/ miércoles 19 de agosto de 2020

Sólo para villamelones

José Antonio Campuzano, de familia de toreros, fue uno de esos matadores de toros que se especializó en las corridas “duras” y que tuvo la entereza de llevar una carrera comprometida y alcanzar resonantes triunfos en plazas como las de Madrid y Sevilla. Tomó la alternativa, precisamente, en la capital andaluza en abril del 73, y fue a confirmarla a la capital española junio de ese mismo año.

Pero, tras su retiro, que se dio de manera definitiva en el año 2000, la fama le ha venido a José Antonio Rodríguez Pérez, que tal es su nombre real, por su exitosa carrera como apoderado. Lo ha sido de cerca de una decena de toreros, algunos de ellos sudamericanos, pero ha alcanzado los mejores momentos de esta nueva etapa de su vida con dos extraordinarios, a los que llevó de la mano en el mundo profesional del toreo desde que eran casi unos niños: Sebastián Castella y Andrés Roca Rey.

A Castella, a quien vio torear por primera vez en Francia siendo un jovencito y a quien apoderó por once años, llegó a considerarlo un hijo más, y lo encumbró hasta las primeras filas de la tauromaquia mundial. A Roca Rey, a quien también vio con catorce años en tierras sudamericanas, lo convirtió en el fenómeno de taquilla que actualmente es.

En alguna entrevista para la prensa española, Campuzano habría afirmado que es importante encontrar a las futuras figuras cuando son aún muy jóvenes, con doce o catorce años, pues hay tiempo para corregirles defectos. Y también sostuvo que el torero debe tener tres cualidades fundamentales: primero parecerlo, luego contar con vocación, y finalmente, si se puede, con inteligencia.

Siempre serio y discreto, el diestro sevillano en el retiro ha acompañado por años al torero peruano, y su experiencia ha sido fundamental para que éste alcanzara los niveles profesionales de los que hoy goza. En los despachos de las empresas, o en el callejón de las plazas, ha sabido ser el mentor que siempre necesita un joven en crecimiento; la guía y la luz para caminar por los siempre pantanosos caminos del oficio.

Sin que hasta el momento de escribir estas líneas se haya publicado alguna información oficial, los rumores se orientan en el sentido de que, en estos tiempos de pandemia y de parón, el acuerdo profesional entre Campuzano y Roca Rey ha concluido. Esa sería, creo, una mala noticia, pues el torero peruano le debe al mentor sevillano, en mucho, los alcances que su carrera ha tenido.

Pero el toreo, como la vida, no suele ser ni justo ni de circunstancias eternas. Habrá que esperar para conocer finalmente si los insistentes rumores tienen sustento, o si simplemente son el resultado de la mente de algún personaje con poco quehacer en estos difíciles tiempos. No tardaremos en averiguarlo.

José Antonio Campuzano, de familia de toreros, fue uno de esos matadores de toros que se especializó en las corridas “duras” y que tuvo la entereza de llevar una carrera comprometida y alcanzar resonantes triunfos en plazas como las de Madrid y Sevilla. Tomó la alternativa, precisamente, en la capital andaluza en abril del 73, y fue a confirmarla a la capital española junio de ese mismo año.

Pero, tras su retiro, que se dio de manera definitiva en el año 2000, la fama le ha venido a José Antonio Rodríguez Pérez, que tal es su nombre real, por su exitosa carrera como apoderado. Lo ha sido de cerca de una decena de toreros, algunos de ellos sudamericanos, pero ha alcanzado los mejores momentos de esta nueva etapa de su vida con dos extraordinarios, a los que llevó de la mano en el mundo profesional del toreo desde que eran casi unos niños: Sebastián Castella y Andrés Roca Rey.

A Castella, a quien vio torear por primera vez en Francia siendo un jovencito y a quien apoderó por once años, llegó a considerarlo un hijo más, y lo encumbró hasta las primeras filas de la tauromaquia mundial. A Roca Rey, a quien también vio con catorce años en tierras sudamericanas, lo convirtió en el fenómeno de taquilla que actualmente es.

En alguna entrevista para la prensa española, Campuzano habría afirmado que es importante encontrar a las futuras figuras cuando son aún muy jóvenes, con doce o catorce años, pues hay tiempo para corregirles defectos. Y también sostuvo que el torero debe tener tres cualidades fundamentales: primero parecerlo, luego contar con vocación, y finalmente, si se puede, con inteligencia.

Siempre serio y discreto, el diestro sevillano en el retiro ha acompañado por años al torero peruano, y su experiencia ha sido fundamental para que éste alcanzara los niveles profesionales de los que hoy goza. En los despachos de las empresas, o en el callejón de las plazas, ha sabido ser el mentor que siempre necesita un joven en crecimiento; la guía y la luz para caminar por los siempre pantanosos caminos del oficio.

Sin que hasta el momento de escribir estas líneas se haya publicado alguna información oficial, los rumores se orientan en el sentido de que, en estos tiempos de pandemia y de parón, el acuerdo profesional entre Campuzano y Roca Rey ha concluido. Esa sería, creo, una mala noticia, pues el torero peruano le debe al mentor sevillano, en mucho, los alcances que su carrera ha tenido.

Pero el toreo, como la vida, no suele ser ni justo ni de circunstancias eternas. Habrá que esperar para conocer finalmente si los insistentes rumores tienen sustento, o si simplemente son el resultado de la mente de algún personaje con poco quehacer en estos difíciles tiempos. No tardaremos en averiguarlo.

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