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Yo no sé mañana, quincuagésimo tercera entrega

  • Redacción
  • en BARROCO

Por Gabriel Vega Real

(Mataora)

Marcelo Liberado Salinas

Los domingos de toros los olés, las silbatinas y las broncas se escuchaban hasta la casa. Don Cayetano mandó que sellaran las ventanas y las puertas para no oír a los aficionados gritar ¡Olé! o, chiflando, gritando y aventando cojines al ruedo cuando el matador se le rajaba al toro y, las mentadas de madre cuando el toro se le rajaba a la muleta, o los gritos de ¡Torero, torero! de una tarde memorable, y la escandalera de ¡Toro, toro! Cuando un burel era indultado.

Aunque los perros se destrozaban, como las puertas y las ventanas estaban selladas, Artemisa vivía dos sorderas: la de la muerte de su esposo y la de la calle, que con sus gritos avisaba la hora nuestra de cada día.

Después de mucho pensar, de apretarse en el silencio, de interminables pucheros y de que se acabó la comida, Artemisa abrió las ventanas para que el sol se asomara, pero lo que se mostró por los vidrios fue la figura del San Bernardo arrastrando las patas; llevaba el hocico babeante, las orejas gachas y los ojos caídos, el jardín estaba sembrado de cadáveres, de huesos, de cráneos y de pelos. Las moscas revolotearon y se metieron a la casa.

Vaya impresión que se llevó Artemisa, antes no se volvió diabética con tanto susto: primero la muerte de su esposo y después los retazos de perro esparcidos como si la mano del carnicero asesino los hubiera destazado. Peló tamaños ojos y soltó la vomitada. Se llevó las manos al estómago, expulsó pedazos de concha con natas y masilla de bolillo con leche, tiró, junto a los pedazos de perro, el susto que se le metió al estómago por la muerte de su marido y el impacto de ver la masacre de los perros. Se aseó las manos con la falda. Dejó al descubierto las piernas de las que se enamoró don Cayetano; un par de piernas blancas, tersas, largas y espigadas. Un cromo de mujer. Pero sus ojos grandes, de pestañas de aquí hasta allá, y su boca roja, de color de fresa, se convirtieron en una mueca de asco. Esta vez sí pudo hablar:

Dios mío, ¿qué pasó aquí? Señor, ¿acaso me has abandonado? No se lo dijo a nadie, gritó como si le reclamara al cielo.

El San Bernardo la miró con mirada tierna, como si no hubiera hecho nada. Con los pasos lentos que tienen los San Bernardo meneó la cola, se acercó a Artemisa y levantó los ojos, como si esperara una caricia, como si con la vista la perdonara no haberle abierto la puerta al muchacho de la carnicería para que entregara los pellejos y los huesos. Fue un acercamiento de reconciliación que Artemisa no entendió. Después de la sorpresa la invadió la furia. Sus mejillas se incendiaron y con pasos firmes, ahora sí, no como cuando regresó del panteón, caminó hasta la puerta, teniendo cuidado de no pisar la caca, la abrió para que saliera su mascota, pero el perro no la peló, se fue a echar junto al estanque, a un lado de donde quedaron los huesos y los pedazos de pellejo del perro criollo.

Y, desde la puerta, gritó Artemisa

Lárgate de mi casa, maldito animal.

Lo dijo como si las fieras entendieran.

A lo mejor sí entienden, vayan ustedes a saber

pero comprendamos a Artemisa, nadie puede permanecer impávido ante la sorpresa de encontrase, así nomás, de sopetón, con un montón de perros destrozados, mierda por todos lados, sangre embarrada en los pisos y en las macetas que no se rompieron cuando los animales atacaron.

Su jardín, sus rosales, sus geranios, todo estaba hecho un desastre. Le dieron ganas de correr y salir muy lejos, hasta donde se le olvidara tanto dolor, pero, ¿a dónde ir? Esa era su casa, donde reinaba según los mandatos de voz firme de Cayetano, un esposo-padre: todo un mandón en sus galanterías y designios, y aunque nunca conoció a otro hombre, lo consideró el mejor de los amantes, hasta que harta de tanto recuerdo decidió aceptar los cortejos de un matador amigo de la casa, pero eso vendrá después. Recordemos que la noche previa a la muerte inesperada de Cayetano, hicieron el amor. Ella durmió saboreando sus besos, Cayetano se fumó el último cigarro de su vida y soñó quién sabe qué cosas, nadie las sabrá.

Dos meses después descubrió su embarazo. La noticia se la dio el doctor Candiani. Fue como respirar aire después de ahogarse. Se vistió con sus mejores ropas, se perfumó el cuello y volvió a salir a la calle, al mercado y a caminar al Parque Hundido, donde tomada de la mano de don Cayetano, a prudente distancia o detrás de los árboles, iban a ver torerillos haciendo toreo de salón, a comer un helado y a sentarse en la banca para observar a los niños con sus pantalones cortos, sus raspados de limón y el atado de globos. Don Cayetano perfumaba las tardes con el olor de su tabaco; su figura y la elegancia de sus sombreros cordobeses causaban envidia. Doña Artemisa adornaba las tardes con su figura erguida, sus piernas largas, su aroma a Myrurgia, sus faldas gitanas y el clavel en su pelo. Regresó al Parque hundido a mirar torerillos arrastrar la muleta o dibujar verónicas embestidos por la carretilla o toros imaginarios. Al verlos, parecía que escuchaba el pasodoble, Manolete, por ejemplo, o Tercio de quites o La Opera flamenca. Los torerillos danzaban con una embestida imaginaria, honda profunda; pases de aquí hasta allá con la mano desmayada, el rostro inclinado y los pies firmes en la arena, en su mente visualizaban un olé, largo, profundo, estruendoso; un olé gritado por cincuenta mil gargantas; un olé que sólo puede ser escuchado en La Plaza de Toros México, un olé, que se desgrana de los tendidos hasta llegar al redondel y rebota en la arena para alcanzar el cielo. Un olé al ritmo de un pasodoble, un olé que brota de la bestia de cincuenta mil gargantas cuando la autoridad anuncia el paseíllo y los toreros pisan la arena, y desde el palco de la autoridad suenan timbales y tambores para anunciar que son las cuatro treinta de la tarde, la hora de regresar a los tiempos de los griegos, de venerar al toro y al hombre que pondrán sus vidas como precio para alcanzar la gloria. El Cielo andaluz, quién sabe qué tendrá, que hace que se enchine la piel y que el monstruo de cincuenta mil gargantas lo desgrane, como si presagiara la gloria: la lucha por la vida, la lucha por la muerte. Cuando se torea de salón parece que, en cada pase, en cada lance, en cada muletazo se escucha el monstruo de cincuenta mil gargantas gritando

olé.

Continuará…

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