/ miércoles 9 de enero de 2019

Sólo para villamelones

“La guerra” le llaman, o le llamaban en esos tiempos en que los jovencitos con ilusión de convertirse en toreros recorrían la legua en pos de una oportunidad, de “las tres” de alguna becerra, del sofoco en la oscuridad de la noche y el cansancio de caminar carreteras. “La guerra” le decían a ese eterno esperar, a esa insistencia tras una oportunidad que jamás llegaba, a las antesalas en las oficinas de los empresarios, al mirar lánguido tras el cristal de alguna cafetería de la vieja Ciudad de México.

Hoy quizá “la guerra” es distinta, pero se mantiene más viva que nunca. Hoy tal vez no sobreviven muchos de aquellos “chavales” que se jugaban la vida en las carreteras y los ruedos improvisados de pueblo, pero están los muchos otros que esperan una oportunidad. Hoy “la guerra” se ha transformado, pero subsiste.

Incluso me atrevo a pensar que “la guerra” ha escalado escaños de la maquinaria de la industria del toro, hasta alcanzar a aquellos toreros que han triunfado en los ruedos, pero que mantienen al cuello la férrea cadena de una especie de esclavitud laboral que les obliga a caminar por senderos trazados por los poderosos.

Sí, “la guerra” acaso no es tan visible con antes, como en aquellos tiempos en los que Luis Spota sitúa su legendaria novela “Más cornadas da el hambre”, pero ahí está. Si hoy viviera el escritor, autor también de “Casi el paraíso” y “Las horas violentas”, habría tenido que bautizar a su obra con tema taurino como “Más cornadas da el monopolio”.

Lacerante es la cantidad de nombres de toreros, jovencitos unos y más maduros otros, que se acumulan en los archivos de la memoria del espectador sin que aparezcan por algún cartel; dolorosa y cruel esa existencia de entrenamiento constante, de esperanza ciega, de paciencia franciscana, que no rinde fruto alguno. Larga lista de noveles toreros que podrían estar creciendo como profesionales y son colocados en el archivero, y también larga la de aquellos que prácticamente son obligados al retiro a base de ninguneo.

Y los otros, los que torean a la sombra de un emporio, que acaban descubriéndose abandonados de la mano de ese dios del poder, cuando deciden caminar por sí solos, también representan, de alguna manera, un ejemplo crudo de lo que es simple negocio.

Mientras, los espectadores esperan que un día las cosas cambien y el toreo sea, ¿vuelva a ser?, ese mundo donde la verdad acomoda todas las piezas. Ese donde “la guerra” se gana frente a un toro.

“La guerra” le llaman, o le llamaban en esos tiempos en que los jovencitos con ilusión de convertirse en toreros recorrían la legua en pos de una oportunidad, de “las tres” de alguna becerra, del sofoco en la oscuridad de la noche y el cansancio de caminar carreteras. “La guerra” le decían a ese eterno esperar, a esa insistencia tras una oportunidad que jamás llegaba, a las antesalas en las oficinas de los empresarios, al mirar lánguido tras el cristal de alguna cafetería de la vieja Ciudad de México.

Hoy quizá “la guerra” es distinta, pero se mantiene más viva que nunca. Hoy tal vez no sobreviven muchos de aquellos “chavales” que se jugaban la vida en las carreteras y los ruedos improvisados de pueblo, pero están los muchos otros que esperan una oportunidad. Hoy “la guerra” se ha transformado, pero subsiste.

Incluso me atrevo a pensar que “la guerra” ha escalado escaños de la maquinaria de la industria del toro, hasta alcanzar a aquellos toreros que han triunfado en los ruedos, pero que mantienen al cuello la férrea cadena de una especie de esclavitud laboral que les obliga a caminar por senderos trazados por los poderosos.

Sí, “la guerra” acaso no es tan visible con antes, como en aquellos tiempos en los que Luis Spota sitúa su legendaria novela “Más cornadas da el hambre”, pero ahí está. Si hoy viviera el escritor, autor también de “Casi el paraíso” y “Las horas violentas”, habría tenido que bautizar a su obra con tema taurino como “Más cornadas da el monopolio”.

Lacerante es la cantidad de nombres de toreros, jovencitos unos y más maduros otros, que se acumulan en los archivos de la memoria del espectador sin que aparezcan por algún cartel; dolorosa y cruel esa existencia de entrenamiento constante, de esperanza ciega, de paciencia franciscana, que no rinde fruto alguno. Larga lista de noveles toreros que podrían estar creciendo como profesionales y son colocados en el archivero, y también larga la de aquellos que prácticamente son obligados al retiro a base de ninguneo.

Y los otros, los que torean a la sombra de un emporio, que acaban descubriéndose abandonados de la mano de ese dios del poder, cuando deciden caminar por sí solos, también representan, de alguna manera, un ejemplo crudo de lo que es simple negocio.

Mientras, los espectadores esperan que un día las cosas cambien y el toreo sea, ¿vuelva a ser?, ese mundo donde la verdad acomoda todas las piezas. Ese donde “la guerra” se gana frente a un toro.

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