo perdura en el viento; las delicadas formas de cuanto hoy aguarda impaciente las promesas del alba: la vida cantada desde el puro deseo de su originaria belleza. La pasión y la brevedad de la vida, el anhelo de libertad y la sonrisa cómplice de los amantes que siguen siendo hoy, como entonces, el más conmovedor y hermoso testimonio de la inteligencia popular contra el poder y la muerte”.

Escuchar a Amancio Prada fue un gozo difícil de calificar. Misticismo de un pájaro aparentemente solitario –poco ha salido de España; en México sólo se le recuerda un recital en el Palacio de Bellas Artes- pleno de cantos dulces, tersos, transparentes como murmullos de agua de manantial, enigmáticos a veces, armónicos siempre, sin alardes ni estridencias fáciles. Me quedé desde entonces con los dos temas mencionados: “Nadie la llama y viene” y “Libre te quiero”.

Poco más de cinco años antes, había nacido Joan Manuel Serrat, diciembre de 1943, quizá el más grande autor y compositor de su generación músico, poeta, autor y escritor quien, como Amancio Prada, había abandonado un día sus estudios profesionales sobre agricultura para componer, cantar y recorrer la legua usando la palabra y la música para expresar mejor que ninguno, rebeldías y ternuras, historias y sueños, alegrías y tristezas que sin dejar de lado el romanticismo incidían en cuestionamientos claves del ser individual y social; “canto nuevo”, pues.

Con influencias de Jacques Brel, Antonio Machado, Federico García

Lorca, Pablo Neruda, León Felipe, Joan Salvat Papasseit, entre otros, Joan Manuel Serrat supo incurrir, tras mostrar con toda prodigalidad sus temas y canciones magistrales –Mediterráneo, Penélope, La Fiesta, Señora, Puebla Blanco y decenas más- en el folklore catalán, la copla, el tango, el bolero y la canción latinoamericana, a más de cantar versiones musicalizadas de los más grandes poetas del siglo XX como Machado, Neruda, Miguel Hernández.

El rompimiento, la rebeldía, la capacidad de discernir y razonar, el exilio, la congruencia y la sencillez, y también el estudio y la disciplina hicieron de Joan Manuel Serrat quizá el más apreciado ícono de su generación que lejos de toda arrogancia, ha sabido paliar honores, compartir gozos y redimir el sentido de la palabra hecho sustancia, alimento y cuenco de humanidad junto con la música.

Habrá tiempo de hablar de otros personajes de dicha generación, nacidos en tiempos de la postguerra y que abonaron también a la renovación musical poética popular en español del siglo XX y XXI: tres de ellos han fallecido recientemente: Alberto Cortez y Patxi Andión en 2019 y Luis Eduardo Auté en 2020.

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