/ jueves 29 de abril de 2021

Sopa de letras | Los locos años veinte

Levantemos la vista al infinito. Hoy estamos fastidiados por los parones de vacunas que creíamos ya infalibles, por los cubre bocas, la sana distancia, el hastío y mil cosas más que podríamos poner en esta lista. Pero alejemos unos años del momento actual e intentemos situarnos en el 2030, por ejemplo, para mirar atrás hacia la década que apenas empieza. Es un ejercicio y acaso no sea todo tan voraz como creemos. Los paralelismos con la década equivale ante del siglo XX han hecho irresistible la proclamación de una especie de repetición de los agitados años veinte inmortalizados en el gran “Gatsby”, novelón de Scott en la película protagonizada por Leonardo Di Carpio en 2013. Nos sirve para entender un icono de esos años en los que después de la I Guerra Mundial, y una pandemia de gripe que había sesgado a millones de vidas, occidente se sumergió en un mundo vibrante de oportunidades, de crecimiento espectacular en bolsa, de consumo, hedonismo, excesos esperanza y vitalidad aunque acabó cómo acabó. Hoy gracias a la ciencia y las vacunas también esperamos salir de una pandemia que ha parado el reloj de la economía y de nuestras vidas.

Hoy llegan cambios vertiginosos, acelerados, además gracias a un trabajo en remoto que la pandemia ha adelantado siete años según una encuesta de la consultoría Mekinsey a partir de entrevistas con ejecutivos. “En estos años veinte se va consolidar la cuarta revolución industrial de la mano de la nanotecnología, la biotecnología, la ingeniería, genética y la inteligencia artificial.”

Hoy son los datos de la nube y la inteligencia artificial los que nos traerán saltos impresionantes. Medicina y fármacos personalizados, telemedicina, implantes cocleares, retinales o de estimulación del cerebro que nos llevarán a terrenos nuevos para la ética. Como la posibilidad de escuchar más frecuencias o aumentar nuestra memoria.

Así habremos cambiado en una década: educación a la carta y más horizontal, conducción sin conductor, por no hablar de vehículos que dejan de una vez atrás los combustibles fósiles.

Los agitados años veinte del siglo XX, fueron una huida hacia adelante porque no se aprendió de la pandemia y ahora hay que aprender de ella, no de cómo se pincha un brazo, si no del valor de la investigación. Vendrán más pandemias y si somos capaces de trasladar energía científica colectiva que a ella lo ha admirado y que ha hecho posibles estas vacunas a la prevención, podremos afrontarla mejor. Esperanza o pesimismo. Años veinte agitados o una pistola en la sien, del modelo civilizacional mundial. Las soluciones están ya escritas, destacan todas en los propósitos ante el cambio climático; los objetivos en el 2030, la inversión en ciencia, en educación, y el buen uso de la tecnología y la robótica, esta década tecnológica no tiene por qué ser una pesadilla no es una fuerza inevitable que estemos obligados a absorber. No tenemos que caminar sonámbulos hacia un futuro indeseable. La cuestión es que entre la euforia, el Charleston que venga, la moda deslumbrante y la promiscuidad social que anhelamos tras el confinamiento no imitemos a Gastsby cuando dijo, mientras señalaba a las estrellas en el cielo: “Mi vida tiene que ser así, siempre en ascenso”. Mirar siempre alrededor y no sólo hacia arriba nos ahorraría disgustos.

Levantemos la vista al infinito. Hoy estamos fastidiados por los parones de vacunas que creíamos ya infalibles, por los cubre bocas, la sana distancia, el hastío y mil cosas más que podríamos poner en esta lista. Pero alejemos unos años del momento actual e intentemos situarnos en el 2030, por ejemplo, para mirar atrás hacia la década que apenas empieza. Es un ejercicio y acaso no sea todo tan voraz como creemos. Los paralelismos con la década equivale ante del siglo XX han hecho irresistible la proclamación de una especie de repetición de los agitados años veinte inmortalizados en el gran “Gatsby”, novelón de Scott en la película protagonizada por Leonardo Di Carpio en 2013. Nos sirve para entender un icono de esos años en los que después de la I Guerra Mundial, y una pandemia de gripe que había sesgado a millones de vidas, occidente se sumergió en un mundo vibrante de oportunidades, de crecimiento espectacular en bolsa, de consumo, hedonismo, excesos esperanza y vitalidad aunque acabó cómo acabó. Hoy gracias a la ciencia y las vacunas también esperamos salir de una pandemia que ha parado el reloj de la economía y de nuestras vidas.

Hoy llegan cambios vertiginosos, acelerados, además gracias a un trabajo en remoto que la pandemia ha adelantado siete años según una encuesta de la consultoría Mekinsey a partir de entrevistas con ejecutivos. “En estos años veinte se va consolidar la cuarta revolución industrial de la mano de la nanotecnología, la biotecnología, la ingeniería, genética y la inteligencia artificial.”

Hoy son los datos de la nube y la inteligencia artificial los que nos traerán saltos impresionantes. Medicina y fármacos personalizados, telemedicina, implantes cocleares, retinales o de estimulación del cerebro que nos llevarán a terrenos nuevos para la ética. Como la posibilidad de escuchar más frecuencias o aumentar nuestra memoria.

Así habremos cambiado en una década: educación a la carta y más horizontal, conducción sin conductor, por no hablar de vehículos que dejan de una vez atrás los combustibles fósiles.

Los agitados años veinte del siglo XX, fueron una huida hacia adelante porque no se aprendió de la pandemia y ahora hay que aprender de ella, no de cómo se pincha un brazo, si no del valor de la investigación. Vendrán más pandemias y si somos capaces de trasladar energía científica colectiva que a ella lo ha admirado y que ha hecho posibles estas vacunas a la prevención, podremos afrontarla mejor. Esperanza o pesimismo. Años veinte agitados o una pistola en la sien, del modelo civilizacional mundial. Las soluciones están ya escritas, destacan todas en los propósitos ante el cambio climático; los objetivos en el 2030, la inversión en ciencia, en educación, y el buen uso de la tecnología y la robótica, esta década tecnológica no tiene por qué ser una pesadilla no es una fuerza inevitable que estemos obligados a absorber. No tenemos que caminar sonámbulos hacia un futuro indeseable. La cuestión es que entre la euforia, el Charleston que venga, la moda deslumbrante y la promiscuidad social que anhelamos tras el confinamiento no imitemos a Gastsby cuando dijo, mientras señalaba a las estrellas en el cielo: “Mi vida tiene que ser así, siempre en ascenso”. Mirar siempre alrededor y no sólo hacia arriba nos ahorraría disgustos.