/ sábado 4 de mayo de 2019

Vitaflumen - Cusco

Para los peruanos, Cusco (Qosqo, en quechua) es la “capital histórica del país” y, antes de eso, ya había sido la capital del poderoso Imperio Inca y una de las ciudades clave del Virreinato del Perú

Lo diré sin rodeos: en Cusco me siento en casa. Muchos me reclamarán, y con razón, que digo lo mismo de la mayoría de los lugares a los que voy. Pero es que Cusco es irresistible, tiene una magia especial.

Para los peruanos, Cusco (Qosqo, en quechua) es la “capital histórica del país” y, antes de eso, ya había sido la capital del poderoso Imperio Inca y una de las ciudades clave del Virreinato del Perú. Solo basta pasear por la Plaza de Armas para percibir la majestuosidad de su arquitectura y darse cuenta de su importancia y poderío de antaño.

Al viajar tenemos el vicio de buscar nuestras referencias pasadas para comparar. Es difícil observar con ojos nuevos un lugar sin evocar lo que ya hemos visto y vivido. En Cusco, al pasear por la ciudad, se siente un ambiente familiar, como si ya hubiéramos estado ahí: una especie de déjà vu. Pero al mirar más allá y buscar el horizonte, nos topamos con ese paisaje andino de cordilleras imponentes y unos colores que no sabemos cómo llegaron ahí. El cielo, las nubes, el pasto, están bañados de una luz que esboza todo con una saturación y nitidez impecable, como cuando nos ponen anteojos con una nueva graduación.

El centro histórico de Cusco, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1983, es más grande de lo que esperaba y en definitiva es ideal para perderse entre la urdimbre urbana que se entreteje en calles y callejones que suben y bajan. A medio paseo faltará el aire, pero es que estamos a tres mil cuatrocientos metros de altitud. Un mate de coca ayudará.

El paseo debe incluir la visita a sus mercados que nos darán una amplia noción de la cultura y costumbres del lugar. Son pulcros y ordenados por sectores. Ahí encontraremos una variedad asombrosa de quesos locales, carnes, pan, dulcerías, frutas, verduras y herbolaria (la herbolaria peruana es fascinante: he descubierto una buena cantidad de herbajes con altas propiedades curativas, como la muña, que son exclusivas de esta región). Y para los de paladar aventurero aconsejo hacer una escala en alguno de los locales de comida que ofrecen el famoso caldo de gallina, muy común por allá.

Las plazas siempre vivas, llenas de gente, aparecerán una y otra vez en el recorrido. Vale la pena detenerse y echar un vistazo alrededor porque nos espera la visión de una arquitectura única: balcones de madera labrada con maestría, muros de piedra y adobe, techos de teja y portones de colores. Los jardines verdes por la temporada de lluvias que acaba de terminar son la cereza del pastel.

Pero lo que más me ha gustado de este lugar es su gente. De modales de seda, siempre atentos, los cusqueños tienen una noción de hospitalidad casi exquisita. No solo es la amabilidad: hay una calidez muy fina y precisa, que no es tacaña pero que tampoco se desborda, que literalmente nos roba el corazón.

———————————-

Texto y fotografías de Sandra Hernández, arquitecta y fotógrafa. Su pasión por el tema urbano y su acontecer cotidiano le ha llevado a explorar el mundo desde estas dos disciplinas cuya práctica está estrechamente ligada: una complementa a la otra.

Cuando no está de viaje trabajando en algún proyecto, divide su tiempo entre las ciudades de Quebec, Canadá y Querétaro, México.

www.vitaflumen.com

Instagram: @Vita_Flumen / Facebook: @VitaFlumen1

Lo diré sin rodeos: en Cusco me siento en casa. Muchos me reclamarán, y con razón, que digo lo mismo de la mayoría de los lugares a los que voy. Pero es que Cusco es irresistible, tiene una magia especial.

Para los peruanos, Cusco (Qosqo, en quechua) es la “capital histórica del país” y, antes de eso, ya había sido la capital del poderoso Imperio Inca y una de las ciudades clave del Virreinato del Perú. Solo basta pasear por la Plaza de Armas para percibir la majestuosidad de su arquitectura y darse cuenta de su importancia y poderío de antaño.

Al viajar tenemos el vicio de buscar nuestras referencias pasadas para comparar. Es difícil observar con ojos nuevos un lugar sin evocar lo que ya hemos visto y vivido. En Cusco, al pasear por la ciudad, se siente un ambiente familiar, como si ya hubiéramos estado ahí: una especie de déjà vu. Pero al mirar más allá y buscar el horizonte, nos topamos con ese paisaje andino de cordilleras imponentes y unos colores que no sabemos cómo llegaron ahí. El cielo, las nubes, el pasto, están bañados de una luz que esboza todo con una saturación y nitidez impecable, como cuando nos ponen anteojos con una nueva graduación.

El centro histórico de Cusco, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1983, es más grande de lo que esperaba y en definitiva es ideal para perderse entre la urdimbre urbana que se entreteje en calles y callejones que suben y bajan. A medio paseo faltará el aire, pero es que estamos a tres mil cuatrocientos metros de altitud. Un mate de coca ayudará.

El paseo debe incluir la visita a sus mercados que nos darán una amplia noción de la cultura y costumbres del lugar. Son pulcros y ordenados por sectores. Ahí encontraremos una variedad asombrosa de quesos locales, carnes, pan, dulcerías, frutas, verduras y herbolaria (la herbolaria peruana es fascinante: he descubierto una buena cantidad de herbajes con altas propiedades curativas, como la muña, que son exclusivas de esta región). Y para los de paladar aventurero aconsejo hacer una escala en alguno de los locales de comida que ofrecen el famoso caldo de gallina, muy común por allá.

Las plazas siempre vivas, llenas de gente, aparecerán una y otra vez en el recorrido. Vale la pena detenerse y echar un vistazo alrededor porque nos espera la visión de una arquitectura única: balcones de madera labrada con maestría, muros de piedra y adobe, techos de teja y portones de colores. Los jardines verdes por la temporada de lluvias que acaba de terminar son la cereza del pastel.

Pero lo que más me ha gustado de este lugar es su gente. De modales de seda, siempre atentos, los cusqueños tienen una noción de hospitalidad casi exquisita. No solo es la amabilidad: hay una calidez muy fina y precisa, que no es tacaña pero que tampoco se desborda, que literalmente nos roba el corazón.

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Texto y fotografías de Sandra Hernández, arquitecta y fotógrafa. Su pasión por el tema urbano y su acontecer cotidiano le ha llevado a explorar el mundo desde estas dos disciplinas cuya práctica está estrechamente ligada: una complementa a la otra.

Cuando no está de viaje trabajando en algún proyecto, divide su tiempo entre las ciudades de Quebec, Canadá y Querétaro, México.

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