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Yo no sé mañana, cuadragésimo novena entrega

  • Redacción
  • en BARROCO

Por Gabriel Vega Real

Por fin Artemisa se atrevió  a tocar el rostro, primero con un dedo, luego con otro; le meneó los cachetes. No tuvo la fortaleza para tentar la cara con toda la mano. Es horrible sentir el rostro de un cadáver y más horrible si aparece así nomás, de sopetón.

El ring ring del despertador sonó insistente, pero Artemisa no lo escuchó, su cerebro zumbaba y, ni la desesperación del reloj por despertar a Cayetano ni el ruido del tren pudieron hacer que reaccionara; estaba petrificada.

No es necesario decir que eran las seis con diez de la mañana. Todas las cosas que suceden sirven para algo; por ejemplo: el sonido del ferrocarril no fue para darle dramatismo al asunto de la muerte, sino para calcular la hora; el ruido de la máquina de acero retumba en las vías a las seis con diez de la mañana; a las seis, desde lejos, se oye su silbato anunciando su presencia. El silbato y el retumbar del tren, aunque melancólico, sólo sirvieron para decir que eran las seis con diez de la mañana, la hora que anotó el doctor Giuseppe Luigi Candiani en el parte médico.

Hasta que abrió la reja, Artemisa pudo hablar. Dijo que lo encontró muerto cuando oyó bufar al ferrocarril.

A las siete de la mañana, en el momento en que el repartidor aventó el periódico al jardín, empezó el bullicio de la calle y Artemisa pudo salir. Se sacudió para tirar la sensación de haber tocado la cara de su difunto esposo y se miró al espejo. La soledad se recrudeció: la soledad nueva, la que apachurra; el vacío  que empieza se reflejó en la nueva doña Artemisa Bracamontes.

Nadie puede permanecer estático ante la sorpresa de amanecer con un difunto, pero algo hay que hacer cuando inicia la soledad perpetua.

Doña Artemisa Bracamontes no sabía mañana, sabía hoy que le palpó el rostro a su esposo.

Todavía sentía la piel tibia, el olor a tabaco de la boca de Cayetano y sus manos de uñas perfectamente recortadas recorriendo sus caderas y sus pechos. Vaya golpe. Hicieron el amor en la recámara de Artemisa y permanecieron en la cama hasta que Cayetano le besó la mejilla y fue a tomar su café con leche y a fumar su último cigarro. Aspiró el humo del tabaco, muy hondo, con mucho sentimiento, como si presintiera que algo iba a pasar.

Podría dar todos los detalles: que si las ventanas de madera permanecían abiertas, que si las cortinas de tergal se levantaban con el viento, que si en el comedor de cedro rojo estaban los cigarros, que si en los tibores de latón no había nada, pero eso sería alargar el momento en que Artemisa pudo tomar aire para soltar un quejido largo, profundo, lastimero, que se escuchó en toda la casa. Los gatos se estiraron y levantaron la cola, los perros se incorporaron y un montón de moscas revolotearon por la recámara. El quejido salió por las ventanas, como rayo corrió por el jardín, rebotó de las acacias y golpeó los rosales. Siguió por el pasillo de cantera hasta la reja de acero y se estrelló contra el metal. Ya menos estruendoso se escurrió a la calle, donde las muchachas de servicio de los vecinos dejaron la manguera con que lavaban la banqueta y fueron con el chisme a sus patrones.

Después del quejido a Artemisa se le vaciaron los pulmones por el llanto, pero el llanto quedó ahí, atorado en la puerta de la habitación de Cayetano. No salió al jardín como su primer lamento, el que dio el primer aviso.

Doña Artemisa Bracamontes salió del dormitorio y se paró en la puerta de caoba, donde iniciaban los tres escalones adornados con azulejo de Talavera. Ahí se quedó otro montón de tiempo hasta que, pasadas las ocho de la mañana, sonó la campana; primero tímidamente. Alguien dio tres jalones al cordel, pero Artemisa no oyó nada. Los perros menearon la cola y caminaron para olfatear la presencia del montón de gente que se atiborró en la calle. Nadie sabía lo que pasó. Fue un solo grito el que salió de la casa, un grito largo, doloroso que, como dije antes, se suavizó al rebotar con la reja del jardín y cayó a la calle, pero sirvió para alertar a los curiosos de que algo grave sucedía.

Después, el silencio.

La campana sonó descarada. Varios jóvenes intentaron saltar para auxiliar a sus vecinos, pero alguien, con prudencia, les ordenó que no lo hicieran.

Capaz que los asaltaron y los delincuentes están adentro de la casa.

Eso estuvo bien. No hay que actuar impulsivamente por un grito.

¿Qué pasaría?

sepa.

Los vecinos, las sirvientas, el policía y el muchacho del periódico permanecieron en silencio, expectantes en espera de que se abriera la puerta, como si fuera la puerta de los sustos cuando en la plaza de toros da salida a los astados.

Silencio incómodo afuera de la casa.

Artemisa vio que los perros regresaban y se echaron a sus pies.

Más silencio.

Hasta que la voz de la mañana alertó los sentidos de Artemisa y la volvió a su espantosa realidad. Su esposo estaba muerto. Y, aunque nadie sabía que Cayetano había fallecido se podía olfatear el deceso por todos lados. Hasta que se rompió el silencio.

¡La lecheee!

Gritó el lechero, pero en esta ocasión su anuncio no era para empezar a desayunar el día. Era una voz nueva, pero oscura a pesar de que el día ya se había amarilleado por el sol. Sin saber qué hacer, Artemisa entró a la cocina, del fregadero tomó el recipiente para que le surtieran cinco litros: dos para el desayuno y la merienda, y tres para los gatos. Era una leche cremosa, espumosa, de donde sacaba la nata para preparar las conchas y los bolillos dorados o comerla a cucharadas con azúcar. Caminó por los pasillos y, como los perros no pueden decir nada, sino mover el rabo y acompañar a su ama en sus ocupaciones, se volvieron a levantar. La acompañaron a la reja, claro, meneando la cola y sacando la lengua como si sonrieran. A lo mejor sí sonríen, pero, ¿qué ser vivo puede alegarse con la muerte? Definitivamente los perros no estaban contentos. Acompañaron a Artemisa y ya.

Con los hombros caídos y los pies pesados por el susto abrió la puerta. Los vecinos cuchichearon un montón de cosas: ya se imaginarán todo lo que hablaron o preguntaron o lo que sea. Con los ojos bañados en llano y las manos desmayadas, dijo que Cayetano estaba en su recámara y que lo encontró muerto cuando oyó bufar al tren. Todos quedaron estupefactos. En la noche lo vieron vivo entrar a su casa con el carro nuevo, como si partiera plaza.

El rumor de que Maryen estaba viva recrudeció. Marcelo Liberado estaba convertido en el magnate de las letras, durante mi sueño tuve una sacudida hípnica. Al despertar vi la tierra destrozada y buzos y tritones en las calles queretanas.

Continuará…

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