/ viernes 13 de marzo de 2020

El Baúl

Amores compartidos


La técnica del corte y la confección, que ejerció cada día, fue durante años el motor de su vida, su bienestar personal. Tanto era así que los clientes no le faltaban. Más bien, necesitaba más tiempo para atenderlos y para atender a aquellos que, por primera vez, le pedían les hiciera trajes a la medida. De modo que su sastrería estaba en un estado inmejorable hasta que el amor le trastocó sus sentimientos y lo hundió para siempre.

No era cariñoso con los clientes, porque su carácter era adusto. Por eso algunos decían que siempre estaba enojado.

Eso habrá pensado el familiar que le visitó un día:

-¿Sabes quién soy? –le dijo el extraño, y le dijo su nombre-. Somos primos.

-Está bien –dijo él y lo miró con el rabillo del ojo-. Pero estoy muy ocupado. –Y siguió cortando la tela, un alfiler entre los dientes, el metro de tela colgándole del cuello.

Su pariente le informó casi con lenguaje de telegrama, que había venido del estado de donde ambos eran originarios; y quería que supiera que ya se había instalado en la ciudad. Le dijo que le había dado gusto encontrarlo. Y deslizó que en algún otro día, cuando no tuviera tanto trabajo, regresaría a saludarlo. El sastre apenas asintió con la cabeza.

Al familiar no lo volvió a ver, ni se interesó por saber algo más de él. Menos todavía, porque en esos días el corazón se le estaba alocando. Había conocido a una jovencita de finas facciones y modales, con quien, le parecía, estaba habiendo empatía. De manera que había cambiado sus rutinas diarias por algunos paseos cerca de donde la encontraba. Y cada vez que se veían, hacía que se trataba de una pura casualidad hasta que las casualidades dejaron de existir y empezaron una relación.

Un día de esos llegó un abogado a la sastrería, se presentó, y le preguntó si conocía a una persona, de la que le dio el nombre.

-Sí, pero ahora estoy muy ocupado –dijo él.

-Vengo a informarle que el señor ha fallecido –dijo el abogado.

El sastre se mantuvo impasible.

-Y vengo a decirle que suprimo lo dejó como su heredero universal.

Cuando la relación estaba madurando y él se sentía como en estado de gracia cada vez que se veían, un amigo le hizo una observación: “Las novias salen caras y hay que compartirlas”.

El sastre se perdió en los dédalos del amor hasta el día en que ella le dijo que había conocido a otra persona. Con él salía y se iba a casar.

Dolorido y con el corazón destrozado, fue cambiando las tijeras, el metro de tela, los alfileres, la máquina de coser y toda su indumentaria de trabajo por el alcohol hasta que, sin un cinco de la fortuna heredada y su negocio expirando, deambuló por las calles, desaseado, sucio, gritando que él era de aquel estado.

Un día se fue para siempre.

Amores compartidos


La técnica del corte y la confección, que ejerció cada día, fue durante años el motor de su vida, su bienestar personal. Tanto era así que los clientes no le faltaban. Más bien, necesitaba más tiempo para atenderlos y para atender a aquellos que, por primera vez, le pedían les hiciera trajes a la medida. De modo que su sastrería estaba en un estado inmejorable hasta que el amor le trastocó sus sentimientos y lo hundió para siempre.

No era cariñoso con los clientes, porque su carácter era adusto. Por eso algunos decían que siempre estaba enojado.

Eso habrá pensado el familiar que le visitó un día:

-¿Sabes quién soy? –le dijo el extraño, y le dijo su nombre-. Somos primos.

-Está bien –dijo él y lo miró con el rabillo del ojo-. Pero estoy muy ocupado. –Y siguió cortando la tela, un alfiler entre los dientes, el metro de tela colgándole del cuello.

Su pariente le informó casi con lenguaje de telegrama, que había venido del estado de donde ambos eran originarios; y quería que supiera que ya se había instalado en la ciudad. Le dijo que le había dado gusto encontrarlo. Y deslizó que en algún otro día, cuando no tuviera tanto trabajo, regresaría a saludarlo. El sastre apenas asintió con la cabeza.

Al familiar no lo volvió a ver, ni se interesó por saber algo más de él. Menos todavía, porque en esos días el corazón se le estaba alocando. Había conocido a una jovencita de finas facciones y modales, con quien, le parecía, estaba habiendo empatía. De manera que había cambiado sus rutinas diarias por algunos paseos cerca de donde la encontraba. Y cada vez que se veían, hacía que se trataba de una pura casualidad hasta que las casualidades dejaron de existir y empezaron una relación.

Un día de esos llegó un abogado a la sastrería, se presentó, y le preguntó si conocía a una persona, de la que le dio el nombre.

-Sí, pero ahora estoy muy ocupado –dijo él.

-Vengo a informarle que el señor ha fallecido –dijo el abogado.

El sastre se mantuvo impasible.

-Y vengo a decirle que suprimo lo dejó como su heredero universal.

Cuando la relación estaba madurando y él se sentía como en estado de gracia cada vez que se veían, un amigo le hizo una observación: “Las novias salen caras y hay que compartirlas”.

El sastre se perdió en los dédalos del amor hasta el día en que ella le dijo que había conocido a otra persona. Con él salía y se iba a casar.

Dolorido y con el corazón destrozado, fue cambiando las tijeras, el metro de tela, los alfileres, la máquina de coser y toda su indumentaria de trabajo por el alcohol hasta que, sin un cinco de la fortuna heredada y su negocio expirando, deambuló por las calles, desaseado, sucio, gritando que él era de aquel estado.

Un día se fue para siempre.