/ miércoles 3 de julio de 2019

Valor-es Educación

Equidad e inclusión: la suma del respeto y el reconocimiento.


La diversidad humana -étnica, ideológica, biológica, cultural- se enfrenta a un gran reto social: la inclusión. Se trata de un principio indispensable para lograr la equidad pero, hasta hoy, no alcanzado. Diferentes grupos de personas con distintos grados de vulnerabilidad merecen las mismas oportunidades para gozar de sus derechos, ya sea salud, vivienda, trabajo o educación, por mencionar algunos. En el ámbito educativo, las universidades debemos, por convicción y congruencia más que por obligación, predicar con el ejemplo.

Por un lado están los problemas a los que nos enfrentamos con respecto a la comunidad LGBT+. Es preocupante ver como algunas posturas expresan, de forma intolerante, rechazo por este sector de la comunidad dadas sus preferencias sexuales, mismas que responden a su libre albedrío. Aunque la lucha de la comunidad LGBT+ ha dado frutos, es necesario continuar generando acciones tendientes a concientizar a la sociedad para eliminar la discriminación, basando las relaciones en el respeto.

En días pasados llamó mi atención también la intolerancia que se mostró frente a las feministas universitarias que exigen, como ya sucede en muchas universidades fuera y dentro de nuestro país, que su grado académico corresponda a su género. Esta acción no es irrelevante ya que visibiliza el papel femenino dentro del ámbito académico y laboral. Esta simple acción, completamente posible, no afecta de manera negativa a nadie desde el punto de vista académico, laboral o institucional. Al interior de las universidades los procedimientos administrativos deben actualizarse y en ello se incluye el uso del lenguaje apropiado y el reconocimiento del esfuerzo y papel de la mujer en todos los sentidos. Urge educar con perspectiva de género.

Pero ¿qué sucede con otros grupos? Si no somos capaces de incluir en nuestro entorno a personas sin limitación, sin alguna barrera adicional excepto la postura ideológica de “la mayoría” ¿cómo lograremos integrar a personas de grupos vulnerables? ¿Cómo implementaremos las estrategias -ya urgentes- para que jóvenes de escasos recursos, de comunidades indígenas o con diversidad funcional gocen de las mismas oportunidades? Los procesos administrativos y los modelos educativos tradicionales impiden la adecuada integración de personas con capacidades diferentes o de origen indígena. Las personas no deben adaptarse al sistema, el sistema es el que debe adecuarse a las necesidades de las personas. Urge innovar estrategias de enseñanza-aprendizaje que permitan brindar la oportunidad, no sólo de ingresar a la universidad, sino de permanecer en ella, de reconocer sus talentos para desarrollar sus potenciales y egresar como profesionistas capaces de desempeñarse con éxito en su área de conocimiento.

Debemos ya atravesar el umbral, librar las barreras que fomentan la intolerancia y la discriminación y pugnar por la equidad y la igualdad. Las universidades públicas somos la punta de la lanza y debemos rechazar acciones ancladas al puritanismo ideológico. Reconocerlo es el primer paso, dar el siguiente significa actuar y avanzar para lograr un verdadero cambio. Más allá de lo políticamente correcto, lo primero es lo socialmente justo.

Equidad e inclusión: la suma del respeto y el reconocimiento.


La diversidad humana -étnica, ideológica, biológica, cultural- se enfrenta a un gran reto social: la inclusión. Se trata de un principio indispensable para lograr la equidad pero, hasta hoy, no alcanzado. Diferentes grupos de personas con distintos grados de vulnerabilidad merecen las mismas oportunidades para gozar de sus derechos, ya sea salud, vivienda, trabajo o educación, por mencionar algunos. En el ámbito educativo, las universidades debemos, por convicción y congruencia más que por obligación, predicar con el ejemplo.

Por un lado están los problemas a los que nos enfrentamos con respecto a la comunidad LGBT+. Es preocupante ver como algunas posturas expresan, de forma intolerante, rechazo por este sector de la comunidad dadas sus preferencias sexuales, mismas que responden a su libre albedrío. Aunque la lucha de la comunidad LGBT+ ha dado frutos, es necesario continuar generando acciones tendientes a concientizar a la sociedad para eliminar la discriminación, basando las relaciones en el respeto.

En días pasados llamó mi atención también la intolerancia que se mostró frente a las feministas universitarias que exigen, como ya sucede en muchas universidades fuera y dentro de nuestro país, que su grado académico corresponda a su género. Esta acción no es irrelevante ya que visibiliza el papel femenino dentro del ámbito académico y laboral. Esta simple acción, completamente posible, no afecta de manera negativa a nadie desde el punto de vista académico, laboral o institucional. Al interior de las universidades los procedimientos administrativos deben actualizarse y en ello se incluye el uso del lenguaje apropiado y el reconocimiento del esfuerzo y papel de la mujer en todos los sentidos. Urge educar con perspectiva de género.

Pero ¿qué sucede con otros grupos? Si no somos capaces de incluir en nuestro entorno a personas sin limitación, sin alguna barrera adicional excepto la postura ideológica de “la mayoría” ¿cómo lograremos integrar a personas de grupos vulnerables? ¿Cómo implementaremos las estrategias -ya urgentes- para que jóvenes de escasos recursos, de comunidades indígenas o con diversidad funcional gocen de las mismas oportunidades? Los procesos administrativos y los modelos educativos tradicionales impiden la adecuada integración de personas con capacidades diferentes o de origen indígena. Las personas no deben adaptarse al sistema, el sistema es el que debe adecuarse a las necesidades de las personas. Urge innovar estrategias de enseñanza-aprendizaje que permitan brindar la oportunidad, no sólo de ingresar a la universidad, sino de permanecer en ella, de reconocer sus talentos para desarrollar sus potenciales y egresar como profesionistas capaces de desempeñarse con éxito en su área de conocimiento.

Debemos ya atravesar el umbral, librar las barreras que fomentan la intolerancia y la discriminación y pugnar por la equidad y la igualdad. Las universidades públicas somos la punta de la lanza y debemos rechazar acciones ancladas al puritanismo ideológico. Reconocerlo es el primer paso, dar el siguiente significa actuar y avanzar para lograr un verdadero cambio. Más allá de lo políticamente correcto, lo primero es lo socialmente justo.

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