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Yo no sé mañana, cuadragésimo octava entrega

  • Redacción
  • en BARROCO

Por Gabriel Vega Real

Marcelo Liberado dio la penúltima revisión a la historia que incluirá en la novela Yo no sé mañana, la que dará a conocer en la terminal de camiones; se otorgó un receso. Había que alejarse, dejar reposar el texto y después de unas semanas le daría otra leída para quitar palabras ociosas, pleonasmos y reiteraciones inútiles; me mandó a disfrutar del Ritmo Delta de los sueños. Antes de enviarla al periódico, la revisó minuciosamente, pero tenía mucho por aprender, aun así se atrevió. El domingo, muy de mañana, irá al quiosco y leerá su Opera Prima. Le temblarán las manos al ver su nombre en Suplemento Cultural Barroco. La entregó sin autorización del maestro Leslie Dolejal; estaba consciente de la exigencia de su mentor.

Para entender su procedencia escribió lo que se platica en el Barrio de Mixcoac. Por las venas de Marcelo Liberado corre sangre mixcoata, lo supo por su madre, doña Manola Salinas Bracamontes.

Después de mucho insistir, el consejo editorial dictaminó que el texto se publicaría. Marcelo sintió que estaba en camino de la gloria.

Mataora

Marcelo Liberado Salinas

Todavía no aventaban el periódico al jardín, pero ya había terminado de hervir la leche. Los bolillos con nata estaban en la mesa, junto al cenicero y tres cajetillas de cigarros; cuando doña Artemisa Bracamontes amaneció viuda y permanecería así hasta su muerte, lo dijo cuando salió del panteón, pero quién sabe a quién se lo diría, había mucha gente en el entierro.

No tuvo tiempo de digerir la muerte de don Cayetano Salinas. Entró a la habitación de su esposo, la sorpresa la aventó a un rincón, junto a la puerta, como si fuera el burladero.  El cuerpo de su marido estaba tibio. Los gatos miraban el rostro recién fallecido y levantaban la cola al olfatear al muerto. Brincaban de la cama y se deslizaban por el suelo para volver a examinar el cadáver, mientras Artemisa quedó a un lado del ropero y la percha donde colgaba el sombrero, el traje de tres piezas, la corbata y los zapatos de su esposo, como si fuera el traje de luces de un matador de toros que se enfrentaría a la muerte.

Ahí estaba el hombre que amaba a los gatos y a los perros; muerto, con las manos en cruz como si al acostarse presintiera que al morir, sus seguidores se apiadarían de su seriedad de difunto y le colocarían un rosario en las manos. Se mantenía con los ojos abiertos, todavía no estaban secos; brillaban serios, serenos; adustos.

Los animales: perros y gatos que recogió en la calle; pávidos, con el lomo erizado; pensaban en silencio; los veinte echados en el jardín, con la cabeza encima de las patas y la mirada hacia el alma de su amo, que por ahí andaba, dando vuelta al ruedo, como si revisara sus cosas y sus cigarros. Leía un periódico y encendía un cigarro cada mañana, hasta que las colillas se amontonaron en la macetas y en los diarios,  tras la puerta de la recámara, en la cocina y en la cochera del jardín, donde el Bel Air quedó con la portezuela abierta esperando a que Cayetano lo abordara, pero Cayetano no abordó el Bel Air, sino una carroza fúnebre, negra; elegante como sus modos y la delicadeza de sus costumbres.

El día despertó amarillento. Por allá, a lo lejos, se escuchó el sonido del ferrocarril, aunque dentro y fuera de la casa todo era silencio. Pasó mucho tiempo hasta que Artemisa se pudo despegar de la pared, pero, ¿qué pasó?

sepa.

Cayetano era un hombre saludable, alto, bien parecido y caminaba por las calles como si partiera plaza; como torero caro. A ustedes les falta la debida experiencia para comprender sus maneras elegantes, erguidas y refinadas porque apenas lo están conociendo, pero ya de muerto. Si lo hubieran conocido cuando estaba vivo, lo más seguro es que lo confundirían con don Odilón Vega Garibay, con El Soldado, con Rodolfo Gaona o con cualquiera de los figurones del toreo.

Cayetano se metió a las cobijas después de tomar su café con leche, de fumar el último cigarro y quién sabe qué soñaría, a lo mejor con el Bel Air que acababa de comprar o con alguna de las chicas activistas que lo seguían por todas partes o con uno de sus más grandes logros. Gracias a su perseverancia, las asociaciones de Criadores de Toros de Lidia y la de Matadores y le prometieron que analizarían su propuesta de no matar  a los toros en las plazas.

La primera prohibición taurina se decretó en 1567, por Su Santidad, el papa Pio V.

Su cara era la de un muerto triunfador: serio, sereno; esbozaba una tibia sonrisa que se enfriaría conforme se recrudeciera la muerte. La leve sonrisa de un muerto seguro de sí mismo no desapareció ni cuando lo metieron a la caja ni cuando se escucharon las paladas de tierra que aventaron los sepultureros, las ovaciones de sus amigos íntimos y las protestas de los detractores de La Fiesta Brava. Su rostro era digno de un cartel, muy parecido al de Manuel Rodríguez, Manolete, cuando lo velaron en España, pero sonriente; el de Manolete nunca esbozó la más pálida de las sonrisas.

Vayan ustedes a saber cuánto tiempo pasó hasta que doña Artemisa se pudo acercar al cadáver de su esposo. Los gatos se aburrieron de tanto olor a muerto y se le embarraron en las piernas. Los perros se levantaron de su asombro y, menando la cola, fueron a hurgar en las cazuelas, a tomar agua en el estanque y a dar vueltas por el jardín. Aunque no sirva para nada, es necesario decir que cuando los perros paseaban por el jardín meneaban la cola como si estuvieran contentos.

Quién sabe qué piensan los perros cuando menean la cola.

Pasaban los minutos y doña Artemisa no se atrevía a tocar el rostro de su esposo; un muerto digno de la muerte; un muerto con toda la barba. Regresó a la pared, junto a los periódicos y el perchero con el sombrero encima de la ropa. Daba la impresión de que había dos Cayetanos; el que estaba en la cama y el del perchero, pero sólo era su ropa de abogado. Pasaba el tiempo y mientras Artemisa trataba de comprobar que estaba muerto se fue amontonando el tiempo. Ahora bien; ¿a quién hablarle? Artemisa quedó paralizada. Nadie tiene experiencia para actuar con inteligencia cuando un esposo amanece muerto, así nomás, de repente. Por otro lado, Artemisa era una mujer digna de un esposo como Cayetano: alta, bien formada y elegante, pero bien inútil. Hasta para ir al mercado iba acompañada de su esposo, quien era el que decidía el menú del día, eso sí, era una excelente cocinera y una gran amante. El óleo que le pintó el maestro Ruano Llopis engalanaba la sala de la casa: Artemisa vestida de Manola, con un clavel rojo en los labios.

En los salones de baile se empezó a rumorar que Maryen, la mujer del abogado estaba viva.

Continuará…

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