/ miércoles 2 de septiembre de 2020

Sólo para villamelones | Manolete

Dicen que lo primero que hizo con el sueldo de aquella su alternativa en Sevilla, el primero que recibía como matador de toros, fue recuperar el reloj y la cadena de oro de su padre, fallecido años atrás, del Monte de Piedad. Aquello representó uno de los primeros actos de retribución a lo que por él había hecho su madre, doña Angustias, por entonces ya viuda de dos toreros.

Manuel Rodríguez recibió la borla de matador de toros en la Maestranza sevillana cuando apenas iniciaba el mes de julio de 1939 y estaba concluyendo un guerra cruel y fratricida de tres años. Durante el conflicto bélico apenas se habían dado dos alternativas, las de Pascual Márquez y Juanito Belmonte, y Córdoba, la ciudad natal del alternativado, no contaba con un torero puntero desde las ya lejanas épocas de Rafael Molina, “Lagartijo”.

El espigado torero llevaba ya un apodo que habían portado otros seis matadores, el de “Manolete”, entre los que se contaba su propio padre, también del mismísimo nombre, que había incluso toreado en México y que tuvo la particularidad de ser el único matador que ha tenido que lidiar con anteojos, pues padecía de una progresiva ceguera que acabó por retirarlo de los ruedos.

También “Manolete” se había nombrado su abuelo, quien había sido banderillero de su hermano, el más famoso hasta entonces de la familia: José Dámaso Rodríguez, “Pepete”, quien murió de una herida que, en Madrid, le causó un toro de Miura. Su hermano, y abuelo de este nuevo “Manolete”, acabó retirándose y convirtiéndose en matarife del matadero de Córdoba, primero, y carnicero, después.

Con todos esos antecedentes taurinos, el joven Manuel Rodríguez no podía ser otra cosa mas que torero, pese a que doña Angustias, su madre, se había encargado de desaparecer de la casa familiar cualquier recuerdo que sobre ese mundo hubiese; tenía aún en el alma el dolor de esperar las noticias sobre la suerte en los ruedos de sus dos maridos ya muertos: Lagartijo Chico y Manuel Rodríguez.

El nuevo torero había crecido en un mundo preponderantemente femenino, no sólo por su madre, sino también por sus cinco hermanas, y se había formado con los Salesianos, de interno, leyendo libros de historia y jugando a la pelota, alejado de un ambiente que acabó por atraparlo en cuanto descubrió, aquí y allá en una ciudad y un barrio taurinos por excelencia, lo que el toro representaba en su sangre.

Lo que siguió después todos lo sabemos: Manuel Rodríguez se convirtió en una figura inconmensurable del toreo, desde aquella su primera temporada, ya como matador, cuando partió plaza en veintinueve ocasiones. Se convertiría en el más importante torero de su tiempo, incluso fuera de las fronteras españolas.

Hasta aquel 28 de agosto de 1947, acaso ya cansado de recorrer la legua y los cosos taurinos, acosado, como siempre son acosados los grandes, por los que empujan detrás y por las exigencias de un público cada vez más áspero. Aquel 28 de agosto en el que Islero, también de Miura como el que mató a su tío abuelo, le partió la femoral al entrar a matar sobre el ruedo de la pequeña plaza de Linares. Horas después, la madruga del 29, moriría el hombre y nacería la leyenda.

Hace unos días se han cumplido setenta y tres años de aquel deceso, y 81 años y dos meses de la tarde en que empezó a escribirse, en la Maestranza de Sevilla, la impresionante carrera del séptimo Manolete de la historia, aquel que recibió la muleta de Chicuelo, con Gitanilla de Triana como testigo, y liquidó a “Mirador”, que por poco salta a la arena con el nombre de “Comunista”, si es que a alguien no se le ocurriera a tiempo que aquel no era un buen nombre para una alternativa, y acabaran por cambiárselo un poco antes.

Dicen que lo primero que hizo con el sueldo de aquella su alternativa en Sevilla, el primero que recibía como matador de toros, fue recuperar el reloj y la cadena de oro de su padre, fallecido años atrás, del Monte de Piedad. Aquello representó uno de los primeros actos de retribución a lo que por él había hecho su madre, doña Angustias, por entonces ya viuda de dos toreros.

Manuel Rodríguez recibió la borla de matador de toros en la Maestranza sevillana cuando apenas iniciaba el mes de julio de 1939 y estaba concluyendo un guerra cruel y fratricida de tres años. Durante el conflicto bélico apenas se habían dado dos alternativas, las de Pascual Márquez y Juanito Belmonte, y Córdoba, la ciudad natal del alternativado, no contaba con un torero puntero desde las ya lejanas épocas de Rafael Molina, “Lagartijo”.

El espigado torero llevaba ya un apodo que habían portado otros seis matadores, el de “Manolete”, entre los que se contaba su propio padre, también del mismísimo nombre, que había incluso toreado en México y que tuvo la particularidad de ser el único matador que ha tenido que lidiar con anteojos, pues padecía de una progresiva ceguera que acabó por retirarlo de los ruedos.

También “Manolete” se había nombrado su abuelo, quien había sido banderillero de su hermano, el más famoso hasta entonces de la familia: José Dámaso Rodríguez, “Pepete”, quien murió de una herida que, en Madrid, le causó un toro de Miura. Su hermano, y abuelo de este nuevo “Manolete”, acabó retirándose y convirtiéndose en matarife del matadero de Córdoba, primero, y carnicero, después.

Con todos esos antecedentes taurinos, el joven Manuel Rodríguez no podía ser otra cosa mas que torero, pese a que doña Angustias, su madre, se había encargado de desaparecer de la casa familiar cualquier recuerdo que sobre ese mundo hubiese; tenía aún en el alma el dolor de esperar las noticias sobre la suerte en los ruedos de sus dos maridos ya muertos: Lagartijo Chico y Manuel Rodríguez.

El nuevo torero había crecido en un mundo preponderantemente femenino, no sólo por su madre, sino también por sus cinco hermanas, y se había formado con los Salesianos, de interno, leyendo libros de historia y jugando a la pelota, alejado de un ambiente que acabó por atraparlo en cuanto descubrió, aquí y allá en una ciudad y un barrio taurinos por excelencia, lo que el toro representaba en su sangre.

Lo que siguió después todos lo sabemos: Manuel Rodríguez se convirtió en una figura inconmensurable del toreo, desde aquella su primera temporada, ya como matador, cuando partió plaza en veintinueve ocasiones. Se convertiría en el más importante torero de su tiempo, incluso fuera de las fronteras españolas.

Hasta aquel 28 de agosto de 1947, acaso ya cansado de recorrer la legua y los cosos taurinos, acosado, como siempre son acosados los grandes, por los que empujan detrás y por las exigencias de un público cada vez más áspero. Aquel 28 de agosto en el que Islero, también de Miura como el que mató a su tío abuelo, le partió la femoral al entrar a matar sobre el ruedo de la pequeña plaza de Linares. Horas después, la madruga del 29, moriría el hombre y nacería la leyenda.

Hace unos días se han cumplido setenta y tres años de aquel deceso, y 81 años y dos meses de la tarde en que empezó a escribirse, en la Maestranza de Sevilla, la impresionante carrera del séptimo Manolete de la historia, aquel que recibió la muleta de Chicuelo, con Gitanilla de Triana como testigo, y liquidó a “Mirador”, que por poco salta a la arena con el nombre de “Comunista”, si es que a alguien no se le ocurriera a tiempo que aquel no era un buen nombre para una alternativa, y acabaran por cambiárselo un poco antes.

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