/ miércoles 14 de marzo de 2018

Sólo para villamelones

La de San Marcos, en Aguascalientes, ha sido una plaza totalmente llena durante los festejos novilleriles ahí organizados los pasados fines de semana; la México, en cambio, ha sido un coso totalmente vacío durante la realización de festejos similares, en fechas coincidentes. El porqué de resultados de público tan opuestos es un buen tema por analizar.

La de San Marcos, una plaza de solera taurina de toda la vida en la capital hidrocálida, construida en un tiempo récord de poco más de mes y medio cuando el siglo diecinueve estaba por fenecer, tiene una capacidad de apenas cinco mil espectadores, mientras que la Monumental México alcanza un cupo de cuarenta y dos mil, aunque no pueden compararse las dimensiones poblacionales de la capital del país con la de la bella ciudad de Aguascalientes.

La lógica más elemental nos llevaría a la conclusión que, por simple índice poblacional, tendrían que asistir al llamado “coloso de Insurgentes” muchos más aficionados, llegados de todos los rumbos de la metrópoli capitalina, que a la plaza instalada frente al famoso Jardín de San Marcos, pero resulta que no. En Aguascalientes, por lo que se ve y se comprueba cada tarde de novillada, existe una afición mucho más sólida y amplia que en la Ciudad de México, y que en otros muchos lugares del país.

Es evidente que algo se ha estado haciendo muy bien en aquel pequeño Estado del centro de nuestra Nación, donde abundan los toreros, y también los jovencitos aspirantes a serlo en el futuro. Por el contrario, basta ver la entrada que registran las novilladas, y aún las corridas de toros, en la México, para entender que aquí algo se ha hecho muy mal.

La afición aguascalentense en evidente. Ahí se vive el ambiente taurino con pasión, dedicación y entrega, y ahí se celebra también la feria más importante del país, precisamente alrededor de una Fiesta que ha sido para ellos parte fundamental, no sólo de sus gustos, sino también de su economía.

Quienes se dedican al negocio del toro mucho deberían de aprender de Aguascalientes. Sobre todo, los empresarios que arriesgan su dinero y ofrecen espectáculos taurinos, muchas veces sin la repercusión que éstos deseablemente deberían tener. La pregunta sigue siendo cómo llevar gente a la plaza en tiempos que parecen no ser los mejores para este espectáculo cargado de misticismo, peligro y color.

Todos tendríamos que volver la mirada hacia Aguascalientes; no sólo hacia su popular y espectacular feria, sino hacia su trabajo cotidiano, incansable, apasionado, por una Fiesta que ahí, como se comprueba a cada festejo, goza de cabal salud.

La de San Marcos, en Aguascalientes, ha sido una plaza totalmente llena durante los festejos novilleriles ahí organizados los pasados fines de semana; la México, en cambio, ha sido un coso totalmente vacío durante la realización de festejos similares, en fechas coincidentes. El porqué de resultados de público tan opuestos es un buen tema por analizar.

La de San Marcos, una plaza de solera taurina de toda la vida en la capital hidrocálida, construida en un tiempo récord de poco más de mes y medio cuando el siglo diecinueve estaba por fenecer, tiene una capacidad de apenas cinco mil espectadores, mientras que la Monumental México alcanza un cupo de cuarenta y dos mil, aunque no pueden compararse las dimensiones poblacionales de la capital del país con la de la bella ciudad de Aguascalientes.

La lógica más elemental nos llevaría a la conclusión que, por simple índice poblacional, tendrían que asistir al llamado “coloso de Insurgentes” muchos más aficionados, llegados de todos los rumbos de la metrópoli capitalina, que a la plaza instalada frente al famoso Jardín de San Marcos, pero resulta que no. En Aguascalientes, por lo que se ve y se comprueba cada tarde de novillada, existe una afición mucho más sólida y amplia que en la Ciudad de México, y que en otros muchos lugares del país.

Es evidente que algo se ha estado haciendo muy bien en aquel pequeño Estado del centro de nuestra Nación, donde abundan los toreros, y también los jovencitos aspirantes a serlo en el futuro. Por el contrario, basta ver la entrada que registran las novilladas, y aún las corridas de toros, en la México, para entender que aquí algo se ha hecho muy mal.

La afición aguascalentense en evidente. Ahí se vive el ambiente taurino con pasión, dedicación y entrega, y ahí se celebra también la feria más importante del país, precisamente alrededor de una Fiesta que ha sido para ellos parte fundamental, no sólo de sus gustos, sino también de su economía.

Quienes se dedican al negocio del toro mucho deberían de aprender de Aguascalientes. Sobre todo, los empresarios que arriesgan su dinero y ofrecen espectáculos taurinos, muchas veces sin la repercusión que éstos deseablemente deberían tener. La pregunta sigue siendo cómo llevar gente a la plaza en tiempos que parecen no ser los mejores para este espectáculo cargado de misticismo, peligro y color.

Todos tendríamos que volver la mirada hacia Aguascalientes; no sólo hacia su popular y espectacular feria, sino hacia su trabajo cotidiano, incansable, apasionado, por una Fiesta que ahí, como se comprueba a cada festejo, goza de cabal salud.

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