/ miércoles 7 de febrero de 2018

Las mamás del colegio

Por Lucía Villarreal / Escritora colaboradora

 

Con las que coincides de lunes a viernes quince minutos a la hora de la salida. Las que comen junto a ti dos veces por semana en la cafetería. Quienes te pueden pedir un favor en el último minuto. Aquellas que sirven de contención cuando a una de ustedes se le cae el mundo encima. Las conoces desde hace relativamente poco tiempo, pero al verse a diario, las mamás del colegio se han convertido en verdaderas amigas.

La que en la primera junta fue amable contigo con una mirada. Aquella que te invitó a sentarte y te preguntó que dónde estaban antes de llegar al colegio. Con la que coincidiste en un comité y se dieron cuenta que tenían mucho en común. O con quien conversabas en la misma banca martes y jueves de cuatro a cinco, mientras terminaba la clase vespertina de los hijos.

Las que en el día de tu cumpleaños te invitan a desayunar. Las que comparten contigo ideas básicas de cómo festejar una graduación de sexto o secundaria. Las que se preocupan con los mismos temas que te preocupas tú. Con quienes puedes rebotar ideas sobre la crianza de los hijos. Aquellas que te llaman cuando tardas en llegar a la salida de la escuela, porque quieren confirmar que todo esté bien.

Las que, si te ven preocupada, preguntan. Ellas que están enteradas de la saga con tu empleada doméstica. A quienes contaste de los resultados del papanicolaou y luego estuvieron al tanto hasta que te dieron de alta. Aquellas dos que te llevaron a emergencias con tu hija descalabrada para que no tuvieras que manejar. Las primeras a quienes contaste que tu esposo se iba a quedar sin trabajo.

Ella que te ayudó cuando tu auto se quedó sin batería en la fila del colegio en un día de lluvia. La que se llevó a tu hija a comer a su casa cuando no alcanzabas a llegar al colegio y tu esposo estaba fuera de la ciudad. La que se desahogó contigo y la que te escuchó cuando fuiste tú quien tenía que desahogarse. Quie en un principio era “la mamá de”, ahora es tu entrañable comadre.

A la que viste mes a mes mientras le iba creciendo la barriga y ahora su bebé ya camina. La que se encontró y te compartió una foto vieja del festival de arte donde las hijas de ambas estaban tan pequeñas. Ella que emprendió un proyecto personal al mismo tiempo que tú y se han apoyado mutuamente. A las que más extrañaste cuando te cambiaste de ciudad, porque esa red de apoyo toma tiempo construirla. Aquel grupo heterogéneo de yoguis, dentistas, agentes de bienes raíces, empresarias, fashionistas y amas de casa que juntas demostraron cómo las diferencias enriquecen las comunidades.

Ya tenías amigas: las de la primaria, las de la prepa, las de la universidad, las de tu primer trabajo y las del apostolado, hasta tus vecinas. Pero nada como la presencia amable y constante de aquellas mujeres con quienes coincides de lunes a viernes quince minutos a la hora de la salida.

escribe@luciavillarreal.net

Por Lucía Villarreal / Escritora colaboradora

 

Con las que coincides de lunes a viernes quince minutos a la hora de la salida. Las que comen junto a ti dos veces por semana en la cafetería. Quienes te pueden pedir un favor en el último minuto. Aquellas que sirven de contención cuando a una de ustedes se le cae el mundo encima. Las conoces desde hace relativamente poco tiempo, pero al verse a diario, las mamás del colegio se han convertido en verdaderas amigas.

La que en la primera junta fue amable contigo con una mirada. Aquella que te invitó a sentarte y te preguntó que dónde estaban antes de llegar al colegio. Con la que coincidiste en un comité y se dieron cuenta que tenían mucho en común. O con quien conversabas en la misma banca martes y jueves de cuatro a cinco, mientras terminaba la clase vespertina de los hijos.

Las que en el día de tu cumpleaños te invitan a desayunar. Las que comparten contigo ideas básicas de cómo festejar una graduación de sexto o secundaria. Las que se preocupan con los mismos temas que te preocupas tú. Con quienes puedes rebotar ideas sobre la crianza de los hijos. Aquellas que te llaman cuando tardas en llegar a la salida de la escuela, porque quieren confirmar que todo esté bien.

Las que, si te ven preocupada, preguntan. Ellas que están enteradas de la saga con tu empleada doméstica. A quienes contaste de los resultados del papanicolaou y luego estuvieron al tanto hasta que te dieron de alta. Aquellas dos que te llevaron a emergencias con tu hija descalabrada para que no tuvieras que manejar. Las primeras a quienes contaste que tu esposo se iba a quedar sin trabajo.

Ella que te ayudó cuando tu auto se quedó sin batería en la fila del colegio en un día de lluvia. La que se llevó a tu hija a comer a su casa cuando no alcanzabas a llegar al colegio y tu esposo estaba fuera de la ciudad. La que se desahogó contigo y la que te escuchó cuando fuiste tú quien tenía que desahogarse. Quie en un principio era “la mamá de”, ahora es tu entrañable comadre.

A la que viste mes a mes mientras le iba creciendo la barriga y ahora su bebé ya camina. La que se encontró y te compartió una foto vieja del festival de arte donde las hijas de ambas estaban tan pequeñas. Ella que emprendió un proyecto personal al mismo tiempo que tú y se han apoyado mutuamente. A las que más extrañaste cuando te cambiaste de ciudad, porque esa red de apoyo toma tiempo construirla. Aquel grupo heterogéneo de yoguis, dentistas, agentes de bienes raíces, empresarias, fashionistas y amas de casa que juntas demostraron cómo las diferencias enriquecen las comunidades.

Ya tenías amigas: las de la primaria, las de la prepa, las de la universidad, las de tu primer trabajo y las del apostolado, hasta tus vecinas. Pero nada como la presencia amable y constante de aquellas mujeres con quienes coincides de lunes a viernes quince minutos a la hora de la salida.

escribe@luciavillarreal.net

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