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Malala en México

  • Redacción
  • en BARROCO

Por Carlos Campos

El pareado es una estrofa de dos versos que riman entre sí, pudiendo dicha rima ser en consonante o asonante. Es la más sencilla de las estrofas. El siguiente es un célebre pareado tradicional pashtún: “Prefiero recibir tu cuerpo acribillado a balazos con honor/que la noticia de tu cobardía en el campo de batalla.”

Con este pareado abre la primera parte del libro Yo soy Malala (I Am Malala: The Girl Who Stood Up for Education and Was Shot by the Taliban, Back Bay Books, 2015) de Malala Yousafzai (Swat, Pakistán, 12 de julio de 1997), estudiante, activista, bloguera quien, a los 17 años, en el 2014, fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz por su lucha contra la supresión de los niños y los jóvenes, y por el derecho de todos los niños a la educación.

En su primera vez en México, el jueves 31 de agosto, Malala compartió en el Tecnológico de Monterrey su experiencia de vida, su lucha y compromiso por el acceso a la educación de los jóvenes en el mundo, principalmente, de las mujeres:

“Gracias por su apoyo, por apoyarme en la causa de la educación. Cuando veo a jóvenes como ustedes, me da más fuerza para luchar por la educación, dijo ante cerca de 2 mil 800 personas, principalmente jóvenes estudiantes de preparatoria y universidad, en el campus Santa Fe de la institución, y miles más que vieron la transmisión en campus de todo el país, como en Querétaro, en donde la seguimos en tiempo real.

“En mi comunidad veía que a las niñas no se les daban las mismas oportunidades que a los niños. A las niñas no se les daba educación. Ahora iré a la universidad y estoy muy agradecida […] No fue fácil ingresar a Oxford, pero esta es la educación que todo niño y niña merece […] La educación es importante y conocemos los beneficios, pero aun así hay gente que niega la educación, que no invierte en ella […] La educación es cambio”, agregó.

Foto: Especial

Foto: Especial

Por su parte, Salvador Alva, presidente del Tecnológico de Monterrey, afirmó sobre este encuentro que “no puede haber transformación social sin inclusión. El acceso a la educación de calidad puede hacer diferente la vida de las personas y los países; y Malala es un gran ejemplo en esta lucha y convicción”.

El día martes 9 de octubre del 2012, Malala se encontraba en plena etapa de exámenes. Al contrario de la mayoría de los estudiantes, y por su pasión por el estudio, Malala no se preocupaba por esta situación. Sobre el rickshaw de color brillante (hasta ahora me entero que así se llama el vehículo ligero de dos ruedas tirado por un hombre a pie, con la ayuda de pedales o motor diésel), Malala viaja apretujada con seis estudiantes rumbo a la escuela fundada por su padre, pero oculta desde la llegada del talibán a Pakistán.

La puerta metálica ornamentada y colocada sobre un muro blanco no da indicios de que en su interior se encuentra una escuela, un espacio mágico de libertad en el que las niñas podían liberarse de los pañuelos que cubren sus rostros. Tras subir con entusiasmo a las aulas que se encontraban en la planta alta, “Arrojábamos allí nuestras mochilas y después nos congregábamos para la reunión matinal bajo el cielo, firmes, de espalda a las montañas. Una niña ordenaba «Assaan bash», «¡Descansad!», y nosotras dábamos un taconazo y respondíamos «Allah.» Entonces ella decía «Hoo she yar», «¡Atención!», y dábamos otro taconazo, «Allah.” (p. 11).

Antes de la presencia del talibán, en la fachada del edificio ponía Colegio Kushal con letras rojas y blancas. Las niñas tienen clase de seis días a la semana. Malala asiste al curso de noveno grado, para las estudiantes de 9º grado (equivalente a tercero de secundaria), es decir, para niñas de 15 años de edad. Allí “memorizábamos fórmulas químicas, estudiábamos gramática urdu, hacíamos redacciones en inglés sobre aforismos como «no por mucho madrugar amanece más temprano» o dibujábamos diagramas de la circulación de la sangre… la mayoría de mis compañeras querían ser médicos.”

En periodo de exámenes la entrada a la escuela era a las 9 horas, y no a las 8 como solía ser en periodo regular. Aquella mañana del 9 de octubre pintaba bien para Malala, ya que no le gustaba levantarse tan temprano. A pesar de que la escuela no estaba lejos de su casa, Malala tenía que viajar en vehículo por el temor de su madre de que la niña sufriera un ataque. El reconocimiento por su activismo a favor de los derechos de niños y jóvenes ya había incomodado al régimen talibán. Tras el asesinato del amigo de su padre, éste también había sido objeto de advertencias: “Ten cuidado, tú serás el siguiente”.

Por ingenuidad o inocencia, Malala solía minimizar las amenazas: “Nunca han atacado a una niña”, decía, aunque no sin miedo solía asegurarse de que la puerta a la entrada del jardín de la casa en donde se encuentra la escuela estuviera bien cerrada. Viajaba con Moniba, su amiga mejor amiga, con quien compartía todo: “las canciones de Justin Bieber, las películas de Crepúsculo, las mejores cremas para aclarar la piel de la cara”. El sueño de Moniba era ser diseñadora, siguiendo la tendencia vocacional predominante en las niñas paquistaníes; el de Malala era convertirse en médico, inventora o política.

Trasbordaron a un dyna, una camioneta en donde se apretujaban veinte niñas, en una mañana bochornosa. Lo único que recuerda Malala es que el dyna dejó la carretera principal a doscientos metros de un puesto de control. En vehículo se detuvo súbitamente. Sin poder ver lo que ocurría adelante, las estudiantes vieron que al vehículo se acercaba un joven barbudo señalando con insistencia al chofer que se mantuviera en su sitio. ¿Es este el transporte del Colegio Krushal?, preguntó el joven, ¿quiero información de algunas de las niñas?, añadió. Pues le sugiero que vaya a la secretaría, dijo el chofer. Mientras los dos hombres hablaban un tercero se dirigió a la parte trasera de la camioneta. Moniba pensó que se trataba de un periodista que venía a entrevistar a Malala. El hombre vestía un gorro, un pañuelo sobre la nariz y tenía aspecto de estudiante universitario. Subió a la plataforma trasera y se inclinó sobre las estudiantes gritando: ¿Quién es Malala? Ninguna estudiante respondió, pero varias la miraron irremediablemente. Malala era la única estudiante que no tenía el rostro cubierto. Enseguida, el hombre levantó con su mano temblorosa una pistola ante el grito de las niñas. Moniba sintió que Malala le presionó el brazo. Fueron tres detonaciones las que hizo el sujeto: “La primera bala me entró por la parte posterior del ojo izquierdo y salió por debajo de mi hombro derecho […]. Las otras dos balas dieron a las niñas que iban a mi lado.”

Por su trato frívolo, no creo que Malala haya tenido la mejor de las acogidas en el ITESM. La anfitriona, la Dra. Ileana Rodríguez Santibañez cayó en los clicés más cercanos al mundillo del espectáculo que al ámbito académico y de los Derechos Humanos. Otra vez será.

@doctorsimulacro

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