/ miércoles 17 de abril de 2019

Sólo para villamelones

Apenas el sábado pasado se cumplieron tres años de aquel indulto histórico de “Cobradiezmos” en la Real Maestranza de Sevilla. Un toro cárdeno, de la ganadería de Victorino Martín, que salió en cuarto sitio y le cambió la vida, le marcó la existencia profesional, a Manuel Escribano, aquella tarde vestido de nazareno y oro.

“Cobradiezmos” se convirtió en una de las poquísimas reses que han sido indultadas en la plaza sevillana, pero no el único de la ganadería de Victorino Martín en correr con ese privilegio, a pesar de que se trata de una sangre a la que suelen darle la vuelta las figuras, por lo complejo de su comportamiento.

El domingo pasado, en fecha muy similar, también un encierro de Victorino Martín fue lidiado en Madrid; era el Domingo de Ramos, y para enfrentarse a él, tres toreros especialistas en las llamadas “corridas duras”: Fernando Robleño, Octavio Chacón y Pepe Moral. Y aunque todos deseábamos una tarde de triunfos, las cosas no se dieron, entre otras cosas por la mala forma de castigar en varas a los bureles.

No fue la mejor tarde, ni mucho menos, para Victorino Martín García, el hijo del ganadero fundador, y tampoco para los tres lidiadores, pues quien estuvo mejor, Chacón, acabó con una herida severa en una mano.

Pese a ello, no concuerdo con quien habla de una decadencia de los toros de esa afamada ganadería, pues si bien suelen ser ásperos y difíciles, cuando sale uno, que suele salir frecuentemente, la ocasión nos recupera la esperanza en el futuro de la Fiesta y nos explica los porqués de su existencia.

No son los de Victorino, acaso, los más bellos de lámina, ni los más impresionantes de presentación, pero son toros bravos, y eso es la principal de sus virtudes en tiempos donde otras son las características que abundan.

“Cobradiezmos”, por ejemplo, fue un toro que rascó en la arena, detalle tal vez irrelevante, y que no fue siempre a la primera llamada del inicio de las tandas de muleta, pero su entrega y la forma de humillar, arrastrando el hocico en la famosa arena de la Maestranza, no dieron pie a dudar sobre la decisión de perdonarle la vida, como lo pidió, aquella tarde, el tendido entero.

Por eso, por “Cobradiezmos” y por otros muchos toros que he visto de esa ganadería, yo no daría por acabados, o en franco declive, a los de Victorino Martín; antes bien, creo que hay que seguirla por donde esté anunciada, pues la seriedad de su trabajo revitaliza el espectáculo y nos da motivos para continuar en la siempre difícil brega de aficionado taurino.

La esperanza de que por la puerta de toriles salga otro “Cobradiezmos” no se extinguirá jamás.

Apenas el sábado pasado se cumplieron tres años de aquel indulto histórico de “Cobradiezmos” en la Real Maestranza de Sevilla. Un toro cárdeno, de la ganadería de Victorino Martín, que salió en cuarto sitio y le cambió la vida, le marcó la existencia profesional, a Manuel Escribano, aquella tarde vestido de nazareno y oro.

“Cobradiezmos” se convirtió en una de las poquísimas reses que han sido indultadas en la plaza sevillana, pero no el único de la ganadería de Victorino Martín en correr con ese privilegio, a pesar de que se trata de una sangre a la que suelen darle la vuelta las figuras, por lo complejo de su comportamiento.

El domingo pasado, en fecha muy similar, también un encierro de Victorino Martín fue lidiado en Madrid; era el Domingo de Ramos, y para enfrentarse a él, tres toreros especialistas en las llamadas “corridas duras”: Fernando Robleño, Octavio Chacón y Pepe Moral. Y aunque todos deseábamos una tarde de triunfos, las cosas no se dieron, entre otras cosas por la mala forma de castigar en varas a los bureles.

No fue la mejor tarde, ni mucho menos, para Victorino Martín García, el hijo del ganadero fundador, y tampoco para los tres lidiadores, pues quien estuvo mejor, Chacón, acabó con una herida severa en una mano.

Pese a ello, no concuerdo con quien habla de una decadencia de los toros de esa afamada ganadería, pues si bien suelen ser ásperos y difíciles, cuando sale uno, que suele salir frecuentemente, la ocasión nos recupera la esperanza en el futuro de la Fiesta y nos explica los porqués de su existencia.

No son los de Victorino, acaso, los más bellos de lámina, ni los más impresionantes de presentación, pero son toros bravos, y eso es la principal de sus virtudes en tiempos donde otras son las características que abundan.

“Cobradiezmos”, por ejemplo, fue un toro que rascó en la arena, detalle tal vez irrelevante, y que no fue siempre a la primera llamada del inicio de las tandas de muleta, pero su entrega y la forma de humillar, arrastrando el hocico en la famosa arena de la Maestranza, no dieron pie a dudar sobre la decisión de perdonarle la vida, como lo pidió, aquella tarde, el tendido entero.

Por eso, por “Cobradiezmos” y por otros muchos toros que he visto de esa ganadería, yo no daría por acabados, o en franco declive, a los de Victorino Martín; antes bien, creo que hay que seguirla por donde esté anunciada, pues la seriedad de su trabajo revitaliza el espectáculo y nos da motivos para continuar en la siempre difícil brega de aficionado taurino.

La esperanza de que por la puerta de toriles salga otro “Cobradiezmos” no se extinguirá jamás.

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