/ sábado 20 de abril de 2019

Vitaflumen: Pasajes (Queretanos) del Noroeste

Especie de campo magnético donde lo real y lo fantástico, lo lógico y lo absurdo parecen encontrarse

Apreso los latidos de esta ciudad a través de mi cámara. Sístole y diástole, contracción y relajación, tensión y apertura. La práctica de la fotografía urbana o street photography ha acentuado mi vínculo con las calles y le ha dado un sentido diferente, más vasto, a mi entrañable afición a caminar.

Con exactitud no recuerdo cómo comenzó mi afecto a deambular sin rumbo por las arterias urbanas. Se lo atribuyo a mis años de exilio, donde los paseos formaron parte del ritual de apropiación del nuevo terruño hasta convertirse en un hábito, casi un vicio, que se ha quedado encarnado y que me ha llevado a descubrir con gran fascinación que en cada ciudad hay otras ciudades ocultas que solo emergen con el vagabundeo.

No cabe duda de que el exilio, además de desvelarnos nuevas regiones, también nos incita a redescubrir la nuestra. Después de algunos años de vivir en el mismo sitio se cae casi sin remedio en la trampa de creer haberlo visto todo en él. Irnos, alejarnos por un tiempo para experimentar lugares ignotos, nos refleja lo poco que conocíamos de aquel país dejado atrás. Yo lo comparo con aprender nuevos idiomas. Cuando uno estudia otra lengua, sobre todo en la adultez, se termina por voltear a ver y examinar, como efecto secundario, la lengua materna, cultivada y practicada de manera inconsciente desde nuestra más tierna edad. Dicho de otra forma: entender la estructura de otro idioma que no es el nuestro, nos hace tomar consciencia de la estructura del propio. Y eso es lo que pasa con la patria cuando uno se va.

Así que he vuelto a Querétaro convertida, entre otras cosas, en una flâneuse (y me gusta usar ese término así, en francés, porque no hay un vocablo en español que defina con tal precisión eso de vagar por los barrios, callejear sin rumbo y sin objetivo, abiertos y dispuestos a todo aquello que pueda salir al paso). Bajo este traje he encontrado diferentes formas de transitar y descubrir la ciudad. Una, en dos ruedas: al ritmo y escala de la bicicleta. Otra, mi preferida, a pie acompañada de mi cámara.

En cada una de mis andanzas se destapan memorias ocultas, emplastadas o entretejidas entre la urdimbre de paseos, callejones y recovecos que forman este otrora «lugar de piedras grandes y peñascos»[1]. La lente me revela escenas insospechadas, lugares indescifrables, grietas como umbrales tentaculados que me aproximan a sitios que jamás hubiera imaginado que estaban ahí. Esas comisuras urbanas a las que Thomas De Quincey llamó «pasajes del noroeste» (northwest passages), son una especie de campo magnético donde lo real y lo fantástico, lo lógico y lo absurdo parecen encontrarse; donde el cuento de hadas y el evento histórico podrían suceder.

Mis pasajes [queretanos] del noroeste son unas veces miradores al tiempo. Como aquel portón en la calle de Allende que invariablemente me transporta a las tardes de adolescencia cuando visitaba a la primera amiga que tuve al llegar a esta ciudad. O esa vidriera rota que permite observar al interior de una gran casona derruida y abandonada, donde imagino mi estudio de paredes blancas y repisas llenas de libros y macetas con orquídeas. Otras veces, son escenarios donde juego con mi cámara y los espacios, a lo Vivian Maier, a buscarme entre reflejos y sombras o a insertarme y colarme en momentos y situaciones ajenas donde mi lente será el único aval.

Y yo disparo una y otra vez. Mi cámara es la caja negra de todos estos sucesos a los que entro y salgo en contemplativo merodeo. Sé que si volviera mañana al mismo lugar, encontraría otra grieta, otro de estos pasajes del noroeste con quién sabe qué adentro, al que dócilmente, sin remedio, me dejaría arrastrar.


* Texto originalmente publicado en la revista Ciudad Adentro, número 11, octubre 2018.


———————————-


Texto y fotografías de Sandra Hernández, arquitecta y fotógrafa. Su pasión por el tema urbano y su acontecer cotidiano le ha llevado a explorar el mundo desde estas dos disciplinas cuya práctica está estrechamente ligada: una complementa a la otra.

Cuando no está de viaje trabajando en algún proyecto, divide su tiempo entre las ciudades de Quebec, Canadá y Querétaro, México.

www.vitaflumen.com

[1] Una de las versiones sobre el origen de la palabra Querétaro proviene del purépecha K'erhiretarhu (K'eri= grande, ireta= pueblo, rhu= lugar) o K'erendarhu (k'erenda= peñasco y rhu= lugar) que significa "lugar de piedras grandes o peñascos”.

Fuente: www.queretaro.gob.mx - Información general e historia del estado

Apreso los latidos de esta ciudad a través de mi cámara. Sístole y diástole, contracción y relajación, tensión y apertura. La práctica de la fotografía urbana o street photography ha acentuado mi vínculo con las calles y le ha dado un sentido diferente, más vasto, a mi entrañable afición a caminar.

Con exactitud no recuerdo cómo comenzó mi afecto a deambular sin rumbo por las arterias urbanas. Se lo atribuyo a mis años de exilio, donde los paseos formaron parte del ritual de apropiación del nuevo terruño hasta convertirse en un hábito, casi un vicio, que se ha quedado encarnado y que me ha llevado a descubrir con gran fascinación que en cada ciudad hay otras ciudades ocultas que solo emergen con el vagabundeo.

No cabe duda de que el exilio, además de desvelarnos nuevas regiones, también nos incita a redescubrir la nuestra. Después de algunos años de vivir en el mismo sitio se cae casi sin remedio en la trampa de creer haberlo visto todo en él. Irnos, alejarnos por un tiempo para experimentar lugares ignotos, nos refleja lo poco que conocíamos de aquel país dejado atrás. Yo lo comparo con aprender nuevos idiomas. Cuando uno estudia otra lengua, sobre todo en la adultez, se termina por voltear a ver y examinar, como efecto secundario, la lengua materna, cultivada y practicada de manera inconsciente desde nuestra más tierna edad. Dicho de otra forma: entender la estructura de otro idioma que no es el nuestro, nos hace tomar consciencia de la estructura del propio. Y eso es lo que pasa con la patria cuando uno se va.

Así que he vuelto a Querétaro convertida, entre otras cosas, en una flâneuse (y me gusta usar ese término así, en francés, porque no hay un vocablo en español que defina con tal precisión eso de vagar por los barrios, callejear sin rumbo y sin objetivo, abiertos y dispuestos a todo aquello que pueda salir al paso). Bajo este traje he encontrado diferentes formas de transitar y descubrir la ciudad. Una, en dos ruedas: al ritmo y escala de la bicicleta. Otra, mi preferida, a pie acompañada de mi cámara.

En cada una de mis andanzas se destapan memorias ocultas, emplastadas o entretejidas entre la urdimbre de paseos, callejones y recovecos que forman este otrora «lugar de piedras grandes y peñascos»[1]. La lente me revela escenas insospechadas, lugares indescifrables, grietas como umbrales tentaculados que me aproximan a sitios que jamás hubiera imaginado que estaban ahí. Esas comisuras urbanas a las que Thomas De Quincey llamó «pasajes del noroeste» (northwest passages), son una especie de campo magnético donde lo real y lo fantástico, lo lógico y lo absurdo parecen encontrarse; donde el cuento de hadas y el evento histórico podrían suceder.

Mis pasajes [queretanos] del noroeste son unas veces miradores al tiempo. Como aquel portón en la calle de Allende que invariablemente me transporta a las tardes de adolescencia cuando visitaba a la primera amiga que tuve al llegar a esta ciudad. O esa vidriera rota que permite observar al interior de una gran casona derruida y abandonada, donde imagino mi estudio de paredes blancas y repisas llenas de libros y macetas con orquídeas. Otras veces, son escenarios donde juego con mi cámara y los espacios, a lo Vivian Maier, a buscarme entre reflejos y sombras o a insertarme y colarme en momentos y situaciones ajenas donde mi lente será el único aval.

Y yo disparo una y otra vez. Mi cámara es la caja negra de todos estos sucesos a los que entro y salgo en contemplativo merodeo. Sé que si volviera mañana al mismo lugar, encontraría otra grieta, otro de estos pasajes del noroeste con quién sabe qué adentro, al que dócilmente, sin remedio, me dejaría arrastrar.


* Texto originalmente publicado en la revista Ciudad Adentro, número 11, octubre 2018.


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Texto y fotografías de Sandra Hernández, arquitecta y fotógrafa. Su pasión por el tema urbano y su acontecer cotidiano le ha llevado a explorar el mundo desde estas dos disciplinas cuya práctica está estrechamente ligada: una complementa a la otra.

Cuando no está de viaje trabajando en algún proyecto, divide su tiempo entre las ciudades de Quebec, Canadá y Querétaro, México.

www.vitaflumen.com

[1] Una de las versiones sobre el origen de la palabra Querétaro proviene del purépecha K'erhiretarhu (K'eri= grande, ireta= pueblo, rhu= lugar) o K'erendarhu (k'erenda= peñasco y rhu= lugar) que significa "lugar de piedras grandes o peñascos”.

Fuente: www.queretaro.gob.mx - Información general e historia del estado

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