/ martes 19 de noviembre de 2019

¿Por qué Evo importa?

Evo Morales representa mucho más que un debate entre creyentes y detractores de un fraude electoral. Supera por mucho la discusión sobre los informes de la OEA y las irregularidades en el proceso, y va más allá de los reclamos de sus afines sobre el supuesto golpe de estado que han querido anunciar a la comunidad internacional.

Evo es un recordatorio más sobre un fenómeno que ha obligado al estudio de la democracia en América Latina y a la viabilidad y futuro de ésta como sistema de gobierno en la región.

Apenas 40 años atrás celebrábamos la transición a la democracia de la mayoría de los países latinoamericanos cuando -de manera reciente- una contra ola autoritaria comenzó a golpear a diferentes naciones. La novedad fue que dichos regímenes pro autoritarios llegaban al poder por la vía de las urnas y ya no, por una guerrilla, una revolución o un golpe de estado. Los nuevos gobernantes de esta estirpe buscaban y buscan mantenerse largos períodos de tiempo en el poder, pero usando las urnas como instrumento legitimador de sus múltiples reelecciones. La lista se ha hecho larga: Chávez, Maduro, Ortega, los Kirchner, Correa y claramente, también Evo.

El esquema enunciado ha abierto un debate completamente nuevo. Muchas veces se habló de una posible regresión autoritarita en América Latina a través de un re empoderamiento militar, pero la realidad está demostrando que dicha regresión se ha gestado a través de cambios constitucionales y electorales promovido por mayorías y usando para ello el sistema de reglas establecidos por y para la democracia.

Al menos Bolivia, Nicaragua y Venezuela han permitido constitucionalmente la reelección indefinida de sus presidentes, y otros 11 países de centro y Sudamérica han posibilitado dicha reelección de manera consecutiva o no consecutiva (en un esquema de repetición de mandato mientas este no se haga en los años inmediatos posteriores a la conclusión del encargo). Solo 4 países: Colombia, México, Guatemala y Paraguay han cerrado hasta el momento la puerta a cualquier posibilidad de que una misma persona pueda reelegirse.

El rostro de la democracia en la región parece estar cambiando, impulsado por dos características fundamentales: 1) una creciente desilusión del modelo conocido de democracia liberal y 2) el resurgimiento de los liderazgos unipersonales.

La desilusión por la democracia va a su vez ligada a la falta de efectividad que ha tenido el modelo económico de libre mercado para generar fuertes y amplias clases medias como sí lo ha hecho en otras regiones del mundo. América Latina ha continuado usando un esquema de distribución de riqueza que poco ha logrado reducir la brecha entre ricos y pobres y que no contribuye a la movilidad social. Como lo ha establecido Joseph Stiglitz: el que nace pobre muere pobre y el que nace rico muere rico.

Quizás por ello se explica en mucho la apuesta de los electores por figuras carismáticas que proponen soluciones mágicas alejadas ya de la vía tradicional de mercado y/o de las decisiones consensuadas, pues esperan que dicha figura, y no ya un modelo de desarrollo, sea quien les ayude a reivindicar lo que los esquemas anteriores les han negado.

Por ello lo sucedido con Evo importa, e importa mucho, pues pareciera que la sociedad Boliviana ha marcado una contra tendencia a dicha apuesta por la figura unipersonal que busca perpetuarse en el poder. Porque el mensaje que manda Bolivia a América Latina es el de darle una segunda oportunidad a la democracia liberal a pesar de los múltiples errores que ha cometido. Porque hay una apuesta de largo plazo por el gobierno de los muchos basado en instituciones y en consensos.

La señal es tan relevante que puede precipitar el cambio de régimen en Venezuela y moderar la política populista impulsada por el recientemente electo presidente de Argentina. Tan relevante que reconstruye la geopolítica latinoamericana e inaugura un período donde habremos de atestiguar una recomposición del orden político regional.

Evo Morales representa mucho más que un debate entre creyentes y detractores de un fraude electoral. Supera por mucho la discusión sobre los informes de la OEA y las irregularidades en el proceso, y va más allá de los reclamos de sus afines sobre el supuesto golpe de estado que han querido anunciar a la comunidad internacional.

Evo es un recordatorio más sobre un fenómeno que ha obligado al estudio de la democracia en América Latina y a la viabilidad y futuro de ésta como sistema de gobierno en la región.

Apenas 40 años atrás celebrábamos la transición a la democracia de la mayoría de los países latinoamericanos cuando -de manera reciente- una contra ola autoritaria comenzó a golpear a diferentes naciones. La novedad fue que dichos regímenes pro autoritarios llegaban al poder por la vía de las urnas y ya no, por una guerrilla, una revolución o un golpe de estado. Los nuevos gobernantes de esta estirpe buscaban y buscan mantenerse largos períodos de tiempo en el poder, pero usando las urnas como instrumento legitimador de sus múltiples reelecciones. La lista se ha hecho larga: Chávez, Maduro, Ortega, los Kirchner, Correa y claramente, también Evo.

El esquema enunciado ha abierto un debate completamente nuevo. Muchas veces se habló de una posible regresión autoritarita en América Latina a través de un re empoderamiento militar, pero la realidad está demostrando que dicha regresión se ha gestado a través de cambios constitucionales y electorales promovido por mayorías y usando para ello el sistema de reglas establecidos por y para la democracia.

Al menos Bolivia, Nicaragua y Venezuela han permitido constitucionalmente la reelección indefinida de sus presidentes, y otros 11 países de centro y Sudamérica han posibilitado dicha reelección de manera consecutiva o no consecutiva (en un esquema de repetición de mandato mientas este no se haga en los años inmediatos posteriores a la conclusión del encargo). Solo 4 países: Colombia, México, Guatemala y Paraguay han cerrado hasta el momento la puerta a cualquier posibilidad de que una misma persona pueda reelegirse.

El rostro de la democracia en la región parece estar cambiando, impulsado por dos características fundamentales: 1) una creciente desilusión del modelo conocido de democracia liberal y 2) el resurgimiento de los liderazgos unipersonales.

La desilusión por la democracia va a su vez ligada a la falta de efectividad que ha tenido el modelo económico de libre mercado para generar fuertes y amplias clases medias como sí lo ha hecho en otras regiones del mundo. América Latina ha continuado usando un esquema de distribución de riqueza que poco ha logrado reducir la brecha entre ricos y pobres y que no contribuye a la movilidad social. Como lo ha establecido Joseph Stiglitz: el que nace pobre muere pobre y el que nace rico muere rico.

Quizás por ello se explica en mucho la apuesta de los electores por figuras carismáticas que proponen soluciones mágicas alejadas ya de la vía tradicional de mercado y/o de las decisiones consensuadas, pues esperan que dicha figura, y no ya un modelo de desarrollo, sea quien les ayude a reivindicar lo que los esquemas anteriores les han negado.

Por ello lo sucedido con Evo importa, e importa mucho, pues pareciera que la sociedad Boliviana ha marcado una contra tendencia a dicha apuesta por la figura unipersonal que busca perpetuarse en el poder. Porque el mensaje que manda Bolivia a América Latina es el de darle una segunda oportunidad a la democracia liberal a pesar de los múltiples errores que ha cometido. Porque hay una apuesta de largo plazo por el gobierno de los muchos basado en instituciones y en consensos.

La señal es tan relevante que puede precipitar el cambio de régimen en Venezuela y moderar la política populista impulsada por el recientemente electo presidente de Argentina. Tan relevante que reconstruye la geopolítica latinoamericana e inaugura un período donde habremos de atestiguar una recomposición del orden político regional.

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