/ miércoles 23 de enero de 2019

Sólo para villamelones

Los regalos suelen ser una grata experiencia. Sobre todo, cuando son inesperados y dados de buena fe.

No es el caso, me parece, de los regalos taurinos, tan de moda en estas tierras mexicanas a últimas fechas. Los toros de regalo, ésos que incrementaron su número significativamente, se están presentando con una frecuencia alarmante, y para prueba de esto basta revisar el elevado número de ellos que fueron lidiados en las plazas del país este fin de semana.

Lo que pudiera entenderse, en principio, como una buena intención de un torero, o como una necesidad legítima de agradar al respetable con un triunfo que no se dio en la lidia ordinaria, se vuelve un recurso barato y esconde en sus entretelares un comportamiento viciado de quienes hacen hoy en día la Fiesta

El toro de regalo se da en agravio a una de las características fundamentales de la Fiesta, que tiene que ver con la suerte y la equidad de quienes intervienen en ella, no solo porque se atenta contra el azar indivisible del rito taurino, sino porque, en muchos casos, conlleva un vicio oculto, una trampita poco elegante, de quienes tienen, como figuras, el poder para hacerlo.

Y es que los toros de regalo, que formalmente son simples reservas ya aprobadas por la autoridad, están en ese supuesto porque han sido llevados específicamente para ello, tratando de garantizar un triunfo que se posterga. El acuerdo en ese sentido, el consentimiento para ello de los demás alternantes, de alguna manera sobaja la tradición y las reglas de origen.

La Fiesta de los Toros tiene entre sus costumbres la de intentar lograr un reparto de suerte entre los que en ella intervienen; de ahí viene, y por eso sobrevive, el sorteo de las reses, previa confección de lotes. Puede resultarle bien, o no, a los protagonistas del festejo, pero precisamente en ello radica buena parte del interés en un espectáculo con siglos de existencia.

Efectivamente el toro de regalo no está prohibido, y hasta es aclamado por las mayorías, deseosas de ver a la figura, o no tan figura, triunfar, pero no es correcto, y debería erradicarse en la práctica cotidiana. Una costumbre que va adquiriendo en nuestro país una dimensión que, lejos de engrandecer a la Fiesta, la deteriora y demerita.

Estaría bien que ello se tomara en cuenta al momento de la redacción de nuevos reglamentos taurinos. Claro, cuando éstos se hagan de cara a los aficionados y no en lo oscurito, como parece ser también otra lamentable costumbre.

Los regalos suelen ser una grata experiencia. Sobre todo, cuando son inesperados y dados de buena fe.

No es el caso, me parece, de los regalos taurinos, tan de moda en estas tierras mexicanas a últimas fechas. Los toros de regalo, ésos que incrementaron su número significativamente, se están presentando con una frecuencia alarmante, y para prueba de esto basta revisar el elevado número de ellos que fueron lidiados en las plazas del país este fin de semana.

Lo que pudiera entenderse, en principio, como una buena intención de un torero, o como una necesidad legítima de agradar al respetable con un triunfo que no se dio en la lidia ordinaria, se vuelve un recurso barato y esconde en sus entretelares un comportamiento viciado de quienes hacen hoy en día la Fiesta

El toro de regalo se da en agravio a una de las características fundamentales de la Fiesta, que tiene que ver con la suerte y la equidad de quienes intervienen en ella, no solo porque se atenta contra el azar indivisible del rito taurino, sino porque, en muchos casos, conlleva un vicio oculto, una trampita poco elegante, de quienes tienen, como figuras, el poder para hacerlo.

Y es que los toros de regalo, que formalmente son simples reservas ya aprobadas por la autoridad, están en ese supuesto porque han sido llevados específicamente para ello, tratando de garantizar un triunfo que se posterga. El acuerdo en ese sentido, el consentimiento para ello de los demás alternantes, de alguna manera sobaja la tradición y las reglas de origen.

La Fiesta de los Toros tiene entre sus costumbres la de intentar lograr un reparto de suerte entre los que en ella intervienen; de ahí viene, y por eso sobrevive, el sorteo de las reses, previa confección de lotes. Puede resultarle bien, o no, a los protagonistas del festejo, pero precisamente en ello radica buena parte del interés en un espectáculo con siglos de existencia.

Efectivamente el toro de regalo no está prohibido, y hasta es aclamado por las mayorías, deseosas de ver a la figura, o no tan figura, triunfar, pero no es correcto, y debería erradicarse en la práctica cotidiana. Una costumbre que va adquiriendo en nuestro país una dimensión que, lejos de engrandecer a la Fiesta, la deteriora y demerita.

Estaría bien que ello se tomara en cuenta al momento de la redacción de nuevos reglamentos taurinos. Claro, cuando éstos se hagan de cara a los aficionados y no en lo oscurito, como parece ser también otra lamentable costumbre.

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