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Identidad, tradición y turismo

  • Margarita Ladrón de Guevara
  • en BARROCO

JALPAN de Serra, Qro.- El turista posmoderno lo que busca ahora no es ni el sol ni el mar ni la arena, sino la cultura, la naturaleza y la vida rural tradicional. Para satisfacer esta demanda, los gobiernos han diseñado esquemas comerciales que hacen accesibles para los turistas, aquellas tradiciones o cualidades que identifican y hacen singular a una región o comunidad. Pero ¿qué tan benéfico es para la comunidad y sus procesos el hecho de ser un atractivo turístico? ¿qué tan legítimas son las atribuciones legales que permiten la patrimonialización de prácticas culturales por parte de los gobiernos? Investigaciones,  reflexiones, cuestionamientos y análisis al respecto se pusieron sobre la mesa en el marco del XXII Festival de la Huasteca, en Jalpan de Serra, en el transcurso del penúltimo fin de semana de octubre, festival que estuvo dedicado a los portadores de saberes y prácticas tradicionales ancestrales, llamados “Contadores del tiempo”.

La reflexión no sólo fue de antropólogos, etnomusicólogos o sociólogos, fue principalmente de los propios gestores culturales y portadores de las tradiciones musicales, dancísticas y gastronómicas de la huasteca. Y se abordó de manera directa en la presentación del libro Identidades en venta. Músicas tradicionales y turismo en México, publicado por la UNAM en 2016 y que describe y analiza casos concretos de Michoacán, Veracruz, Sonora, Jalisco y Quintana Roo, donde prácticas culturales autóctonas se han convertido en atractivos para el turismo en masa que busca ya no la playa y el sol, sino experiencias cargadas de exotismo, de contacto con otras culturas y entornos prístinos; un turismo que explora lo autóctono, la naturaleza y los ambientes culturales singulares de un lugar, como lo definió el antropólogo Federico Gerardo Zúñiga Bravo.

Los casos de la pirekua y la danza de los viejitos en Michoacán; el palo volador de Totonacapan y la Cumbre Tajín, en Veracruz; el canto tradicional de los comcaac y las bandas de viento itinerantes de Sonora; festivales y huapangueadas de la huasteca; el mariachi de Jalisco; y la música tradicional maya en el ambiente hotelero de Cancún son analizados en este libro que presenta las perspectivas positivas y negativas de la presencia turística, y no deja de lado asuntos como la sobreexplotación del entorno natural, la migración forzada o voluntaria, la propiedad intelectual y las iniciativas de los gobernantes amparadas en la ley.

En este escenario, salió a colación la reciente declaratoria de patrimonio inmaterial cultural de la Danza de los Concheros por parte del municipio de Querétaro, la cual amparada en la ley, se realizó sin consultas previas. “La justificación legalista no hace legítima la declaratoria” señaló el etnomusicólogo y miembro del Sistema Nacional de Investigadores Alejandro Martín de la Rosa, quien ofreció el ejemplo de la Cumbre Tajín, que ha masificado el turismo en la zona de Totonacapan, Veracruz, atraído por la tradición de los voladores, nombrada patrimonio inmaterial por la UNESCO. “Veracruz ha consolidado su patrimonialización pensando en el turismo efímero, de personas que se bajan del autobús, toman una foto, escuchan parte de la música, compran un suvenir, se suben al autobús otra vez, van a comer y se regresan a su lugar de origen”.

La danza conchera, el huapango, el mariachi, los voladores, son atractivos para diseñar leyes y programas para su difusión y explotación turística, dijo Martín de la Rosa, pero “nosotros debemos analizar nuestro papel como turistas y cómo interactuamos, afectamos o beneficiando a las personas de los lugares que visitamos”.

LA CULTURA COMO MERCANÍA

Desde hace 30 años las prácticas turísticas han evolucionado hasta diversificarse en estrategias que no tienen que ver sólo con el descanso sino con “vivir experiencias”. La explotación de estos distintos tipos de turismo ha fomentado la festivalización, espectacularización, souvenirización o disneyzación, califica Federico Gerardo Zúñiga Bravo, investigador de la Universidad Veracruzana.

En ese afán de diversificarse, se han creado categorías de turistas, como la de turismo étnico, el cual es atraído por las formas de vida de grupos humanos específicos y su música, danza, gastronomía, textiles y entorno natural.

En México, los gobiernos han creado planes y programas en torno a este tipo de turismo, los ejemplos ya consolidados son Pueblos Mágicos y Rutas. A nivel internacional, la UNESCO otorga nombramientos promovidos por los estados parte encaminados a la protección y salvaguarda, pero en muchos casos se ponen en riesgo delicados equilibrios en aras de satisfacer la demanda turística. Martín de la Rosa agrega más ejemplos: La tradición de las bandas de viento en Puerto Peñasco, Sonora, y en las músicas prehispánicas en Cancún. “Son dos casos extremos donde se junta el turismo de playa con la consolidación económica que hace que los músicos vayan a esos lugares. En ese sentido, estos músicos están pensando en obtener recursos y muchas veces se trasladan de sus zonas matriciales de donde es esta música tradicional”. Las bandas de viento de Sinaloa van a Puerto Peñasco durante semana santa porque el turismo pide su música. En cambio, en diciembre, el turismo que viaja a ese lugar es mayoritariamente de Estados Unidos y Canadá y pide otro tipo de música, como rock, jazz o reggae. Pero el mercado nacional pide música de banda de viento, “un proyecto turístico de playa detona la migración temporal o permanente de músicos y eso implica que pueda haber redes entre los músicos de aquellos que residen ahí con los que vienen de donde nace la tradición. Pero también se desarticulan las tradiciones locales por la migración a un polo turístico”.

El otro turismo es el “arqueológico”. México es conocido por sus zonas arqueológicas en todo el mundo y los gobiernos han aprovechado para patrimonializar prácticas culturales, como lo es la tradición de los voladores de Papantla.

El caso analizado en el libro Identidades en venta, se refiere a Totonacapan, sede de la Cumbre Tajín. “La música tradicional ha cambiado a partir de que se realiza esta danza del volador por el auge turístico, ya no se tocan todos los sones sino las más llamativas para el turismo; otro cambio es que ya no se ocupen palos de madera sino tubos que obligan a que no se haga el ritual completo” expone Martín de la Rosa. Este ritual ha sido declarado patrimonio inmaterial de la humanidad por la UNESCO.

Otro caso es la música purépecha llamada pirekua, también en la lista de la UNESCO. “Estas personas ya no cantan pirekuas en sus comunidades porque ahora se cantan en los restoranes o para quienes se bajan del autobús en la isla de Janitzio. Es decir, el entorno natural donde surgieron estas músicas empieza a desarticularse porque los músicos viajan al lugar turístico, además de que el repertorio se reduce porque el turista sólo pide las canciones que son famosas o posicionadas en esta visión mediática de sólo algunos sones”.

 EL TURISMO EN MASA

El antropólogo Ricardo López Ugalde, del área de etnografía del INAH Querétaro, realizó el análisis de la propuesta para declaratoria de la danza de concheros y concluyó, entre otras cosas, que no se estaban tomando en cuenta factores relacionados con la flor de cucharilla, planta usada en ofrendas rituales. Al ampliar la oferta y frecuencia de las danzas para beneficiar al turismo, se podría llegar a una sobreexplotación de esta planta y ponerla en peligro.

Precisamente el consumo no controlado de elementos naturales ubicables en el entorno cercano a donde se lleva a cabo alguna práctica cultural es expuesto en el citado libro. Madera para las máscaras de Michoacán, el palo para la danza de los voladores en Veracruz, son ejemplo, pues mientras en la zona lacustre michoacana de Janitzio o en Paracho, donde se manufacturan máscaras artesanales para satisfacer ese turismo masivo pero efímero se pone en riesgo no sólo la flora natural sino que la calidad de la artesanía se ha abaratado, en Veracruz la deforestación es un riesgo latente al necesitarse más palos de troncos milenarios para poder hacer la representación de los voladores más veces durante el año debido al turismo que espera que el ritual esté disponible siempre.

El caso de las huapangueadas fue abordado por Aideé Balderas Medina, quien es oriunda de la huasteca y bailadora de huapango, además de investigadora del Programa Cultural de la Huasteca de la Secretaría de Cultura. La huapangueada de Pahuatlán, en Puebla, congrega a miles de personas que no bailan sobre el tradicional tableado sino en la plaza y los tríos deben usar amplificadores e instrumentos eléctricos para poder superar con su música, el ruido de la gente. “Son festivales en los que masifica la venta de alcohol y no hay una convivencia que privilegie al son huasteco; el gobierno municipal convoca a esta fiesta para el turismo”.

Pahuatlán tiene la denominación de Pueblo Mágico y, según la descripción de la Secretaría de Turismo, la música es parte de la oferta cultural y del atractivo turístico, describe Balderas quien añade “el distintivo de Pueblo Mágico contribuye a darle mayor atractivo turístico a Pahuatlán. Sin duda, el son huasteco está arraigado en la región mucho antes que la denominación, pero ante esto nos preguntamos ¿qué cambios ha tenido el son huasteco al ejecutarse ante un público masivo?” Instrumentos eléctricos y la ausencia del tablado son un punto de partida.

Balderas contrastó el ejemplo poblano con el trabajo que hacen promotores en distintos pueblos o comunidades huastecos donde organizan festivales o fiestas y la gente tiene el control no sólo de la agenda sino incluso, de quién llega: son comunidades o pueblos que no tienen hoteles y los pobladores abren las puertas de sus casas para hospedar a las visitas. “Es un público muy específico el que acude a estas fiestas, y no se focaliza en el turismo sino en la comunidad y sus tradiciones” precisa la especialista.

Algo muy similar sucede durante la festividad de la Santísima Cruz de los Milagros, en Querétaro, las familias concheras reciben a los visitantes de otros estados en sus casas, les dan alimento y en conjunto participan de todos los ritos de la tradición.  Sin embargo, una parte de la plaza Fundadores, asentada en la loma de Sangremal donde se lleva a cabo la danza, en esos días está ocupada por mesas de los restoranes que reciben a los turistas atraídos por esta tradición.

Balderas cuestiona “¿Para quién son estas fiestas? ¿son para la comunidad o son para el turismo? Por eso es importante no difundir en demasía aquellas fiestas que de tradición son organizadas por las familias y celebran el trabajo realizado durante todo un año; si se masifica, pierden sus sentido comunitario”.

Alejandro Martín de la Rosa hace la diferencia entre el turismo masivo con aquel que tiene un sentido de pertenencia relacionado con su identidad. “Es como ir a un partido de fútbol en el estadio: durante 90 minutos, miles se sienten identificados y unidos por un código compartido, pero cuando se termina el partido la masa se disuelve; en cambio, existe la identificación comunitaria que es de largo aliento y tiene raíces profundas”.

“La valoración y conservación de una tradición no se da en un papel o en una cifra” concluyó el versador Pedro Marín. “La valoración está en cada uno de nosotros, no en un auditorio lleno sino en la familia, en los amigos, que cuando platiquemos con alguien les hablemos de nuestras raíces;  si una persona escucha una música o presencia baile tradicional y se siente tocado, entenderá su valor y lo respetará”.

 

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