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Tres caídas, primera parte

  • Redacción
  • en BARROCO

Por Carlos Campos

El Sindicato Único del Personal Académico de la Universidad Autónoma de Querétaro (SUPAUAQ), me extendió la invitación para participar como autor en la mesa 3 del ciclo de lecturas “La prosa tiene la palabra”, cuyos objetivos principales son reunir una muestra significativa de la obra de escritores de nuestro entorno cultural y contribuir a su divulgación. El ciclo de lecturas es iniciativa del poeta José Luis de la Vega. En la mesa 3 tuve el honor de participar al lado de Alejandra Camposeco, Alma Consuelo Hernández Olguín y Blas C. Terán, con Leslie Dolejal como anfitrión. En muestra de agradecimiento al SUPAUAQ, presidido por el maestro José Saúl García Guerrero, a los enormes talentos que compartieron la mesa conmigo, y a los asistentes, me tomo la libertad de compartir en esta ocasión por escrito, en dos partes, el texto que leí en dicha mesa el pasado lunes 25 de septiembre.

No se me pregunte cómo nació ni cómo llegó a la Tierra. De él solamente se sabe que apareció como dios nos deyecta al mundo, desnudo junto a las vías del tren de la estación Héroes de Nacozari, del vetusto barrio Tres Caídas. Un niño moreno, rollizo, con el pelo azabache grueso, que en lugar de gemidos lanzaba aullidos fatales como los de un armiño en celo. Una ciudad aciaga en tiempos de zozobra, cuando los sismos, la deuda externa, las caídas del sistema, la guerrilla indígena y la inflación azotaban aquel barrio mestizo.

Por el murmullo perenne del chisme se cuenta que su padre se llamaba José, un alcohólico trabajador del rastro municipal. Fue él quien lo encontró mientras regresaba a casa completamente borracho. José lloraba porque su patrón le había negado el control de la paila que tantas veces le habían prometido; el niño lloraba porque le habían negado el seno de una familia, o porque su familia lo había negado a él, vaya usted a saber.

Rastrero de siempre, José cargó el pesado bulto con el cuidado de quien carga a un cordero herido, quizás lo atropelló el tren de las seis, tejió José en su delirio etílico. Cuando hubo retirado la jerga que cubría el rostro del infante, éste sustituyó el llanto por una mueca adusta que provocó escalofríos a José. Qué pinche niño tan horripilante me fui a encontrar, gritó José no sin ansias de arrojarlo al río.

Al llegar a su casa, un cuarto en la vecindad ubicada en la calle 5 de Mayo, a 12 kilómetros del encuentro, Rafaela, la esposa de José desde hace veinte años, apenas iniciaba desde adentro la retahíla de insultos, pero al instante sucumbió en cuanto José posó frente a los ojos de la vieja al recién nacido. No ha llorado en todo el camino, a mí se me hace que está empachado, alcanzó a decirle José antes de caer dormido sobre el escudo de Cerveza Corona de la mesa de aluminio. ¿De dónde sacaste esto, José?, insistió Rafaela, pero sus gritos no surtieron efecto en el briago; tampoco tenía ganas de indagar demasiado como para ponerse a buscar a los padres al chamaco. Las horas interminables de oración en el templo de la Cruz suplicando por un hijo por fin han rendido frutos, pensó Rafaela, ¡Ea, pues, señora abogada nuestra, has vuelto a mí esos ojos misericordiosos!, dijo, y se puso a rezar un diostesalve, un credo y tres padresnuestros.

Sus discípulos aseguran que, en lugar de entrar a la escuela, el niño mesías recorrió a pie de gloria y aprendizaje los caminos sinuosos de la sierra gorda y del nudo mixteco, en donde tuvo el encuentro con los cuatro pilares de su existencia: fue nopal, pájaro, gato montés y fuego. Se dice que, a su regreso, por el camino a Tolimán y despojado de sus ropas, los vieron con un manto púrpura sobre el que caía una larga cabellera azabache y una banda de heno ceñida en la cabeza. Calzaba sandalias de cuero y llanta, abotonados por guirnaldas de mecate.

Se dice que por imposición de sus manos curaba a los enfermos. Todavía hay quien asegura que resucitaba a los muertos. A las afueras de los templos recitaba versos, con la prosodia de poeta paráclito. Su tono pomposo y prosaico les arrancaba alaridos orgásmicos a las plañideras más longevas. Lo hacía sobre piedras, en el camión de la ruta 67, por la ribera del río, a la sombra de los nopales, en la cancha de fut o en la cripta más alta del cementerio, con sus manos extendidas y la cabeza erguida al cielo. Primero lo siguieron los ebrios, las putas, los adúlteros, los deudores con orden de embargo y los lisiados, éstos últimos reptando a la retaguardia del tropel. Luego fue el pueblo en masa, prosternado a su alrededor para escuchar la palabra de dios en voz de su hijo.

Al cobijo del cielo bengala que retumbaba en baldosas, la plebe llegaba desde inauditos arrabales buscando al Jesús Cristo, pues ese nombre le había impuesto su madre, orgullosa de que su hijo no le hubiera salido mariguano, narco, sicario, soldado o político. Se hizo costumbre verlo escoltado por mujeres morenas con las tetas al viento, que caminaban en procesión con sus brazos colmados de ofrendas. Jesús Cristo respondía declamando advenimientos y profecías, con canciones que aludían al manto estelar, con efluvios melódicos de quien anuncia la buena nueva, señalando a la bola de fuego que solemos llamar sol. Y al amor, que todo lo incluye en su vasta esfera cosmogónica: Somos los retazos que se han desprendido de esa esfera. Nos hemos reducido a insinuaciones de odio a nosotros mismos, proclamaba.

Con la enfermedad, Rafaela se volvió violenta y José se extravió en su delirio permanente. Tras la muerte de sus padres, Jesús Cristo declaró que era el hijo del fuego. Quienes lo vieron crecer predijeron que estaría sometido al dominio de una mujer. Magdalena, la puta que se enjaretaba a los traileros que solían repostar en el paradero del libramiento norte, sería el sino manifiesto del Jesús Cristo.

@doctorsimulacro

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