/ miércoles 26 de agosto de 2020

Sólo para villamelones

El escenario es un discreto ruedo de tientas; él vestido de pantalón blanco y calzado del mismo color, y una camisa desfajada y arremangada casi hasta los codos. La muleta en la mano zurda, la de cobrar, y enfrente una vaca de buen tamaño, negra de color y excelente de comportamiento.

Cita primero a dos manos y a distancia para dar un primer muletazo a media altura, suave y suficiente para colocar a la vaca a la distancia apropiada, y luego vuelve a citar, ayudándose apenas de la punta del estoque, como indicando el camino, para pegar el primer redondo por abajo, al que seguirían naturales, pases de pecho, y alguno de trinchera.

Nada de esta tarea en el campo puede pasar desapercibido para el ojo amante del buen toreo: la distancia, la largueza, la pulcritud, y, sobre todo, por encima de todo, el temple impecable.

Sesenta y ocho años lleva a cuestas el lidiador, sorprendido quizá sin quererlo por la cámara, y un largo historial en el mundo del toro, primero como matador y después como apoderado de toreros y empresario; hombre de fiar, amigo de sus amigos, que supo en carne propia lo que se siente tener rota la femoral y la safena por una cornada.

“Lo más importante para mí es sentirme torero”, habría afirmado alguna vez Manuel Antonio Vázquez Ruano, a quien todos conocen como Curro Vázquez, torero legendario nacido en Linares, que alcanzó la borla de matador de toros en la madrileña plaza de Vista Alegre, en octubre de 1969, y que la rubricó de manos de un mexicano, Antonio Lomelín, algunos meses más tarde.

En los años recientes, Curro Vázquez vino hasta estas tierras acompañando, primero, a Alejandro Talavante, y a su sobrino Cayetano Rivera después, en su carácter de apoderado. Siempre con su don de gentes natural, su mesura en los comentarios, su seriedad profesional.

“Si decimos que el toreo es grandeza, es hora de demostrarlo”, ha dicho hace apenas unas semanas el también apoderado de Pablo Aguado, al referirse a la situación por la que actualmente atraviesa la Fiesta, apelando a la generosidad de quienes la hacen posible y subrayando con eso que todos, desde su propia palestra, deberían ajustarse a los tiempos de apremio.

Un caballero fuera del ruedo que ahora, gracias a esas imágenes suyas en el campo bravo, reproducidas miles de veces, nos ha demostrado también que lo torero no se quita nunca. Mirándolo correr la mano con tal profundidad y templanza necesariamente recordamos lo que torear significa. Así de simple, así de llano, así de fácil, para quien nació para ello.

Curro Vázquez no solamente debe sentirse torero; definitivamente lo es.

El escenario es un discreto ruedo de tientas; él vestido de pantalón blanco y calzado del mismo color, y una camisa desfajada y arremangada casi hasta los codos. La muleta en la mano zurda, la de cobrar, y enfrente una vaca de buen tamaño, negra de color y excelente de comportamiento.

Cita primero a dos manos y a distancia para dar un primer muletazo a media altura, suave y suficiente para colocar a la vaca a la distancia apropiada, y luego vuelve a citar, ayudándose apenas de la punta del estoque, como indicando el camino, para pegar el primer redondo por abajo, al que seguirían naturales, pases de pecho, y alguno de trinchera.

Nada de esta tarea en el campo puede pasar desapercibido para el ojo amante del buen toreo: la distancia, la largueza, la pulcritud, y, sobre todo, por encima de todo, el temple impecable.

Sesenta y ocho años lleva a cuestas el lidiador, sorprendido quizá sin quererlo por la cámara, y un largo historial en el mundo del toro, primero como matador y después como apoderado de toreros y empresario; hombre de fiar, amigo de sus amigos, que supo en carne propia lo que se siente tener rota la femoral y la safena por una cornada.

“Lo más importante para mí es sentirme torero”, habría afirmado alguna vez Manuel Antonio Vázquez Ruano, a quien todos conocen como Curro Vázquez, torero legendario nacido en Linares, que alcanzó la borla de matador de toros en la madrileña plaza de Vista Alegre, en octubre de 1969, y que la rubricó de manos de un mexicano, Antonio Lomelín, algunos meses más tarde.

En los años recientes, Curro Vázquez vino hasta estas tierras acompañando, primero, a Alejandro Talavante, y a su sobrino Cayetano Rivera después, en su carácter de apoderado. Siempre con su don de gentes natural, su mesura en los comentarios, su seriedad profesional.

“Si decimos que el toreo es grandeza, es hora de demostrarlo”, ha dicho hace apenas unas semanas el también apoderado de Pablo Aguado, al referirse a la situación por la que actualmente atraviesa la Fiesta, apelando a la generosidad de quienes la hacen posible y subrayando con eso que todos, desde su propia palestra, deberían ajustarse a los tiempos de apremio.

Un caballero fuera del ruedo que ahora, gracias a esas imágenes suyas en el campo bravo, reproducidas miles de veces, nos ha demostrado también que lo torero no se quita nunca. Mirándolo correr la mano con tal profundidad y templanza necesariamente recordamos lo que torear significa. Así de simple, así de llano, así de fácil, para quien nació para ello.

Curro Vázquez no solamente debe sentirse torero; definitivamente lo es.

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