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La planta loca

  • Redacción
  • en BARROCO

Por Alfonso Franco Tiscareño

La planta loca, silvestre, primero fue semilla volando al azar del viento. Botando, botando y rebotando entre la tierra, bruma y lodo, muchas noches oscuras, hasta que cayó  en su lugar, y qué lugar, no podía ser cualquiera. Antes preferiría morir.

La planta loca, fuga al viento, desobediencia de la lógica, guardaba su periodo previo en capullos de acero, en sonajas mágicas en un chu cu chu de acuerdo a la corriente que la estremecía. Era tan frágil. Cualquiera hubiera apostado a que no sobreviviría. Pero ahí estaba, bailando con la música que nadie escuchaba, con la melodía celestial. Chu cu chu, chu cu chu, sombra desconocida,  y en  apariencia inerte, de Dios. Chu cu chu cu chu  resbalando por sus tallos erectos. Chu cu chu chu cu chu, bailarina del silencio.

La planta loca se sabía ella desde antes de ser la hermosura que ahora se levantaba al sol de la tarde.  Se sentía hojas, flores, fanerógama, desde antes de que alguien la catalogara, existía desde siempre, antes que nadie la nombrara.  Era una canija amante de la libertad, y sin embargo, necesitaba de todos. Arriesgaba su existencia en cada tormenta, en cada golpe del azar.  Cuántos poetas había contemplado y cuántos a ella. Al poeta sol, a las  grandes poetisas el agua y la luna, al poeta  frijol,  a la máxima poetisa: la Tierra, y a los que no alcazaba a nombrar. Ella misma tenía alma de poeta, y por eso algunos la llamaron la Planta Loca. Qué más daba, podían llamarla como fuera, incluso despectivamente, eso tan sólo despellejaba un poco su alma sedienta de cariño, pero no la rendía ni la secaba, al contrario. Creían humillarla, pero tenían razón, era una planta loca, loca, loca.

Desde niña, con sus primeros pétalos, nunca cerró sus flores ni en las peores tormentas.  A veces abría sus manos al amanecer, y a veces despertaba tres horas después del sol y éste de todas  maneras la esperaba para acariciarla con  amor. También la castigaba con la luz cenital que quemaba su delicado cuerpo.

¡Qué importaba! Sabía que la estimaban la malva, el floripondio, el tepozán, la higuerilla, la rosa de la montaña y las plantas agrestes del monte entre cuyos terrenos se atrevía la planta loca a aposentarse.

No tenía más historia que esa, entre los campos de la tierra mexicana, junto al nopal, el agave, las rosas y las azucenas. Y aunque nadie la cortaba ni se fijaba en ella, era mejor, así vivía más a gusto. Muchos humanos estaban sedientos de fama y de dinero, matarían si fuera preciso por alcanzarlos. Ella no, estaba contenta así, pasando desapercibida para las miradas intrusas, gozando de sus intimidades secretas. Entregada a sus amigas  la hierbabuena, la hierba verde, el diente de león, el epazote y el amaranto.

Ella era así, había que aceptarla, sin historia, sin grandes aventuras. Y a la vez con vivencias profundas, sustanciales. El viento, el sol, las fuerzas oscuras y magnéticas de la tierra, la blancura de la luna, los eclipses en el cielo, la fuerza de los astros lejanos, el poder del oxígeno y del hidrógeno mezclados en la hermana agua, el calor del fuego que ya de por sí ardía en sus entrañas, la savia blanca que corría por sus venas, su configuración geométrica cantando al cielo, sus pistilos, sus pétalos, sus órganos sexuales, su perfume suave emanando para todos. Eso era ella.  Qué importaba que nadie se atreviera a hacerle un estudio que apreciara sus cualidades. Para los que la veían sin clavarse, ella era simplemente la planta loca, la pinche planta loca. Pero, qué importaba si a cambio, sus amigas las nubes, le hablaban desde el cielo bañándola con el líquido santo de sus gotas. Ay, nubes viajeras, buscando en todo el mundo siempre lo diferente.  Amigas con maleta distante, con agua del Egipto, guardando tempestades, violencia y quién sabe qué más. Esa agua estaba depositada en su cuerpo. Cómo no iba a estar loca si había probado todas las venturas.

También sentía con la tierra y la atmósfera su mortal sufrimiento: el calentamiento, aerosoles, abonos químicos, pesticidas, el humo de las fábricas, el cemento asfixiante, los iban minando poco a poco. Cielo y tierra sumaban su dolor para que la planta loca los expiara. Llanto del fuego apagado, el viento le contaba cómo lo envenenaban para que ella por sus alvéolos  purificara el sacramento de lo existente. Planta loca, silvestre, sabía bien que los demonios no existían, había captado que sólo polvo de estrellas armaba nuestras vidas, sabía muchas de las tiradas del azar posible, cancelaba toda ilusión malvada, calmaba la furia de los mutantes que parecían normales, cimbraba a los lentos, liberaba a los poseídos, era amuleto, pócima y amor. Oración natural, salmo glorioso atestiguando la esencia de las religiones.

Los ojos humanos estaban lejos de esta simple planta, ellos siempre querían la flor más hermosa del jardín, sin darse cuenta de cuánto lo era ella. Pero la planta loca seguía sonriendo. Magnánima se erguía sobre la putrefacción, arriba de las tumbas. Eso sí era verdad. Vida.

Planta loca, la noche y el día junto a su cuerpo, y ella siempre sobria esperando lo maravilloso, rolando sus semillas junto a los locos de este  mundo. Para éstos ella era su bendición, su santo, su demiurgo, su descanso, su llamada de la selva.

Salve para la simple planta loca y silvestre. Que algún niño se preocupe por ella, y si no, de todas maneras vivirá.

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