/ sábado 16 de octubre de 2021

Leyendas queretanas | El tamborcito insurgente 

Ocurrió durante la guerra de independencia, donde se cuenta la historia de Pablo Armenta un niño de 12 años, la cuál es contada por Valentín F. Frías donde relata este suceso y su conmovedor final

En medio de las revueltas causadas por la guerra de independencia en 1810, gente humilde y desarrapada era la que se unía al Ejército Insurgente en busca de libertad e igualdad, historias hay muchas, pero entre todas ellas destaca lo relatado por Valentín F. Frías, donde cuenta la historia de Pablo Armenta, un chiquillo de 12 años, que era quien tocaba el tambor en las tropas Insurgentes, sin precisar si era huérfano o algún adulto le cuidaba.

El punto de partida de está leyenda es en Aculco, donde la historia de México relata que el Ejército Insurgente fue derrotado el 7 de noviembre de 1810, quedando como prisioneros, cuatros sacerdotes, 2 clérigos y el pequeño Pablito. Los desgraciados fueron trasladados a Querétaro al Convento de San Francisco para ser juzgados por el español, Miguel María Calleja, quien sin piedad los condenó al paredón.

Según lo relatado por Valentín F. Farías, gente de alcurnia, señoras de sociedad y el mismo clero abogaron por la vida de los religiosos, pero sobre todo por la del pequeño, a quien apodaban el tamborcito insurgente, pues en medio de las peleas era quien hacía sonar el instrumento. Prosiguiendo con el relató se dice que el mismo Fray Dimas Díaz de Lara, de la capilla de San Felipe, indignado por la suerte de Pablito se dirigió al convento para entrevistarse con Calleja y abogar por la vida del tamborcito; una vez en las instalaciones lo hicieron pasar a un improvisado despacho donde fue recibido por el militar, quien sin consideración negó el favor, asegurando que ese zarrapastroso, aunque fuera un niño, se convertiría en un hombre y además delincuente. De nada valieron las súplicas del hombre de Dios, quien finalmente se despidió con una advertencia, “con permiso de Su Excelencia me retiro, previniendo que he de hacer todo lo posible por salvar ese niño" y haciendo una grave reverencia se retiró.

En la ciudad se comenzó a correr el rumor que los religiosos, el niño y otros presos serían trasladados para ser fusilados; los condenados a muerte caminaron por las calles queretanas bajo el resguardo de militares realistas ante la indignación de los ciudadanos que rápidamente se comenzaron a juntar, cuando los presos atravesaron la antigua calle del Hospital, era tanta la muchedumbre que de inmediato se hizo un caos que superó a los custodios.

Los presos huían de un lado a otro, tratando de escapar entre golpes y balas, corrían para esconderse; aprovechando la confusión Fray Dimas, tomó al niño en hombros y corrió tanto como sus pies le permitían, cuenta el historiador que parecía un alma en pena volando y solo se podía ver su vieja capa que sorteaba las balas que le disparaban tratando de hacer blanco a su cansado y agitado cuerpo.

Corriendo entró al convento de San Francisco, e intempestivamente irrumpió en el despacho de Calleja, que no daba crédito a la osadía del sacerdote, que una vez frente a él, con voz humilde le dijo : "Excelencia: He cumplido mi ofrecimiento; el niño está a salvo, pague yo por él, el desacato cometido".

Callejas lo miró fijamente, se hizo un silencio por varios minutos, el olor a muerte rondaba en la habitación, hasta que la voz del español resonó para decir, "idos de mi presencia, quedáis indultados los dos, pero os prohibo volverme a ver, porque no soy responsable en ese caso de mis actos".

El P. D. Dimas con lágrimas en los ojos y haciendo una profunda reverencia, le dice: "Gracias, Excelencia, Dios os premiará", y se retiró

El fraile se fue de la ciudad y jamás volvió a ver la cara del militar que había salvado la vida del tamborcito insurgente y la suya propia, se dice hizo un hombre de bien Pablito y lo convirtiéndolo en un hombre de fe.

A decir del historiador Ignacio B. del Castillo este relató tiene mucho de admiración primero en Pablito, porque siguió á Hidalgo, que proclamaba la más justa y la más santa de la s causas—la de la libertad de la patria — y porque, á pesar de su tierna edad, no se arredró ante los peligros de la guerra. Fray Dimas, porque con excepcional abnegación y arrojo sobrehumano, llevó a cabo una sublime obra de caridad, inspirada en el más acendrado amor a un desvalido, de quien ninguna recompensa podía esperar.

En medio de las revueltas causadas por la guerra de independencia en 1810, gente humilde y desarrapada era la que se unía al Ejército Insurgente en busca de libertad e igualdad, historias hay muchas, pero entre todas ellas destaca lo relatado por Valentín F. Frías, donde cuenta la historia de Pablo Armenta, un chiquillo de 12 años, que era quien tocaba el tambor en las tropas Insurgentes, sin precisar si era huérfano o algún adulto le cuidaba.

El punto de partida de está leyenda es en Aculco, donde la historia de México relata que el Ejército Insurgente fue derrotado el 7 de noviembre de 1810, quedando como prisioneros, cuatros sacerdotes, 2 clérigos y el pequeño Pablito. Los desgraciados fueron trasladados a Querétaro al Convento de San Francisco para ser juzgados por el español, Miguel María Calleja, quien sin piedad los condenó al paredón.

Según lo relatado por Valentín F. Farías, gente de alcurnia, señoras de sociedad y el mismo clero abogaron por la vida de los religiosos, pero sobre todo por la del pequeño, a quien apodaban el tamborcito insurgente, pues en medio de las peleas era quien hacía sonar el instrumento. Prosiguiendo con el relató se dice que el mismo Fray Dimas Díaz de Lara, de la capilla de San Felipe, indignado por la suerte de Pablito se dirigió al convento para entrevistarse con Calleja y abogar por la vida del tamborcito; una vez en las instalaciones lo hicieron pasar a un improvisado despacho donde fue recibido por el militar, quien sin consideración negó el favor, asegurando que ese zarrapastroso, aunque fuera un niño, se convertiría en un hombre y además delincuente. De nada valieron las súplicas del hombre de Dios, quien finalmente se despidió con una advertencia, “con permiso de Su Excelencia me retiro, previniendo que he de hacer todo lo posible por salvar ese niño" y haciendo una grave reverencia se retiró.

En la ciudad se comenzó a correr el rumor que los religiosos, el niño y otros presos serían trasladados para ser fusilados; los condenados a muerte caminaron por las calles queretanas bajo el resguardo de militares realistas ante la indignación de los ciudadanos que rápidamente se comenzaron a juntar, cuando los presos atravesaron la antigua calle del Hospital, era tanta la muchedumbre que de inmediato se hizo un caos que superó a los custodios.

Los presos huían de un lado a otro, tratando de escapar entre golpes y balas, corrían para esconderse; aprovechando la confusión Fray Dimas, tomó al niño en hombros y corrió tanto como sus pies le permitían, cuenta el historiador que parecía un alma en pena volando y solo se podía ver su vieja capa que sorteaba las balas que le disparaban tratando de hacer blanco a su cansado y agitado cuerpo.

Corriendo entró al convento de San Francisco, e intempestivamente irrumpió en el despacho de Calleja, que no daba crédito a la osadía del sacerdote, que una vez frente a él, con voz humilde le dijo : "Excelencia: He cumplido mi ofrecimiento; el niño está a salvo, pague yo por él, el desacato cometido".

Callejas lo miró fijamente, se hizo un silencio por varios minutos, el olor a muerte rondaba en la habitación, hasta que la voz del español resonó para decir, "idos de mi presencia, quedáis indultados los dos, pero os prohibo volverme a ver, porque no soy responsable en ese caso de mis actos".

El P. D. Dimas con lágrimas en los ojos y haciendo una profunda reverencia, le dice: "Gracias, Excelencia, Dios os premiará", y se retiró

El fraile se fue de la ciudad y jamás volvió a ver la cara del militar que había salvado la vida del tamborcito insurgente y la suya propia, se dice hizo un hombre de bien Pablito y lo convirtiéndolo en un hombre de fe.

A decir del historiador Ignacio B. del Castillo este relató tiene mucho de admiración primero en Pablito, porque siguió á Hidalgo, que proclamaba la más justa y la más santa de la s causas—la de la libertad de la patria — y porque, á pesar de su tierna edad, no se arredró ante los peligros de la guerra. Fray Dimas, porque con excepcional abnegación y arrojo sobrehumano, llevó a cabo una sublime obra de caridad, inspirada en el más acendrado amor a un desvalido, de quien ninguna recompensa podía esperar.

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