/ miércoles 24 de junio de 2020

Sólo para villamelones

Serán acaso los días de encierro y las largas y oscuras noches previas a ellos. El caso es que me puse a preguntarme por qué no me gustan las zapopinas.

El toreo, todos lo sabemos, es de gustos personales, de sentimientos particulares almacenados en algún rincón del alma. Por eso es el toreo lo que es, y si no fuera así, la unanimidad nos abrumaría y acabaría por aburrirnos. ¿Pero por qué, específicamente, no me gustan las zapopinas?

El toreo es de detalles más que de largas experiencias, de instantes que penetran por los ojos e inundan el alma; de momentos que conjugan distancia, ritmo, plasticidad y poder, convirtiéndolos en arte. Y para ello, una muleta, o un capote, son el instrumento.

Así que con estos trastos de torear se pueden producir, cuando el instrumentista es talentoso y la fiera engañada brava, momentos como esos que todos aspiramos a ver, más allá de que se repitan con insistencia, o que se rematen con el acero. Instantes que se convierten en eternos.

Y en la lista de posibilidades para lograrlo también están las zapopinas, que parecen entusiasmar a un amplio sector de los curiosos y apasionados espectadores de los tendidos. Pero a mí -creo que quedó claro a estas alturas- no me gustan.

Como buena parte de aficionados, las intuyo en cuanto el diestro toma el capote por la mitad de la tela y se pone a distancia del burel para citar de largo, y distingo bien a los toreros que suelen practicarlas, como es el caso, por ejemplo, de los hermanos Adame, quienes las han adoptado como un recurso cotidiano para coronar el primer tercio.

En España les llaman “lopecinas”, en referencia a Julián López, “El Juli”, quien las rescató de ser un simple remate, creado por Miguel Ángel Martínez, “El Zapopan”, para ejecutarlas por abajo, dándoles un toque de chicuelina y enlazándolas con otras para convertirlas en tanda, a la que remata con media verónica.

Pero si ponemos a las zapopinas en la mesa de las disecciones, descubrimos las ventajas que adopta quien las ejecuta. El vistoso abaniqueo de la tela con el que se cita y se espera al toro es tan atractivo a la vista del espectador, que éste difícilmente se pone a observar los pies del torero, que tiene manga ancha para bailar sobre la arena al más puro estilo Nuréyev.

Mientras las chicuelinas exigen la quietud de quien las estructura, las zapopinas, por el contrario, dan manga ancha para desplazarse, y peor aún, para salir del encuentro con burdo paso al costado. Todo gracias a la vistosidad de los revoloteos del capote.

Algo tendré que agradecerle al confinamiento, pues descubrí que mi disgusto por las zapopinas escapa a una mera cuestión de plasticidad, y tiene que ver, más bien, con la verdad y el riesgo, sin los cuales los detalles de eternidad que nos regala el toreo simplemente brillarán por su ausencia.

Y a usted, ¿le gustan las zapopinas?

Serán acaso los días de encierro y las largas y oscuras noches previas a ellos. El caso es que me puse a preguntarme por qué no me gustan las zapopinas.

El toreo, todos lo sabemos, es de gustos personales, de sentimientos particulares almacenados en algún rincón del alma. Por eso es el toreo lo que es, y si no fuera así, la unanimidad nos abrumaría y acabaría por aburrirnos. ¿Pero por qué, específicamente, no me gustan las zapopinas?

El toreo es de detalles más que de largas experiencias, de instantes que penetran por los ojos e inundan el alma; de momentos que conjugan distancia, ritmo, plasticidad y poder, convirtiéndolos en arte. Y para ello, una muleta, o un capote, son el instrumento.

Así que con estos trastos de torear se pueden producir, cuando el instrumentista es talentoso y la fiera engañada brava, momentos como esos que todos aspiramos a ver, más allá de que se repitan con insistencia, o que se rematen con el acero. Instantes que se convierten en eternos.

Y en la lista de posibilidades para lograrlo también están las zapopinas, que parecen entusiasmar a un amplio sector de los curiosos y apasionados espectadores de los tendidos. Pero a mí -creo que quedó claro a estas alturas- no me gustan.

Como buena parte de aficionados, las intuyo en cuanto el diestro toma el capote por la mitad de la tela y se pone a distancia del burel para citar de largo, y distingo bien a los toreros que suelen practicarlas, como es el caso, por ejemplo, de los hermanos Adame, quienes las han adoptado como un recurso cotidiano para coronar el primer tercio.

En España les llaman “lopecinas”, en referencia a Julián López, “El Juli”, quien las rescató de ser un simple remate, creado por Miguel Ángel Martínez, “El Zapopan”, para ejecutarlas por abajo, dándoles un toque de chicuelina y enlazándolas con otras para convertirlas en tanda, a la que remata con media verónica.

Pero si ponemos a las zapopinas en la mesa de las disecciones, descubrimos las ventajas que adopta quien las ejecuta. El vistoso abaniqueo de la tela con el que se cita y se espera al toro es tan atractivo a la vista del espectador, que éste difícilmente se pone a observar los pies del torero, que tiene manga ancha para bailar sobre la arena al más puro estilo Nuréyev.

Mientras las chicuelinas exigen la quietud de quien las estructura, las zapopinas, por el contrario, dan manga ancha para desplazarse, y peor aún, para salir del encuentro con burdo paso al costado. Todo gracias a la vistosidad de los revoloteos del capote.

Algo tendré que agradecerle al confinamiento, pues descubrí que mi disgusto por las zapopinas escapa a una mera cuestión de plasticidad, y tiene que ver, más bien, con la verdad y el riesgo, sin los cuales los detalles de eternidad que nos regala el toreo simplemente brillarán por su ausencia.

Y a usted, ¿le gustan las zapopinas?

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