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Amenaza de violencia global

  • Raúl Iturralde

Una vez más bajo el pretexto de combatir el terrorismo internacional, en esta ocasión encarnado en el Estado Islámico (EI), Estados Unidos se atribuye el derecho de cuidar los intereses del mundo occidental, decidiendo unilateralmente el uso de la fuerza militar para salvaguardar el abstracto orden mundial. Una vez más se vive el mundo del revés, convertir en cenizas un país es orden, destruir Siria, Afganistán, Corea del Norte o el mundo entero es hacer un buen trabajo y ordenar las cosas. Trump se ufana de lo que hizo y advierte al mundo que habrá más acciones de esta naturaleza.

Principios de abril, ante el ataque sirio, presumiblemente con armas químicas que acabó con la vida de niños y civiles, Trump ordenó el lanzamiento de misiles sobre supuestos objetivos militares del régimen de Bashar Al-Asad, las notas periodísticas hablan de 89 civiles muertos, entre ellos 25 niños. “Se acabó la era de la paciencia” es la frase que reiteradamente recorrió el mundo y nos ha dejado con una sensación terrible de preocupación por lo que nos depara el futuro inmediato.

Mitad de abril, Trump ordena lanzar a la madre de todas las bombas a un destacamento del Estado Islámico ubicado en Afganistán, 39 muertos. En esta ocasión el discurso se centró en que se llevó a cabo una incursión con una bomba de máximo poder no nuclear y se habló largo y tendido del enorme avance tecnológico en materia militar que coloca a los Estados Unidos a la vanguardia; los medios internacionales de comunicación difundieron la gran capacidad bélica que tienen los Estados Unidos y propalaron el discurso agresivo e intolerante que caracteriza a la administración Trump. El efecto directo ha sido infundir temor entre la ciudadanía y pensar en el inminente peligro de la guerra.

Hay dos aspectos que me interesa comentar en esta ocasión. El primero está relacionado con lo que podemos llamar una relación distorsionada y enferma entre los presidentes norteamericanos y su electorado. Esta relación consiste en que cada vez que la popularidad de un Presidente está a la baja, la forma que encuentran de ganar simpatías y mejorar su posición es llevar a cabo una acción militar, una invasión o un bombardeo y con eso recuperan parte de la confianza perdida, pues generalmente el ciudadano promedio se muestra favorable a la violencia.

El segundo aspecto, es que los bombardeos son mensajes muy evidentes de que el Gobierno de Estados Unidos no está dispuesto a ceder el poder y lanza una advertencia a Corea del Norte, a Rusia, a China, pero también a toda Europa, América Latina y África. El lapsus de Trump al confundir Siria con Irak no es casual, es la muestra de que para él cualquier país puede ser nido de terroristas y que no tendrá ningún empacho en seguir ordenando bombardeos a diestra y siniestra con tal de tener contento a su electorado y mantener a raya a las grandes potencias que están a la caza de la supremacía mundial.

En mi opinión, las agresiones militares de abril están provocando la llamada psicosis de guerra, donde las sensaciones de vulnerabilidad e inseguridad se intensifican. Las bravatas de los norcoreanos, la actitud agresiva de Rusia, la postura expectante de China, produce efectos anímicos desastrosos, algunos ya piensan en el inicio de la tercera guerra mundial; otros más nos sentimos amenazados y pensamos que el próximo objetivo militar puede ser México o Venezuela, porque a Trump poco le importa dónde caiga la bomba.

Lo real es que, una vez más, los ganadores serán los empresarios ligados a la producción de armamento, las grandes compañías con contratos firmados con el Gobierno de EU para alimentar la guerra y destruir naciones. Esperemos que esta locura no se extienda.